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F+ Los libros, la libertad de Virginia Woolf

La libertad de Virginia Woolf fue una búsqueda constante en su vida. Una vida atravesada por el amor por los libros y los valores patriarcales contra los que se rebeló. De ese nudo emerge su pensamiento. Imagen de dominio público (licencia CC 1.0), extraída de Store Norske Leksikon y editada con elementos de Canva Pro.

Virginia Woolf fue una de las mentes más brillantes de principios del siglo XX. Sus obras son un canto a la libertad de la mujer y la liberación de toda opresión. La libertad de Woolf podemos encontrarla en la editorial que funda con su compañero, Leonard, en su lucha contra los mitos del «ángel del…

Libros como antorchas

En la ceremonia del té, el pensamiento se detiene, se despereza con la precisión que todo inicio requiere. Marifé Santiago Bolaños abre, para el lector de las hojas de té, un paréntesis litúrgico en el trascurso de la cotidianidad: «El té exige un instante de silencio». Imagen extraída de Pixabay (CC).

Hay libros como antorchas que basta con abrirlos para ver cómo la llama asciende y el humo nos disuelve en el ritual ancestral de congregar imágenes que después resultarán en hilos finísimos de pensamiento. Reflexiones a la orilla del tiempo. Algunos tés imprescindibles, de Marifé Santiago Bolaños, es uno de esos libros afortunados. Dice la…

F+ Los lenguajes de la identidad como subversión

Los lenguajes de la identidad, de Julieta Piastro

Sinopsis ·

FILOSOFÍA&CO - Marco LIBRO Los lenguajes de la identidad 1

En este ebook el lector/a encontrará un libro que exhorta a salir del conformismo para animar a descubrir el pensamiento crítico y subversivo como un camino hacia la libertad y la creatividad.

Los lenguajes de la identidad de Julieta Piastro invita a realizar un interesante recorrido por los diversos lenguajes con los que construimos nuestras identidades. La autora nos revela aquellos lenguajes en los que descubre la subversión como posibilidad de creación.

A partir de de autores como Freire, Marx, Wittgenstein, Freud, Austin, Ricoeur, Lacan, Foucault o Butler se recogen teorías, ideas y experiencias que acompañen la voz de la autora para construir una mirada crítica y reflexiva sobre esos lenguajes subversivos que modelaron su visión del mundo y de la vida. Piastro nos insta a recuperarlos para desenmascarar las estrategias de control y manipulación, que constituyen los relatos del poder que desdibujan nuestras capacidades creativas y de acción.

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Este ebook ha sido cedido gracias a la colaboración con Herder Editorial.

Dar voz al tabú: prevenir el suicidio

El libro "Morir antes del suicidio" hace hincapié en la necesidad del diálogo para prevenir el suicidio, en lo fundamental de tomar una actitud de escucha ante quien nos manifiesta su dificultad para seguir adelante. Imagen de Ulrich B. en Pixabay, de dominio público.

El suicidio se ha convertido en una de las causas de muerte no natural que más preocupan a gobiernos, sociedades civiles e instituciones educativas y de salud. Se ha situado como uno de los primeros motivos de defunción en la población más joven. Francisco Villar Cabezas, psicólogo clínico y profesor de la Universidad Autónoma de…

Cuando leer te mata

Don Quijote es el personaje más famoso de la literatura. Su locura nace de su obsesión por los libros y de su identificación con los personajes que leía. Diseño realizado a partir de la imagen de Don Quijote, de Momentmal (de Pixabay, CC) y el fondo, de FreeStocks (de Pexels, CC).

Leer mata es el nuevo libro de la escritora Luna Miguel. En él recorre las distintas formas de leer y dibuja una muy particular tipología de lectores. Leer mata es un libro sobre libros sustentado en innumerables lecturas. Una obra perfecta para todos aquellos que no podemos escapar del amor a las letras. Por Javier…

F+ La geografía de tu nombre, poemas de Isabel Ordaz

Filco+_Adelantos_en exclusiva Poemario Isabel Ordaz

En exclusiva para los lectores del espacio Filco+, el prólogo (escrito por Diego Doncel) y algunos de los poemas de La geografía de tu nombre, de Isabel Ordaz (próxima publicación Taugenit 2022).

