La escritura es a la locura como la cereza a su hueso: un corazón siempre descarnado en donde queda el resto más sabroso adherido a una superficie impracticable. Quien se atreve a intentarlo, a conquistar la delicatessen, recibe, como premio, el mordisco contra la dureza de un acorazado.
Algunos escriben en delirio, en pleno ataque febril, presos de la taquicardia de una palabra enajenada. Otros escriben para conjurar la enfermedad del Yo que amenaza con disolver la frontera entre la realidad y la ficción. Frontera, por otra parte, que hace tiempo dejó de existir. En el acto de escribir, la alteridad de la palabra alterada alcanza su normalidad, se ve legitimada dentro de las normas causales de la propia narrativa. De una u otra forma, la escritura es esa habitación con muros bien altos en la que la locura se habla a sí misma sin miedo a las interferencias de una mirada clínica que venga a producir cortes y desgarros con el escalpelo de la censura.
Michel Foucault, en Historia de la locura en la época clásica, analiza los entresijos de esa relación tan ambigua y artificiosa que existe entre los conceptos de locura y de razón, llegando a sostener la necesidad de la irrupción de la diferencia irrecusable que representa el «loco» para el saludable mantenimiento del orden de la razón.
El mundo de la filosofía y de la literatura no son una excepción, sino que también ellos necesitan la existencia de ciertos locos egregios para conservar un vigoroso «bien-estar». Con igual presteza, personajes, autores y voces narrativas son devorados hasta la última coma por la industria de la palabra. Y no es antropofagia; se atiende, únicamente, a fines higiénicos.
¿Qué lector cuerdo quisiera acabar como Emma Bovary o como Ofelia, acaso Hamlet, vislumbrando fantasmas? ¿Qué escritor con ínfulas seguiría la estela genial de Nerval, Artaud o Baudelaire? ¿Quién, de forma voluntaria, desearía convertirse en ciudadano de ese otro mundo del que habla Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas?
La escritura es esa habitación con muros bien altos en la que la locura se habla a sí misma sin miedo a las interferencias de una mirada clínica
La locura en femenino
Silencio, se escuchan voces de mujeres. Son las bacantes de Dioniso que reclaman su ciudadanía. Han leído a Hipócrates y saben, de buena mano, que la histeria es a la mujer como la cereza a su hueso. Efectivamente, el término griego hystéra procede de «matriz», de ese útero húmedo y tenebroso en el que habita un demonio, o varios, dispuesto a escupir sus arranques de sensiblería e irracionalidad a todo aquel que se entrometa.












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