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Revista FILOSOFÍA&CO | Número 15

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F+ Álvaro Cruzado: «Acercarse a la memoria no es sencillo porque está rodeada de sedimentos vitales»

La primera novela de Álvaro Cruzado, «Las ocas», despliega una mirada inquieta sobre la ciudad, la memoria y la fragilidad de la percepción. A través de un arquitecto y múltiples capas de narración, Cruzado explora cómo el lenguaje se quiebra cuando intentamos fijar lo vivido.

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Álvaro Cruzado (fotografía cedida por el autor).
Álvaro Cruzado (fotografía cedida por el autor).

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FILOSOFÍA&CO - Las ocas
Las ocas, de Álvaro Cruzado (Blatt&Ríos).

Lo que más aprecio de un escritor es la atención que le presta al lenguaje y sus bordes. Por este motivo, siempre pensé que los mejores novelistas (o, al menos, los que más he disfrutado) son los poetas. Nada he cogido con más ganas que la primera novela de un poeta, como me ocurrió con Lo que hay, de Sara Torres. Con Las ocas, de Álvaro Cruzado, he tenido (hemos tenido) la suerte de volver a tener una primera novela de un muy buen poeta.

Cruzado nació en Granada en 1993. A pesar de tener muchos poemas publicados en varias revistas literarias, solo tiene un único poemario: Geometría interior, publicado en 2021 en Editorial Dieciséis. De él, la revista especializada Zenda dijo: «Cruzado trata de girar el lenguaje hacia otras cuevas distintas, comprendiendo también sus incapacidades a la hora de ser preciso en la enunciación de lo íntimo». Siempre ahí: en la obsesión por el lenguaje y su revés.

Quizá por eso, la construcción formal (esto es, la arquitectura del lenguaje) sea uno de los elementos más valiosos de Las ocas, su primera novela, publicada por Blatt&Ríos en su nueva aventura en España. Las ocas plantea la historia de un arquitecto obsesivo, atrapado en una ciudad sometida a una transformación traumática y ecológica, y en un entorno social y económico de precariedad: con una sensación social de amenaza que se expande y distorsiona la percepción de la realidad, con inestabilidad permanente en el trabajo, con los obstáculos casi insalvables que enfrentamos los jóvenes para acceder a una vivienda, sumado al desmoronamiento de cualquier horizonte de futuro compartido y al deterioro acelerado del clima. Por seguir con los apuntes de Zenda, una obra que es «un delicado artefacto novelístico» perfectamente construido.

Al arquitecto le acompaña Alba, un personaje fantasmal, hipnótico, seductor. Una presencia que opera como centro narrativo: su fuerza de gravedad ordena los elementos y obliga al protagonista a pensar continuamente su identidad, siempre a través de la distancia respecto a ella (y su distancia al mundo, si es que una y otro son distinguibles). Una búsqueda que oscila entre lo onírico y lo paranoico y donde el lenguaje se altera al mismo ritmo que el paisaje-ciudad (en su poema «Bostezo» publicado en Casapaís escribió Cruzado: «el mundo es diferente / después de soñar / porque las palabras y los significados / se han movido»).

Quizá, más allá de la forma y la búsqueda, el otro gran tema del libro sea la memoria. La tesis de Cruzado en la novela es que la memoria nunca es un archivo limpio: es superficie porosa, fragmentada, inestable. Como cuando en el mismo poema dice que somos atravesados por «una corriente que nos remueve». La memoria como esa corriente que somos y que, sin embargo, nos azuza.

Por último, y por esto también le preguntamos en la entrevista, la ciudad es el paisaje fundamental de la novela. Su declive, su transformación violenta, su crisis ecológica y social… Los personajes viven en un mundo que se cae a pedazos, pero que es bastante reconocible (lo cual es perturbador). Como cuando en su poema «Armonía de las esferas» escribió: «vivir en el miedo: / no saber si todo se ha derrumbado».

Esa sensación de derrumbe —urbano, existencial, lingüístico— se cristaliza en Las ocas, donde lo arquitectónico no es solo metáfora, sino entorno físico y simbólico. La novela se estructura desde ese colapso: no solo como desastre externo, también como hundimiento interior, desmoronamiento de certezas, de identidades. Pero dentro de ese paisaje gris, Cruzado no renuncia a un pulso que busca resistir. La violencia de la memoria convive con un deseo persistente de nombrar —aunque ese nombre tambalee—. Frente a toda catástrofe y paranoia, en la novela palpita una urgencia de sentido y una necesidad de afecto (que se traduce, estilísticamente, en la búsqueda de una forma que sostenga ese entramado).

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