Prólogo. La poesía de la espera

Cada vez que Isabel Ordaz se sube a un escenario, o cada vez que se coloca delante de una cámara, el espectador siente la intensidad, la sencillez, la naturalidad de un modo de interpretación donde nunca se pierde la dimensión humana. Si yo tuviera que definir su arte interpretativo lo haría diciendo precisamente eso, que es intenso, sencillo y natural.

La Isabel Ordaz poeta hace de la poesía una forma de confesión, una forma de revelación. Su personalidad poética está llena de adentros, de geografías sentimentales. Y en su palabra cualquier forma de imaginación es una forma de temblor. Le gusta intensificar la experiencia de la vida mediante imágenes poderosas y un aliento que viene de la tragedia porque en ella se hace cierto aquello que escribía Marguerite Yourcenar al principio de Memorias de Adriano, que vivimos en ese momento en que los dioses antiguos ya no nos sirven y los nuevos están por llegar, es decir, entre el pasado que fue y las llamas de un presente que es sobre todo una espera.

El sentido de la espera es consustancial a La geografía de tu nombre, su último y magnífico libro, tan maduro ya como emocionante. En él, Isabel Ordaz crea una voz que está llena de carnalidad y que evoca el cuerpo y la piel ya idos, la memoria de un amor. Sin duda palpita en el fondo de estos poemas un trasunto biográfico, una dimensión confesional, pero todo queda trascendido mediante esas imágenes que intensifican el vitalismo y la pasión. Somos los amores que se fueron y a los que todavía esperamos, somos el recuerdo de unos labios que dejaron palabras y besos y una vida que todavía arde en el recuerdo. «¿Qué será de mí si tú me olvidas?», dice, y la respuesta es una postura moral: la búsqueda a través de fotos, la resurrección de lo vivido a través del poema. La geografía de tu nombre habla de un trauma, el de la ausencia, y de una esperanza, la de la palabra como camino de vuelta, más allá del vacío. Y señala cómo construir o reconstruir una identidad en medio de la derrota, a partir de los escombros. Todos esos poemas son esa enorme tentativa por encontrar el rostro propio, el conjunto de rasgos que la vida fue erosionando. Están, claro, la infancia, los recuerdos familiares, las intensas escenas de amor en común. Está también la historia presente y la sociedad de nuestro tiempo, pero está sobre todo ese pulso herido que va al encuentro de aquello que fue.

«Si yo tuviera que definir el arte interpretativo de isabel ordaz lo haría diciendo que es intenso, sencillo y natural»

A la poesía de Isabel Ordaz le gusta dialogar con el silencio, le gusta derramarse por los espacios blancos de la página. Como en Mallarmé, los poemas se construyen a partir de la dramatización del espacio. La dramatización del espacio es en ella la dramatización de la voz, del sentimiento. Los largos poemas se van derramando con una respiración entrecortada, como cuando se llora o se está lleno de pasión. El verso se fractura para que la tragedia se exprese en ese territorio donde el grito toma la forma del recuerdo y la reflexión.

La geografía de tu nombre es esencialmente un único poema, incluso estilísticamente nada en él cambia. Isabel Ordaz va aportando intensidades, nuevas perspectivas, ampliaciones de su visión en una estructura sólida, muy medida y muy arrolladora. Es un libro para pensar y para sentir, para conmoverse y para acompañarse con el dolor, con el amor y el erotismo de fondo. Un estupendo libro de madurez que nos muestra a una Isabel Ordaz que ha venido a la poesía de hoy para quedarse, es decir, para emocionarnos desde la imaginación y el temblor, desde la vida y sus encrucijadas, las dimensiones donde las obras de arte se hacen humanas y las biografías muestran toda su fuerza. Lo demás, ya se sabe, es pobre literatura, algo de lo que Isabel Ordaz huye con ese gesto suyo aprendido en una palabra llena de memoria, de deseo y de intemperie.

Diego Doncel
Madrid
Otoño, 2021

LAS PALABRAS

Las palabras alcanzadas por las absortas novias,
alcanzadas por el rayo de la revelación,
húmedas en mi boca, se muerden a sí mismas
porque tú te has ido.

