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Número especial - HANNAH ARENDT

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Hannah Arendt y la época de las catástrofes

Totalitarismo, democracia y libertad

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¿Qué queda de la identidad en la sociedad líquida de Zygmunt Bauman?

Vivimos en una época en la que la metáfora de la fluidez propuesta por Zygmunt Bauman ha dejado de ser una simple teoría sociológica para convertirse en una experiencia ontológica asfixiante. Habitamos una modernidad líquida donde las instituciones, los vínculos y las identidades ya no mantienen su forma el tiempo suficiente como para dotar de sentido a la existencia. En este escenario de desmoronamiento, el sujeto se descubre habitando una ciudad hendida: una geografía donde el asfalto cede y las certezas se diluyen en un escurrimiento constante.

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La propuesta de sociedad líquida de Zygmunt Bauman transforma radicalmente la manera en que nos construimos como sujetos. Diseño a partir de fotografía de Bauman, con licencia CC BY 3.0, extraída de Wikimedia Commons.
La propuesta de sociedad líquida de Zygmunt Bauman transforma radicalmente la manera en que nos construimos como sujetos. Diseño a partir de fotografía de Bauman, con licencia CC BY 3.0, extraída de Wikimedia Commons.

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La fragilidad del nosotros de Bauman

Bauman
Los retos de la educación en la modernidad líquida, de Zygmunt Bauman (Herder Editorial).

Esta precariedad de los vínculos humanos —lo que Bauman denomina la fragilidad del nosotros— genera un estado de vértigo permanente. Si nada es sólido, si todo compromiso es revocable y toda identidad es transitoria, ¿qué queda entonces del individuo? La respuesta suele adoptar la forma de un vacío que la sociedad de consumo intenta llenar, pero que la filosofía reclama como el espacio propio de la voluntad.

Aquí emerge una voz. No como consuelo, sino como bisturí. La voz poética interviene para señalar la herida que persiste en el centro del flujo imparable y nombrarla.

El concepto de nombrar la herida está muy lejos de ser un acto pasivo. Es, más bien, una arquitectura de resistencia. Cuando el asfalto de lo cotidiano cede, lo que queda no es un vacío absoluto, sino la exposición de las raíces de una realidad que la liquidez pretendía ocultar bajo una superficie lisa y funcional.

En esta ciudad hendida, la huida constante nos obliga a una reevaluación de la solidez: ya no se busca lo inmutable, sino aquello que, aun siendo vulnerable, se niega a disolverse. La voluntad se manifiesta entonces como el empeño de construir un faro con los propios restos del naufragio.

La evaluación frente al flujo: Frankfurt y Taylor ante la identidad

Si Bauman describe el escenario de la disolución, Harry Frankfurt y Charles Taylor proponen una arquitectura de resistencia. Para Frankfurt, lo que define al ser humano no es únicamente la capacidad de razonar, sino la capacidad de tener deseos de segundo orden: deseos acerca de los propios deseos. En una sociedad líquida, el individuo se ve reducido con frecuencia a la figura del wanton, el impulsivo, aquel que se deja arrastrar por los estímulos sin detenerse a evaluar su valía.

La liquidez es, en esencia, la victoria de un sujeto que fluye sin que nada llegue a importarle lo suficiente como para anclarse. A esta tesis, Charles Taylor añade la noción de evaluación fuerte. Los seres humanos operamos dentro de marcos de referencia en los que ciertas cosas son vividas como nobles o profundas y otras como triviales. La identidad no es un flujo que se adapta al recipiente del mercado, sino el resultado de un compromiso con aquello que evaluamos como valioso.

Cuando la voz lírica y filosófica se detiene ante lo cotidiano, extrae un objeto del flujo insignificante y lo dota de una gravedad singular. La poesía se convierte así en un ejercicio de voluntad: una forma de decidir qué es lo que, a pesar de todo, nos constituye.

