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REVISTA Nº 15

Dosier

Simone Weil y Simone de Beauvoir

Pensamiento comprometido con el mundo

Dosier — Maquiavelo

F+ Maquiavelo más allá de lo «maquiavélico»

El término «maquiavélico» ha secuestrado la figura de Maquiavelo, reduciéndolo a símbolo de la inmoralidad política. Pero esta lectura, construida por sus detractores desde el siglo XVI, poco tiene que ver con el pensamiento real del florentino. Recuperamos aquí al verdadero Maquiavelo: un pensador que no separó ética y política, uno que las reconfiguró desde una mirada radicalmente nueva sobre la realidad del poder.

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Diseño realizado a partir de la ilustración de Maquiavelo realizada con Sora (licencia CC).
Diseño realizado a partir de la ilustración de Maquiavelo realizada con Sora (licencia CC).

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La sombra de un adjetivo

lo maquiavélico
El príncipe, de Maquiavelo (Austral).

En nuestro presente, un adjetivo, «maquiavélico», ha terminado desplazando a un nombre, «Maquiavelo». El calificativo puede encontrarse con cierta frecuencia en el lenguaje político e incluso en usos coloquiales. Forma ya parte del acervo popular y de la conversación cotidiana. Con él suele hacerse referencia al carácter inmoral de los comportamientos de alguien, de aquel que actúa sin escrúpulos y que solo busca dar cumplimiento a algún propósito, recurriendo para ello a cualquier medio, por cruel o despiadado que pueda resul+tar. Si el calificativo «maquiavélico» se ha apoderado del nombre «Maquiavelo», pareciera entonces que en él encontramos una doctrina moral marcada por la inmoralidad: la exaltación de la dominación política sin concesión alguna a la moralidad. Desde esta perspectiva, Maquiavelo tan solo sería un arquetipo de negatividad.

Ya en el siglo XVI fueron muchos los que se apresuraron a condenar a Maquiavelo, tanto autoridades religiosas católicas y protestantes como gobernantes o teóricos políticos. De él escribieron que era un «preceptor tiránico» o un «maestro del mal». El cardenal Reginald Pole llegó a decir que sus escritos nacían de la mano de Satán. Su obra más conocida, El príncipe, fue recibida con sospecha: un escrito calificado de endiablado y maligno, que enseñaba a conquistar el poder a través de la crueldad, prescindiendo de cualquier consideración ética. Su obra incluso fue acusada de constituir un peligro para el orden social, moral y religioso de la época. En 1557, el papa Pablo IV incluyó sus obras en el Index Librorum Prohibitorum, el índice de libros prohibidos por la Iglesia católica.

El filósofo Leo Strauss es el autor que con mayor profundidad ha sistematizado esta concepción. En su libro Meditación sobre Maquiavelo sostiene que lo que encontramos en la obra del florentino no es tanto una escisión entre la ética y la política, una mirada avalorativa y fría sobre el poder, sino más bien una transvaloración de los valores: la sustitución de la moral clásica y cristiana como norma de comportamiento político por otra moral, la maquiavélica, según la cual la moralidad no puede existir si no es mediante el uso de medios inmorales.

Pero ¿es esta la relación que Maquiavelo estableció entre la ética y la política? En lo que sigue trataré de rescatar el nombre «Maquiavelo» y el adjetivo que creo lo ha de acompañar, «maquiaveliano», del secuestro «maquiavélico», a fin de demostrar que lo maquiaveliano hace referencia a las ideas que podemos asociar a Maquiavelo, y de ubicar lo maquiavélico como una doctrina adjudicada al florentino por sus detractores, la de quienes creyeron ver en sus tratados políticos un conjunto de perversas intenciones.

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