Palabras como olas que buscan el abrazo,
palabras con vocación de playa y nacimiento, palabras
que me salvan del desorden de tu ausencia,
palabras que me anidan en la caricia de lo verde.

Pero tú no estás y mi cuerpo, y tu cuerpo,
se hunden en el abismo vegetal de las sombras.
¿Qué sentido tiene todo esto?
Nuestros cuerpos ahogados en la perla líquida del ojo.
¡Fragilidad! Esa soy, eso queda de mi canto.

Oh, santa madre, palabra santa,
cómo dueles cuando callas tu recóndito escondite, cómo dueles
cuando niegas la carne,
la embriaguez de su horizonte, el arrebato
encendido
de los placeres soñados.

Te has ido y ahora son extrañas las auroras,
son extrañas las preguntas y los besos.
Palabras frías solo tengo
sobre chimeneas frías,
sobre fuegos apagados.

Ellas me consuelan de tanta despedida,
de la memoria amarilla de nuestro lecho soleado,
ellas, sí, mis compañeras
en el pronóstico reservado,
en el pronóstico polar,
en el pronóstico del despojo.

Paso mi mano sobre tu cuerpo sin cuerpo y solo alcanzo el hueco
de tus labios,
tus ojos idos, que ya no me sostienen, que ya no me reflejan.

Es tu herencia,
las letras de tu nombre, mis amigas,
las leales,
mis aliadas de nieve,
las letras de tu nombre que alivian este exilio.


LA MAR

La mar está embriagada.
Las invioladas vestales me traen joyeros de entusiasmo.
Cogidas de la mano me invitan a arder.
¿Todo, al fin, será ceniza?
Les pregunto, tan bellas, sus túnicas y peplos,
sus rostros de efigies enmudecidas, sus trenzas macizas,
sacrificadas al humo de los incensarios.

«Quémate», me dicen sus morritos de fresa
(ellas, que siempre han habitado en sueños ajenos).
Sus boquitas de piñón alimentadas de falsos capullos,
adornadas con los hilos de seda
con los que otros se ahorcan.

«Quémate»,
me aconsejan las custodias,
«en el humo desencarnado de los dioses».
Pero no, no es eso, no es eso.
No es ese el asunto, les respondo, ya no,
ahora soy gaviota quebradiza
y mi palabra está rota y mis dioses desvanecidos.
Me duelo entre un sueño de maizales y busco la luz en retirada,
el color naranja de la tarde y la carne
a plomo.

No, ya no,
ahora soy una mandolina herida y a la espera
del advenimiento de un susurro, de algún pacto
de sosiegos.

Mirad, es como jugar con las raíces del sueño,
a cada paso soy vencida por el tiempo pero a cambio
habito el desdén de una sonrisa triste
frente a los acontecimientos secuestrados.

En la filigrana de una ausencia espero
y parece que la tierra ha accedido a sostenerme,
sin ceremonias.
Crepito en su seno y me regala aún,
aún, aún,
una brisa alegre de racimos.

VIDA

Seré yo, contigo, vida, a cualquier parte,
de vida estremecida,
pero no me finjas que te acabas, no me obligues
a cerrar los ojos o pretendas
que hay que dormir, dormir, dormir.

No tengo sueño. Mis ojos
andan embriagados de lobos y de bosques,
mis ojos desean estrellas insumisas y desnudas
que no aparenten estarse quietecitas.

Vida, no finjas,
no me finjas que te acabas,
mi lengua quiere emerger de la noche
de las gatas encerradas,
quiere dar noticia a voz en grito,
contra natura.

Oh, el grito entusiasta de los resucitados,
la alegría febril de los fantasmas.
La vida me está comiendo en la palma de la mano después de morir
tanto,
tanto.

Y ya no quiero cuentos.
Rota, exponencial, resucitada,
ciega a la derrota quiero ladridos vivos
a la puerta de mi tienda de lunas transitivas,
de lunas compasivas.

Y quiero sexo,
manos sudadas y cálidos alientos,
líquenes del hambre que dejen en mi boca
el aroma insaciable de las rosas,
su gozar, estremecido.

