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F+ Marranos. El otro del otro

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Marranos. El otro del otro es el cuarto libro de la filósofa italiana Donatella Di Cesare, catedrática de la Sapienza-Università di Roma, publicado en la colección «Clásicos del mañana» de la Editorial Gedisa, después de la aparición de Heidegger y los judíos. Los Cuadernos negros (2017), Terrorismo (2017) y Tortura (2018), de la misma autora. Este texto de Di Cesare es una exploración inquieta e inquietante. Su indagación no promete al lector dar, al final del recorrido, con una terra incognita que se revelará reconfortantemente segura o con un tesoro hundido en las profundidades abisales del pasado, sino que se mueve en prodigiosos meandros que aguardan aún, en cada una de sus discontinuidades, una chispa de redención metafísico-política.

Por Facundo Bey, CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas)

El presente volumen no constituye una búsqueda por sumar un capítulo más a la no tan ingente, aunque sí muy actual, producción historiográfica sobre los marranos; y, sin embargo, las precisas referencias históricas, provenientes de una cuidada revisión bibliográfica, no faltan en absoluto.

La incursión de Di Cesare se desplaza en lo más íntimo de nuestra existencia: el desgarramiento constituyente de la identidad moderna, la escisión que trágicamente inauguró una experiencia histórica signada, por un lado, por la tortura, la expulsión, la culpa y la muerte, y por otro lado, por el recuerdo, la laceración y la vida.

A fuerza de hogueras, tormentos, desprecio, acusaciones provenientes tanto de sus verdugos como de otros judíos, los marranos fueron precipitados a la opacidad del secreto que, paradójicamente, como bien expone Di Cesare, encendió la llama de la esperanza mesiánica, custodiada para siempre por el celo de una fidelidad inconfesable. Es esta fidelidad infiel la que dislocará las exigencias de un inhóspito mundo exterior frente al que los judíos marranos intentarán construir su morada sagrada. Disonante comunidad insular, frágil, ambivalente e invencible, afincará su esperanza en un precario refugio interior que trepidará cada vez que resuenen las dudas sobre a dónde se va y a dónde se regresa cuando se ha debido escapar no solo por quién se es, sino también por quién no se es. ¿Quién es el que parte y quién será, efectivamente, aquel que regrese? ¿Quién es el que olvida y quién el que recuerda? Los ensayos de respuestas a estos interrogantes, recorridos capítulo a capítulo en este libro, permanecen en suspenso para el marrano, junto con su identidad.

Disonante comunidad insular, frágil, ambivalente e invencible, afincará su esperanza en un precario refugio interior que trepidará cada vez que resuenen las dudas sobre a dónde se va y a dónde se regresa cuando se ha debido escapar no solo por quién se es, sino también por quién no se es

Las violencias que sufrieron los marranos fueron tan cruentas como indelebles: persecuciones, conversiones voluntarias y forzadas, masivas e individuales, observancia clandestina de sus ritos y creencias, segregación externa, emigración interna. Cuando todo esto no fue suficiente para sus censores, sus cuerpos fueron tragados por el fuego de los autos de fe y por las aguas de los naufragios marítimos, luego de haberse embarcado, con rumbos dispares, en travesías rodeadas de angustia y esperanza.

Tal como sintetizó con plena claridad la autora, con los marranos «el mito de la identidad implosiona y se quiebra» (p. 11). Navegantes modernos de la última hora de la noche de una época y de un amanecer que ellos mismos encendieron con su vida y su muerte, descubridores a un mismo tiempo de América y de la dualidad del sí, su trayectoria describe e inscribe una novedad política radical y una radicalidad política inédita que desfigura al medioevo. Todo confín los transita, todo límite ellos lo redefinen siguiendo la ruta helicoidal de su ajenidad propia, socavando tangencialmente los estratos de la tradición en la que se reconocen y se desconocen. Habría que añadir que con esta meditación sobre la modernidad, tan bellamente escrita, «sin censuras ni apologías» (p. 11), también el mito del marranismo estalla en centellas al chocar iluminadoramente contra el silencio que durante siglos oscureció su presencia disimulada o negada no solo en familias y generaciones enteras, que día a día aún descubren y recuperan una cifra de inasible disidencia acallada dentro de su propia historia, sino en la filosofía e, incluso, en el seno de la identidad judía.

