¿Cómo puedo comenzar a entender mi vida desde un enfoque sapiencial o filosófico? ¿Habría una manera de comenzar a filosofar si nunca lo he hecho? ¿O de aplicar la filosofía a mi vida? En mi opinión, todos filosofamos y es algo que no se puede dejar de hacer. Puedes no ser consciente de que filosofas, puedes no tener los conceptos más técnicos o las herramientas más apropiadas. Sin embargo, lo haces: cuando te preguntas por cómo entender al otro, la sociedad, de qué va esto que llamamos vida o qué acciones debo realizar y cuáles no. Ese preguntar, esa inquietud, debe ser atendida. Es una necesidad. Desoírla nos provoca malestar.
Hace poco, un médico me dijo que, desde el punto de vista neurológico, el cerebro que no profundiza en una actividad intelectual o transcendente se vuelve loco. Él me argumentaba cómo esta «locura» se da en un sentido físico, de conexiones erráticas y desequilibrio en la segregación de ciertas sustancias. Llegados a este punto, podríamos decir que leer filosofía, escuchar un podcast o ver unos vídeos filosóficos de YouTube bastarían para cubrir esa necesidad filosófica. Sin embargo, las filosofías sapienciales y la filosofía práctica nos advierten y nos señalan en otra dirección. Aquí no buscamos acumular conocimientos inertes, sino hallar sabiduría, ese saber encarnado, hecho realidad, que nos permite incorporar conocimientos, aplicarlos, materializarlos y convertirlos en vida. Porque, seamos sinceros: ¿cuántas cosas sabemos en teoría que luego no aplicamos? Sabemos que lo mejor para cultivar una relación es dialogar y ¿cuántas veces soltamos nuestro monólogo sin escuchar? Creemos en la igualdad entre hombres y mujeres, pero ¿cuántas veces tenemos comportamientos etiquetadores y discriminatorios con el otro sexo? Creemos firmemente en una dieta equilibrada y ejercicio regular y ¿cuántas veces conseguimos llevarlo a cabo? Porque en la vida muchas veces nuestra filosofía teórica, nuestras ideas y principios chocan con lo que nos resulta más fácil realizar en la práctica. Muchos pensarán que es una simple cuestión de hábitos. Pero, como seres complejos y filosóficos, la filosofía nos dice que estas incoherencias responden a una falta de indagación profunda en nuestras creencias e ideas, su procedencia y la honestidad con uno mismo.
Todos filosofamos: cuando nos preguntamos cómo entender al otro, de qué va la vida, qué acciones debemos realizar y cuáles no. Esa inquietud debe ser atendida. Es una necesidad. Desoírla provoca malestar
Las tres filosofías
Para ayudar en este análisis de creencias e ideas os hablaré de una herramienta que emplean diversos filósofos prácticos. Mi versión se inspira en una herramienta que usa la filósofa práctica Mónica Cavallé. Llamaremos a esta herramienta «las tres filosofías»: la filosofía ideal, la filosofía real y la filosofía operativa. Imaginemos que estamos en una charla con amigos y surge el tema de si el ser humano es bueno o malo por naturaleza. Algunos defienden que el ser humano es bueno, que la mayoría de las personas son buenas; tú mismo argumentas esta idea delante de tus amigos. Sin embargo, de camino a casa, reflexionando detenida y honestamente, reconoces que, en realidad, no piensas que la mayoría de la gente es buena, sino que hay mucha gente mala, que lo es por naturaleza, e incluso rememoras situaciones en las que te comportas con desconfianza hacia los demás por este motivo. Hace un momento, de hecho, lo hiciste, cambiándote de acera al ver a alguien que te dio «mala espina». Así, las tres filosofías serían:












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