No juegues conmigo,
por favor, vida, no cierres la puerta.
Léeme aquella historia, por favor.
Léela de nuevo, muy despacio, como tú solías hacerlo:
«Érase una vez al fondo del pasillo
una luz discreta y siempre iluminada».

LA MECHA (Lo social TV)

En el nacimiento permanente de la llama
busco mis estandartes y enhebro mi eternidad encendida
de cóleras difusas.

¡Soy joven! ¡Sí! ¡Joven!
Joven de aventuras y desatento de matices.
Joven a la búsqueda de mi épica germinal,
en el encendido vigor de la última revolución,
¡la mía! ¡Mía! ¡Mía!

A cada generación su mecha,
la que corresponde al charco impaciente de la sangre
recién estrenada.

¡Deprisa! ¡Deprisa!
¡Nigromantes nuevos de la nueva pólvora telemática!
¡Deprisa!
Somos los elegidos de los nuevos dinosaurios,
de las nuevas redes, de los nuevos cables.
Los nuevos mapas eléctricos coordinan los sistemas
que responden al fogonazo de mis nervios,
al aluvión de la fuerza bruta
de mis tendones.

Soy el territorio de mi sudadera y de mi sexo:
destrucción,
en nuevo formato performance,
aplausos y telón lento.

Oh, sí, lanzo la piedra y escondo la mano,
mi mano encendida y mi nariz escondida.
Con vocación de conjurado,
aspiro el humo de los sacrificios de mi secta Anonymous,
en el vértice complacido del trueno de perfil bajo:
Anonymous.

Dónde. Quiénes.
De qué manera tu virgo, libertad,
tus tantos nombre violados por la sierpe de la Historia,
de qué manera tus lirios de estación,
libertad, siempre inocentes,
emanan de nuevo sus esencias.

Ay, libertad, ese asunto de ricos,
el oro camuflado
detrás del grito terso de Instagram:
«lo está petando».

Kaos.
Denominación de origen:
figura política de altos vuelos y viejas acrobacias.
¿Por qué preguntáis tanto?, dicen ellos,
aquí no son oportunos los matices lingüísticos,
tanta gramática oxida las espadas.

Kaos.
Absurda semántica, pura gasolina,
y que reviente el dios de los obreros,
el dios de las causas estrechas como fosas comunes,
que reviente
lo que guarda proporción, las pequeñas prímulas,
el balbuceo de los solitarios.

Yo, el Kaos
engarzo cadenas y quimeras y de nuevo aquí,
ahora y siempre, por los siglos de los siglos,
la fiebre de mi corazón no se apaga nunca,
el espacio de mi cenicero nunca se rebosa.

¿Tú? ¿Tú? ¿El santo jacobino?
¿Tú de nuevo aquí, Marat?
Oh, mi pequeño niño enardecido,
más allá del mohair de tu pasamontañas,
al compás de los estraperlistas,
nunca te eleves por encima de las mariposas de los deditos cortos.

Kaos,
enloquecido,
perdido en el azogue de la permanente sala de los espejos,
bienvenido a tu casa.
Empecemos desde cero.
Brindemos por el cero.
¿Champán o cava?

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cuando se ponga a la venta para el público general.


F+ El presente continuo del ciudadano prudente

Contenidos-exclusivos-imaginación
FILOSOFÍA&CO - Contenidos exclusivos 1

Uno de los adjetivos que posiblemente mejor cuadran con el libro La imaginación conservadora, de Gregorio Luri (Ariel), es el de contracultural. El editor ya advirtió al autor de que hoy nadie se considera conservador y de que hace falta cierto valor para presentarse como tal. Fue precisamente esta advertencia la que acabó de decidir a Gregorio Luri, sabedor quizás de que todos somos más conservadores de lo que queremos creer.

Por Juan Piñol Ortega, de la Universitat de Barcelona

Con el propósito, pues, de predicar a los no creyentes, Luri presenta su cometido no como perteneciente a la teoría política o a la filosofía, sino encaminado a proporcionar los elementos de una imaginación conservadora. Pues son los «sentimientos, percepciones y predisposiciones» los que acaban siendo políticamente relevantes y «la historia es el proceso de transformar la imaginación en gestos». Siguiendo a Platón, Luri sabe que puede haber más poder en las canciones que en las leyes.