Como se ha sugerido, el libro de Di Cesare no es una contribución a los estudios historiográficos ni tampoco una versión romantizada de los dramáticos destinos de los marranos. Es, en cambio, me animo a decir recuperando el título de una de sus formidables obras más recientes, un trabajo que reconoce y subscribe la vocación política de la filosofía, deshaciendo y deshaciéndose de estereotipos para interrogar elementos actuales y determinantes de nuestra vida en común. Se trata, nada menos, de todo un andamiaje conceptual que dio su matriz a la modernidad política y que fue puesto en jaque por la figura del marrano desde sus raíces históricas y metafísicas: soberanía, ciudadanía, Estado-nación, elementos agrietados que en nuestra contemporaneidad global colapsan aplastando por igual a contingentes de indiferentes, explotados, exiliados y refugiados.

Se trata, nada menos, de todo un andamiaje conceptual que dio su matriz a la modernidad política y que fue puesto en jaque por la figura del marrano desde sus raíces históricas y metafísicas: soberanía, ciudadanía, Estado-nación…

De este modo, Di Cesare nos ofrece una desafiante y lograda contrahistoria de la modernidad política, en la que el marrano encarna la figura paradigmática de oposición a la pretensión de que la política sea el «lugar de la aparición total de lo humano», impuesto exteriormente por el Estado en cuanto «único principio que ordenara y articulara la humanidad» (p. 118). El camino escogido por la filósofa italiana va más allá y contrasta, afirmándose por su alcance ya en el rango de lo clásico, con la narración mito-teológico-política contenida en el influyente texto schmittiano de 1938 Der Leviathan in der Staatslehre des Thomas Hobbes. Allí, el jurista alemán deploraba, al calor de un orgulloso antisemitismo, la herida de muerte que el positivismo jurídico liberal habría propinado al Estado al inaugurar la separación moderna entre el «foro interno» y el «foro externo». Poco tiempo después de publicado aquel libro, Schmitt, con su participación en las Leyes de Núremberg, contribuiría a urdir la trama trágica que unió a los primeros marranos con los «judíos nuevos», cuyos descendientes, luego de haber sido asimilados y neutralizados como ciudadanos por el Estado moderno, acabarían por ser aniquilados en los Lager nacionalsocialistas.

El destacable trabajo de Di Cesare sobre la narración como ejercicio efectivo del recuerdo atraviesa su libro de principio a fin. Entre las narraciones brilla el relato talmúdico de Ester —«que significa “me esconderé”» (p. 27)—, la reina huérfana y extranjera, consorte del rey Asuero. Este último había sellado un edicto urgiendo al exterminio de los judíos, gracias a las intrigas de su ministro Amán. Sin embargo, por medio de un acto de desobediencia, Ester logró salvar a su pueblo: su subversiva y reparadora figura no podía sino estar destinada a alzarse en la posteridad entre mesiánicos y cabalistas. El apelativo encubridor que le hubo dado Mardoqueo —el anciano que la adoptó— encerraba, a su vez, el mandato velado de sus verdaderos padres, el de florecer por sí misma como la planta del mirto, precepto cifrado en su nombre original, Hadasa. Este relato que recupera la autora no solo es fundamental por la importancia que el marranismo y el misticismo cabalista le han concedido históricamente en su búsqueda política de reflejarse en el espejo roto del judaísmo moderno, sino por el rango filosófico-político que adquiere para Di Cesare en cuanto movimiento de reversión de la soberanía, de revocación de la ley, de reparadora anulación del exterminio.

El otro del otro es el subtítulo y el subsuelo de un libro que se interroga por «los efectos existenciales y políticos provocados por la condición híbrida de los marranos» (63). Los «cristianos nuevos» jamás serían aceptados como tales, por mayor que fuese su esfuerzo por examinar su aspecto y conducta bajo la mirada inquisitiva e inquisidora de los otros, pero tampoco volverían a ser considerados como iguales por los otros judíos: «el marrano se convirtió en el otro del otro» (p. 44). Esta alteridad otra es también la consecuencia no buscada del proceso de formación, consolidación e incorporación absoluta y centralizada de la población y el territorio en el naciente Estado-nación español, en los tiempos de la así llamada Reconquista. Es asimismo el certificado de nacimiento toledano del racismo de la sangre pura y del terrorismo teológico-político de Estado: del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición y de su tristemente célebre Tomás de Torquemada. Gran Inquisidor de Castilla y Aragón, responsable de miles de condenas a muerte, él mismo nieto de judíos conversos, fue el autor más que probable del Edicto de Granada [1492], el tormentum legal que alejaría para siempre a la Nação de su Sefarad. Esta expulsión inauguraría, a su vez, «el primer proyecto mesiánico mundial» (p. 102), desplegado en un «archipiélago planetario» (p. 95) que incluyó Tesalónica, Lisboa, Venecia, Ferrara, Livorno, Amberes, Ámsterdam, el Nuevo Mundo y las Indias Orientales. Así, en este vertiginoso y devastador proceso, «se fue delineando una alteridad más sutil y compleja» que la del «otro externo y exterior, estigmatizado, excluido y confinado físicamente en guetos», «apareció un “otro interno”: el marrano desplazó al judío» (pp. 43-44).

