«Si se comprendiera el significado que entraña la idea de lo pasajero, tal vez se pensaría mejor en por qué se hacen las cosas que se hacen, en por qué se las dice como se las dice y en su para qué», decía la abuela de una comunidad indígena del piedemonte amazónico colombiano. Su mirada y el cuidado de sus palabras indicaban cierta tranquilidad forjada con los años. Hablaba en kamëntšá, un idioma aislado, en el filo de un vacío existencial, ignoto para las ciencias del lenguaje, pero de vital significado metafísico. En los sonidos de ese idioma que se apagan en cada generación y de los que la abuela hacía eco hay algo de verdad de la condición pasajera de lo humano. Al decir en kamëntšá Bëng achënunguanëng monbëm, literalmente «nosotros pasajeros somos», la abuela hacía referencia al trazo que deja un caminante cuando distrae su paso del camino señalado y lo atraviesa explorando un camino sinuoso sin perder de vista el horizonte. La expresión en ese idioma de la abuela subraya una minúscula certeza de la contingencia humana.
Según las reflexiones de la abuela, la existencia humana es a la vez profundamente significativa y estrechamente limitada en comparación con la existencia en general. Existir para ella es una idea extensiva, abarca más que ser, y se aplica a muchos entes. Ser denota una condición un tanto pasiva que está ausente en existir, una diferencia similar entre ver y observar. Observar denota más actividad que ver. Ignoro cómo empezaron a surgir tales especulaciones en la abuela. La hipótesis más verosímil es que provenga de sus andanzas y aprendizaje de idiomas indígenas que hacía. Sin embargo, tal vez se deba a su temperamento especulativo; una combinación inusual de fuentes no sería descartable. Recuerdo que era alentador escucharla en largas noches de conversa. Una vez nos reunimos un buen número de nietos y la abuela se quedó casi toda la noche explicándonos que existir se predica de muchos entes mientras que ser es predicado del restrictivo ámbito humano. Explicaba sus ideas con ejemplos simples. Para explicar por qué existir es más que ser decía que nosotros decimos lo que hacemos, lo que pensamos y soñamos, pero que nos cuesta atribuir esos predicados a las montañas, los ríos, las estrellas, las nubes y los árboles. Sería aún más trabajoso hacernos entender si atribuyésemos a esos entes los predicados de hacer, pensar, soñar, hablar, o recordar. Más difícil sería atribuir nuestros predicados característicos de nuestra existencia humana a los sueños, a los espíritus, a los duendes, a los espantos y a los miedos. Pero precisamente eso se debía a que consideramos el existir como algo que nos es propio, mientras que atribuimos la idea de que otros entes simplemente son. Si pensáramos que otras entidades no humanas existen como nosotros podríamos tal vez comprender que existir es más que ser. No estoy seguro de si en esas conversaciones podía seguir en detalle su argumentación porque el frío de la madrugada desviaba la atención hacia el fuego que se consumía. Mi prima Marta, a quien también le gusta estudiar filosofía y que escuchaba más atentamente que yo esas conversaciones de la abuela, me explicó hace poco las implicaciones que la abuela extraía de sus pensamientos.
Según Marta, una consecuencia de que existir sea más que ser es que existir humanamente es un asunto de gradación relacional, como un arcoíris cuyos colores aparecen más o menos intensos según la causa, el tiempo y el lugar en que se perciban. Tiene más sentido afirmar la intensidad de la luz del arcoíris cuando uno no está cubierto por sus colores. Para observar mejor algunas cosas es preciso a veces distanciarse de ellas. De forma análoga —explica Marta— tiene sentido contar la historia de la existencia humana en años, lustros o siglos o milenios cuando uno se para en el ámbito humano. Si fuese posible ubicarse en la perspectiva de existencia de otros entes, tales clasificaciones temporales tal vez pierdan algo de sentido. No recuerdo que la abuela haya realizado tales implicaciones, pero de escepticismo al observar esa inusual combinación de ideas, pero creo que las ideas a veces se entretejen inusitadamente, o se relacionan de forma espontánea. En todo caso, al recordar con Marta las conversaciones de la abuela, le cuento que para mí una de las lecciones inolvidables que nos dejó fue aquella en la que reflexionaba sobre la muerte.














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