Si, como le recordaba Holmes a Watson, todos tenemos un pasado, es la actitud respecto al mismo una de las cosas que distingue al conservador, que no lo vive ni con nostalgia ni como antesala, sino como un punto privilegiado de perspectiva. Ni ve, entonces, el presente como inacabable anticipación del futuro.

Si hablamos de pasado y de futuro es porque estamos «en la conciencia del tiempo» (Nietzsche, Heidegger). Aceptando la orientación temporal, el conservadurismo de Luri es, pues, un pensamiento moderno, que el autor distingue de otros contemporáneos: reaccionario, progresista, innovador o liberal, dedicando a este, con Hayek como sparring, un capítulo propio.

Se trata de que sepamos labrarnos un presente «fértil», de «profundidad y densidad», sabedores de vivir en un mundo «de segunda mano», evitando que nuestra existencia devenga una «caída en el futuro». Esta comodidad con el presente y con la modernidad, ausente en reaccionarios y paleoconservadores, puede hacer parecer al conservadurismo de Luri como blando o contemporizador, cuando, en realidad, su «defensa apasionada» del subtítulo entronca con el principio revolucionario más radical nunca enunciado. El de Aristóteles, cuando afirma (Política) que nuestro propósito debe estar con lo bueno y no con lo antiguo. El radicalismo de Luri no es el de la regresión.

El conservadurismo de Luri es un pensamiento moderno, que el autor distingue de otros contemporáneos: reaccionario, progresista, innovador o liberal

Dejado claro lo anterior, el libro establece sus premisas. Una, el hombre como animal político, viene de la fundación de la filosofía política. Otra, los límites de la razón en política, de la reacción a las revoluciones modernas (Burke). Unida a ambas está la necesidad de la prudencia, relación «entre el saber y el hacer», alternativa conservadora a los planteamientos progresista e innovador, confiados para encarar el futuro en una providencia secularizada o en la fe en la tecnología. Y es el saber de los límites de la razón en política, de los límites de la teorización, lo que hace que el libro de Luri sean en realidad dos en uno («un libro de resonancias»). Pues son ellos los que, al impedir el planteamiento de un conservadurismo universal, nos llevan a tener que partir de la tradición local española. Tarea que, presentada modestamente como «invitación», es de importancia capital, pues, tras señalar que la búsqueda de esa tradición se ha hecho a menudo en el lugar equivocado, nos lleva a encontrar en nuestro país una sólida y a menudo ignorada veta de pensamiento político, precursora, a veces aventajada, de Hobbes, Rousseau, Locke o del mismísimo Debord.

Sentados propósito y premisas, pasa el libro a desmenuzar los elementos clave que configuran esa imaginación conservadora, no sin antes afirmar que esa imaginación, esa mirada afectuosa sobre el mundo y el gesto que la sigue, es la de una ideología, con todos sus rasgos: visión del mundo y de la naturaleza, orientación moral, retórica y programa político. Si algo tienen en común esos rasgos es la prudencia. Prudencia en la teorización, en la acción sobre la naturaleza, en la maleabilidad del individuo y en la acción política.

El conservador, con Pascal ni dogmático ni escéptico, es sabedor de sus límites y nunca debe sentirse decepcionado cuando se le hagan presentes. El fracaso o la decepción, nunca aceptablemente sorpresivos, son un recordatorio de sus planteamientos últimos. Su ideología es la del que se sabe viviendo en el tiempo del retirado dios platónico, el del hombre político, «frágil y falible». Una, obligadamente incompleta, relación de los referidos elementos clave bastará para poner bien de manifiesto su carácter a contracorriente.