Así, en este vertiginoso y devastador proceso, «se fue delineando una alteridad más sutil y compleja» que la del «otro externo y exterior, estigmatizado, excluido y confinado físicamente en guetos», «apareció un “otro interno”: el marrano desplazó al judío»

Persecución tras persecución, la fragmentación interna del «sí mismo» floreció de facetas. El edicto de expulsión de 1492 fue un golpe demoledor que también dio una forma silente y replegada, dual e invisible, a la teología de los marranos. El delgado hilo que los unía con la tradición hebraica nunca se cortó, pero los ritos adquirieron paulatinamente formas imperceptibles, incluso hasta desaparecer. No obstante, aquellas prácticas que lograron conservarse adquirieron un significado crucial y fueron experimentadas desde esa dualidad lacerante. Para los marranos, el ansiado perdón de su perjuro diario quedaba revocado al concluir el kipur, de un día al otro y hasta el año siguiente. El ayuno de purim se prolongaba por tres interminables jornadas y la meguilá de Ester no coronaba victoria festiva alguna. Las candelas de jánuca y del shabat, escondidas en recónditos lugares de los hogares y del corazón, a seguro de las miradas curiosas, iluminaban con su tenue lumbre el recuerdo del recuerdo.

El mandato toraico de recordar se convirtió en arcano y eje político de la resistencia marrana. La narración cumplía para el recuerdo una función salvífica y reparadora porque atesoraba en la palabra compartida una posibilidad nueva y actual de articulación en vista de una justicia frágil y siempre en disputa, permitiendo la participación en un rescate conjunto de la historia. Exilio, creación y enmienda (tikun) serán tres términos fundamentales que darán su paso desde la cosmología cabalista hacia la política y la filosofía de la historia. No es de extrañar, entonces, el encuentro histórico entre la Cábala y el mesianismo, del que también se ocupa la autora, como tampoco sorprende su referencia a Walter Benjamin. Este último, como es sabido, tomó conocimiento del cabalismo a través de su amigo Gershom Scholem, quien, a su vez, fue el primero en introducir la noción de tikun en la interpretación de Benjamin. El Eingedenken benjaminiano, como señala Di Cesare, restituye el espacio de una «“cita secreta” entre las generaciones. La fuerza liberadora del recuerdo no incide solo en el futuro, sino también en el pasado» (p. 132), pues en la memoria de los vencidos que recupera Benjamin está contenida tanto la dominación como «la tradición de las víctimas, que tiene el cometido de narrar» (p. 133). Sin embargo, prohibida la memoria, los marranos quedaron hermanados en un pacto de silencio y ocultamiento, «dispersados formando una constelación del desastre, separados por una doble ajenidad, resisten ligados por el recuerdo de su secreto, un secreto cuya clave ya no poseen, inaccesible y al final desconocido, un secreto del secreto, del que no dudan en dar testimonio» (p. 136).

Sin embargo, prohibida la memoria, los marranos quedaron hermanados en un pacto de silencio y ocultamiento, «dispersados formando una constelación del desastre, separados por una doble ajenidad»

Por último, tampoco puede dejar de mencionarse, aunque es imposible reponerla aquí, la original recuperación que realiza Di Cesare, desde las entrañas del pensamiento marrano, es decir, en su irreconciliable desdoblamiento e irrevocable atopía, de la mística de Teresa de Ávila y su «castillo interior», de la democracia secular en la reflexión de Baruch Spinoza y de la búsqueda secreta de la filosofía de Jacques Derrida. Es evidente que el sello Editorial Gedisa ha acertado al traducir y publicar Marranos dentro de su colección «Clásicos del Mañana», pues están dados todos los elementos para que este libro de Di Cesare ocupe ese merecido lugar.

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