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Número 16 de la revista impresa FILOSOFÍA&CO.

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REVISTA Nº 16

Dosier

Filosofía de la soledad (in)evitable

Vidas conectadas, pero desvinculadas

Dosier — Pensamiento indígena

F+ Cómo el conocimiento indígena cambia la mirada

Tyson Yunkaporta acudió a la escritura buscando traducir el conocimiento indígena al lenguaje de los ocupantes y encontró que la verdadera sabiduría no está en los contenidos, sino en los patrones de conexión. Lo que para muchos sería una contradicción —un aborigen que escribe en la lengua del colono—, para él se convierte en una oportunidad filosófica: el pensamiento más radical no consiste en poseer conocimiento, sino en aprender a moverse con él. Este es el comiendo del libro «Escrito en la arena», de Tyson Yunkaporta.

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Diseño extraído del propio libro de Yunkaporta (licencia CC).
Diseño extraído del propio libro de Yunkaporta (licencia CC).

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pensamiento indígena
Escrito en la arena. Cómo el pensamiento indígena puede salvar al mundo, de Tyson Yunkaporta (Herder Editorial).

A veces me pregunto si los equindas sufren el mismo tipo de delirios que padecen muchos seres humanos: creer que su especie y su inteligencia son el centro del universo. Son bastante listos, pues su córtex prefrontal, la zona del cerebro dedicada al razonamiento complejo y la toma de decisiones, es proporcionalmente mayor que el de cualquier otro mamífero en relación con el tamaño de su cuerpo. Para las labores de procesamiento más complejas, los equindas utilizan hasta el cincuenta por ciento del cerebro. Los seres humanos no utilizamos ni siquiera el treinta por ciento.

Al reconocer este detalle, rindo honor a los seres totémicos sentientes de toda Australia, donde los equidnas siguen las líneas de canción marcadas por la creación: las líneas de canción son una especie de mapas de historias portadoras de conocimiento, algo así como una energía que se manifiesta al unísono en la mente y en la tierra como Ley y que conforma una red a lo largo y ancho de los territorios tradicionales de los aborígenes australianos.

Tal vez quien lea este texto también quiera rendir homenaje a los pueblos y demás seres de todo el mundo que respetan la ley de la Tierra.

A los ancianos y custodios tradicionales de todos los lugares donde se escribe y se lee este libro.

A los ancestros, a los antepasados de todos los pueblos que hoy viven en este continente y en sus islas.

A nuestros parientes no humanos, entre ellos las diversas especies con púas de todo el mundo, los puercoespines y erizos que husmean el suelo en busca de hormigas y después hacen Dios sabe qué cuando no los vemos.

No sé por qué Stephen Hawking y otros científicos se han preocupado tanto por si hay seres superinteligentes que vayan a venir aquí desde otros planetas y quieran utilizar sus conocimientos avanzados para infligir al mundo lo que la civilización industrial ya le ha hecho. Aquí ya hay seres con una inteligencia superior, siempre los ha habido. Solo que todavía no la han utilizado para destruir nada. Pero si se cansan de la incompetencia del ser humano domesticado, tal vez lo hagan.

A lo largo de las profundidades del tiempo los seres humanos han evolucionado en el seno de culturas complejas y localizadas en determinados territorios hasta desarrollar un cerebro con capacidad para realizar más de cien billones de conexiones neuronales, de las cuales ahora solo utilizamos una pequeñísima parte. La mayoría de nosotros hemos sido desplazados de aquellas culturas originarias, lo que ha dado lugar a una diáspora global de refugiados amputados no solo de la tierra, sino también del auténtico espíritu que se deriva de pertenecer a un territorio con el que se mantiene una relación simbiótica. En la Australia de los aborígenes, nuestros Ancianos nos cuentan historias, relatos antiguos que nos advierten que si no nos desplazamos con la tierra, la tierra nos desplazará. Nuestros asentamientos y las civilizaciones que los engendran no tienen nada de permanente. Tal vez la razón por la que todas las potentes herramientas de observación que apuntan al cielo no han sido capaces de detectar civilizaciones alienígenas altamente tecnologizadas sea que esas sociedades insostenibles no duran lo suficiente para dejar un rastro cósmico. Una idea inquietante.

Quizá tengamos que revisar los brillantes senderos de pensamiento de nuestros ancestros paleolíticos y recuperar unas cuantas funciones cognitivas para corregir los absurdos trastornos que ha producido la civilización, antes de que los equidnas decidan echarnos a todos y asumir el mando como especie custodia de este planeta.

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