Primero, para que una comunidad política «pueda vivir de sí misma» necesita ser una politeia, poseer una música propia y secular, solo audible para sus miembros. No es algo que los hombres ven, sino que está en su manera de mirar, no escrita, sino heredada con su necesidad de vivir juntos. Es un «hecho político primario». Primario, que no natural. Es la politeia la que debe darle sentido, «deber ser», a la naturaleza, que en sí «no tiene nada de política». Con la creciente valoración del pluralismo, el ciudadano bailarín, tomando conciencia de música y pasos, «ha perdido la alegría espontánea de su propio baile». Pero no con ella «la necesidad de copertenencia».

Esa copertenencia nos lleva al segundo elemento, el hombre como animal político, «anfibio», lábil, que no es, ni puede ser, ni solo natural ni solo cultural, y que necesita de la polis para cuidar de su alma, cuidado llevado a cabo precisamente en la tensión entre ambas, que Luri razona, frente al ensalzamiento actual de la espontaneidad, a partir de la represión pulsional freudiana.

Con la creciente valoración del pluralismo, el ciudadano bailarín, tomando conciencia de música y pasos, «ha perdido la alegría espontánea de su propio baile»

Si miramos nuestra alma desde la polis, a su forma actual, la «teatrocracia» democrática (Platón, Leyes; Tocqueville), «el régimen de los espectadores convertidos en espectadores de sí mismos», le es propia una mirada distante y que se quiere autónoma en su modo de ver las leyes. También alcanza esa mirada a la poesía, competidora de la polis a la hora de moldear ese alma, a la que puede corroer, proporcionando «perplejidades». Pero, a su vez, la polis necesita de ella, ya que su tarea, la de dar sentido a los animales políticos, no se reduce a una tecnología. El legislador es también poeta, lo que nos lleva de nuevo a Platón y a la «noble mentira», que, para consumo del ciudadano de la «teocracia», orgulloso de su «capacidad crítica» e insensato aspirante a la transparencia total, puede tomar la forma de fe en la politeia o de esperanza en una meta.

Es por no ser técnica la tarea de la polis por lo que las ciencias sociales no pueden tener por objeto «el mundo político» propiamente dicho, sino el «mundo desencantado» de Weber. Alerta, por tanto, con esos científicos que susurran al oído del gobernante para que cambie prudencia por leyes científicas. Lo que lleva a esa «ilusión gerencial» es el deseo de clarificación, de eliminar la incertidumbre. El conservador, por el contrario, es alguien dispuesto a vivir en modo incierto, que no busca soluciones definitivas, sino «remedios temporales».

Esa alerta ante soluciones tecnológicas para la polis lleva a reivindicar el sentido común de la gente corriente, los prejuicios, y la rutina, prudente, «sabia en su casa» y capaz de producir «un orden espontáneo… frágil e imperfecto», en el que se encuentran las respuestas que al intelectual se le han acabado. Y es que «los ciudadanos no viven solo de lógica». Esta necesita, para contrarrestar su efecto disolvente y la consiguiente pérdida de confianza en la polis, ir acompañada de la prudencia. Este recurso aristotélico al juicio prudente de la gente es, tal vez, el que hace necesaria la presentación del conservadurismo en el idioma de su mayor enemigo actual, la ideología.

El tercer elemento es el de los límites. Al preguntar («oponer la conciencia a la política») por ellos, «la posibilidad se erige en tribunal de la realidad». En la «teatrocracia», ese tribunal está «afiebrado», abandonado a la lógica del deseo, en un «despliegue permanente de lo posible». Si el límite/ley, que debe dar sentido, deja de ser sagrado, el descubrimiento de su movilidad es también el descubrimiento de «la maleabilidad de la propia alma». Aumenta el capricho personal y disminuye el pudor (nueva reivindicación de prejuicios y buenos modales), bajo la paradójica orden de «un mandamiento heterónomo: hay que ser autónomos».

Unida a esa pérdida de límites va la de sentido. La «teatrocracia» se convierte entonces en una sociedad terapéutica, hogar del emotivismo, del sentimentalismo, del victimismo y del «mi cuerpo es mío». Agudamente, Luri apunta como nacimiento simbólico del ciudadano de la «teatrocracia» moderna el del monstruo de Frankenstein, fruto de la filanropía, que exige ser primero feliz para poder ser virtuoso.