El wanton del mundo contemporáneo está exento de una voluntad legisladora. Es un sujeto meramente translúcido que no opone resistencia a la corriente de los algoritmos. En contraposición, la capacidad de desear que un deseo propio sea nuestra voluntad actúa como un anclaje metafísico.

La evaluación fuerte de Taylor nos permite distinguir entre la satisfacción de una necesidad líquida y la realización de un valor sólido. La filosofía es, por tanto, el registro de un alma que se niega a ser puramente cinética y que elige la lentitud necesaria para que la identidad pueda sedimentar.

Si Bauman describe el escenario de la disolución, Harry Frankfurt y Charles Taylor proponen una arquitectura de resistencia. Para Frankfurt, lo que define al ser humano no es únicamente la capacidad de razonar, sino la capacidad de tener deseos de segundo orden: deseos acerca de los propios deseos

El idealismo enfermo y la tiranía de los micromundos

Uno de los motores más insidiosos de esta liquidez es lo que podríamos denominar un idealismo enfermo. No se trata del idealismo clásico que busca la esencia, sino de una versión patológica que privilegia la representación sobre la existencia. Vivimos en una cultura que rinde culto al yo ideal: una máscara digital perfectamente editada que nos incapacita para gestionar la alteridad del otro, siempre imperfecta, rugosa y, por definición, no editable.

Este idealismo nos conduce a creer que habitamos micro mundos autárquicos, supuestamente independientes del entorno. Bajo la premisa de que «cada uno tiene su propia realidad», el sujeto construye una burbuja solipsista que niega la interfluencia esencial. Olvidamos que somos vasos comunicantes y que nuestras realidades se afectan mutuamente.

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La expulsión de lo distinto, de Byung-Chul Han (Herder Editorial).

Incluso los discursos de salud mental han sido, en ocasiones, instrumentalizados para levantar búnkeres individuales que nos eximen de la responsabilidad de la realidad compartida. Al declarar nuestra experiencia privada e innegociable, evitamos la exposición a lo común, que es siempre conflictivo y demandante.

El fenómeno al que nos referimos es la manifestación misma de lo que Byung-Chul Han define como la expulsión de lo distinto. En un búnker habitado por un yo ideal no hay espacio para la colisión con la verdad del otro, sino únicamente para el eco. Nuestra psique se convierte así en un espacio de propiedad privada inviolable, y la interfluencia —esa corriente invisible que nos atraviesa y nos mancha— es percibida como una agresión, como una perturbación en sí misma. La verdadera salud mental no puede desarrollarse en un micro mundo autárquico: solo puede florecer en la intemperie de lo común y de aquello que permanece ajeno a nuestro control.

La degradación moral: del «yoísmo» al último hombre

Esta atomización del espacio público desemboca en un yoísmo absoluto. Al validar únicamente la perspectiva individual, la sociedad renuncia a la construcción de una visión común. Se produce así una soledad estructural que Friedrich Nietzsche anticipó en la figura del último hombre, un ser que ha perdido el hambre de trascendencia y que, conformándose con su pequeña comodidad, se niega a mirar más allá de su propio bienestar subjetivo.

Nos encontramos ante una degradación moral profunda. Como señaló Frankfurt, la moral nace de aquello que nos importa fuera de nosotros mismos, de un cuidado que no se agota en la propia satisfacción. Cuando solo importa la perspectiva individual, el vínculo profundo se vuelve imposible y la comunidad se degrada hasta convertirse en una suma de individuos aislados que evitan cualquier roce que pueda perturbar su equilibrio interno. Es la victoria de la apatía ética sobre el compromiso existencial.

Esta degradación no se expone como una transgresión, sino como una disminución de la intensidad existencial. El último hombre prioriza el equilibrio interno sobre el ruido de lo ajeno y renuncia a la tensión que hace posible dicho crecimiento.
El compromiso existencial requiere aceptar que el otro tiene la capacidad de perturbarnos y de sacarnos de nuestra zona de confort. Si el último hombre solo mira hacia adentro para asegurar su equilibrio, el sujeto ético mira hacia afuera para descubrir su misión de responsabilidad.

