El contexto del libro
La obra El príncipe fue un obsequio que Maquiavelo dedicó a Lorenzo de Médicis con el objetivo de ganarse la gracia del gobernante y abrir la posibilidad de regresar al juego político, aunque es sabido que fracasó en su intento de volver a servir a su querida Florencia natal.
En el libro plasmó tanto los conocimientos y saberes adquiridos tras su desempeño en diferentes cargos políticos como las acciones de los antiguos que había estudiado con detenimiento. La obra está compuesta por veinticinco capítulos breves y puede ser ubicada en la larga tradición de los libros de consejos, textos pensados para enseñar cómo gobernar o comportarse correctamente, aunque es cierto que Maquiavelo se aleja del canon e introduce importantes novedades tanto en los temas abordados como en la manera de argumentar. En cualquier caso, si El príncipe es considerado un escrito clásico lo es porque contiene un conjunto de conceptos políticos nuevos con los que la tradición no dejará de dialogar.
El príncipe tiene veinticinco capítulos breves y se inscribe en la tradición de los manuales de consejos para gobernantes
El príncipe, la «virtù» y la fortuna
«Príncipe» es el nombre que Maquiavelo da al hecho de agrupar el conjunto de fuerzas positivas disponibles en una coyuntura dada a fin de realizar el objetivo fundamental: la creación de una comunidad política. Y «príncipe» es también el nombre de un individuo excepcional, aquel dotado de suficiente virtù para acometer tal empresa en un mundo carente de certezas, rodeado de una atmósfera de inseguridad y en un contexto lleno de riesgos y peligros. Pero el «príncipe» no es un individuo particular, ordinario y mundano, que persigue satisfacer sus necesidades e intereses. Su acción viene definida exclusivamente por su función política, por los fines históricos que persigue: fundar, mantener, consolidar y defender una comunidad política. Como ya dijimos en el artículo sobre lo «maquiavélico», el gobernante no puede atarse a virtudes morales ni a principios generales si el cumplimiento de ello pudiera comportar la puesta en riesgo de la tarea que ha de acometer. El príncipe solo se debe a su virtù política, aquella que le puede permitir llevar a cabo su tarea.
En la obra de Maquiavelo el término «virtù» no tiene una connotación moral ni cristiana referida a las virtudes que habría de cultivar un buen gobernante. Es más, como ya hemos señalado, el cometido del príncipe virtuoso no es el mismo que el del hombre bueno. En el capítulo XVIII de El príncipe escribe: «Él no puede observar todas aquellas cosas por las cuales los hombres son tenidos por buenos, pues a menudo se ve obligado, para conservar su Estado, a actuar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión. Por eso necesita de un ánimo dispuesto a moverse según le exigen los vientos y las variaciones de la fortuna y, como ya dije anteriormente, a no alejarse del bien, si puede, pero a saber entrar en el mal si se ve obligado».













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