El conservador es alguien dispuesto a vivir en modo incierto, que no busca soluciones definitivas, sino «remedios temporales»

Como cuarto y último punto, nos encontramos con una de las premisas, los límites de la razón política. Vuelve aquí Luri a encararse con algunos de los mitos de la democracia y señala, con el Dewey tardío, que lo que la hace fuerte no es la ciencia social, sino la politeia, transmitida en las instituciones intermedias (familia), punto de anclaje de un ciudadano no siempre tan bien informado como pretende ser. Por ello, usando la vieja imagen de la nave política, el conservador, aunque «entiende que mantenerse a flote es una empresa muy digna», sospecha que para ello se requiere de «la esperanza de una meta».

Y así, retomando la «noble mentira», llegamos a «la verdadera cuestión», la del patriotismo, la «manifestación más clara de la fe de una politeia… al alcance de toda la ciudadanía».

Las «resonancias» que se han establecido entre los dos libros, unidos por la fuerte expresión vivencial del autor, parecen resolverse en un acorde disonante: en España, donde no ha acabado de cuajar un patriotismo «porque no supimos disfrutar del placer de fundar una patria», hay que «pedir disculpas por ser patriota». Y apunta Luri, a propósito de las patrias, algo que posiblemente sea también cierto para todo lo demás: no amamos lo que entendemos, sino que lo entendemos porque lo amamos. El problema es, pues, el de una incapacidad de amar, desde los «fuegos de artificio intelectuales» de la generación del 98 y su «pesadez» con la España como problema, hasta el «desarme persuasivo» de nuestros profesores universitarios actuales, maniatados por su «probidad intelectual» universalista, cuando «han sido las fronteras las que han permitido la defensa de los principios universales».

Termina este libro con un «nosotros somos nosotros» que, lejos de ser una tautología, es una invitación a echar mano de un «legítimo orgullo» para poder cumplir con el antiguo precepto de conocernos a nosotros mismos.

En este libro, apasionado y personal, escrito casi sin notas a pie de página, necesitado de la lectura pausada y repleto de caminos apenas apuntados, el conservador Luri está en las antípodas de cualquier científico social a la hora de explicarnos el mundo. Su ciencia, nos dice, es la de Sócrates, ese contemporáneo. Su lectura, un auténtico desafío, es imprescindible, no ya para conservadores, sino para todos los que viviendo con los tiempos, qué remedio, no quieran vivir solo con ellos.

F+ La dificultad de leer a Nietzsche

«La filosofía de Nietzsche termina siendo una selva difícil de andar y en la cual, como en toda selva agreste, es posible perderse. Es por esa razón que leer a Nietzsche se convierte en una experiencia, en una aventura donde el puerto o la llegada no se vislumbran claramente; donde el horizonte no se extiende hacia el caminante ofreciéndose como sendero para ser seguido», escribe Damián Pachón. © Ana Yael

Leer la obra de Nietzsche resulta una tarea complicada. Su carácter asistemático no permite ir tirando del hilo de su pensamiento. Dice el filósofo colombiano Damián Pachón Soto que la filosofía del alemán es «una selva difícil de andar» en la que acabar perdiéndose es muy posible. En este dosier, Pachón analiza sus famosos aforismos,…

Byung-Chul Han nos enseña las caras de la muerte

Reseña Libros Filco Caras de la muerte

Consciencia de nuestra finitud La muerte es esa realidad en forma de sombra que acompaña inexorablemente a la vida, aunque todos deseemos mantenerla apartada y vivamos, al menos en la cultura occidental, de espaldas a ella, como si lo que no se nombrase no existiera. Nadie sabe con exactitud en qué consiste la experiencia, porque quien la…

Filco+, nuevo espacio lleno de grandes ventajas

Brindamos con Nietzsche y Schopenhauer por el nacimiento de la nueva zona Filco+ de nuestro portal filosofía&co.

Crece la comunidad de la filosofía y el pensamiento. Como te habíamos anunciado, en nuestro afán por que filosofía&co. siga siendo un referente en la cultura en lengua española, hemos trabajado intensamente para mejorar y ampliar el portal. Ahora, cuando hemos llegado a alcanzar el 1.000.000 de visitas mensuales, ya podemos darte todos los detalles…

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