Bajo la premisa de que «cada uno tiene su propia realidad», el sujeto construye una burbuja solipsista que niega la interfluencia esencial. Olvidamos que somos vasos comunicantes y que nuestras realidades se afectan mutuamente.

El sujeto de rendimiento frente a la agonía del otro

La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han (Herder Editorial).
La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han (Herder Editorial).

En este punto resulta imprescindible la crítica de Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio. El sujeto de rendimiento se cree libre mientras se autoexplota hasta el colapso. En este ecosistema de positividad obligatoria, la voluntad descrita por Frankfurt adquiere una dimensión subversiva.

El idealismo enfermo persigue la positividad de lo igual, pero el amor y el vínculo profundo exigen la aceptación de la negatividad, del dolor y de lo incómodo que el sistema intenta borrar. Escribir sobre la arquitectura del desgarro supone recuperar el derecho a sufrir, a fallar, a detenerse, a no poder continuar.

Frente al multitasking y la hiperactividad que nos desvinculan de lo humano, nombrar el desgarro permite que el sujeto deje de ser una pieza líquida del mercado para volver a ser una persona con voluntad propia, capaz de sostener la mirada ante aquello que verdaderamente le importa.

Cuando el panorama circunstancial se muestra de ese modo, reclamar el derecho a la negatividad no es una apología del pesimismo, sino una defensa de la experiencia real. Al detenernos ante el desgarro, recuperamos la soberanía sobre nuestro tiempo. La lentitud, la quietud y la contemplación exigen la visión de la herida expuesta y se erigen como la antítesis de la aceleración líquida. Es el tránsito del sujeto de rendimiento, que solo sabe hacer, al sujeto de voluntad, que sabe hacer, ser y permanecer.

La ética de la interfluencia

Para recuperar la salud social degradada, debemos romper el cristal de este idealismo que nos hace creer que somos entidades independientes. La verdadera identidad no nace de la soledad de nuestra perspectiva privada, sino de la responsabilidad compartida. Aceptar que nuestras realidades están manchadas, cruzadas y son inevitablemente codependientes debe asumirse como un deber moral.

La mancha a la que nos referimos no es una impureza, sino una prueba irrefutable de nuestra existencia relacional. Al reconocer que somos vasos comunicantes, admitimos que el dolor del otro altera nuestra propia presión interna. La transición hacia esta ética del compromiso exige una renuncia al espejo del yoísmo y el reconocimiento de que la vulnerabilidad es, precisamente, nuestro verdadero reflejo.

La poesía y la filosofía tienen hoy una misión política fundamental: devolvernos la conciencia de la interfluencia. Solo al salir de nuestro micromundo y aceptar el riesgo del encuentro real podremos transitar desde una moral degradada hacia una ética de compromiso universal. La palabra no es un escudo para aislarnos, sino la aguja que debe atravesar nuestra burbuja para que el aire del mundo común vuelva a entrar. Volver a la realidad compartida es volver al lugar desde el que podemos avanzar: ese que, sin duda, nos hace verdaderamente humanos y libres.

Sobre el autor
FILOSOFÍA&CO - Laura Vera Becerra 1 scaled
Sobre la autora

Laura Vera Becerra es escritora y colaboradora cultural. Su labor se desarrolla en la intersección entre la lírica contemporánea, la narrativa y el ensayo filosófico, géneros que hibrida para explorar la relación entre la voluntad, la identidad y la memoria en la sociedad contemporánea. A través de lo que define como la «arquitectura del desgarro», su trabajo indaga en las grietas de la experiencia humana y en la búsqueda de una realidad compartida frente a la inercia de la modernidad líquida.

Número 14 - Revista FILOSOFÍA&CO

HANNAH ARENDT

Una pensadora imprescindible para el siglo XXI

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