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Revista FILOSOFÍA&CO | Número 15

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F+ Los libros, ¿puertas o espejos?

Se ha dicho que los lectores ven el libro como una fuente de aprendizaje, pero quienes leemos hallamos en él, además de un placer, algo similar a la salvación. Los libros actúan como una puerta en cuanto que nos arrastran a otros lugares y como un espejo en cuanto que revelan nuestros miedos o nos remolcan al pasado. Amamos esta cualidad que poseen de trasladarnos hacia el exterior o hacia el interior de nosotros mismos. Pero ¿cuál prevalece? Y ¿cómo lo consiguen? ¿Qué encierran exactamente las buenas historias que despierta tanto nuestro interés?

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El libro, ¿es una puerta o es un espejo? ¿Nos abre un cielo de posibilidades ante nosotros o nos permite desentrañar lo que hay dentro de cada uno? Diseño realizado a partir de la ilustración de FreePiks y los elementos de Canva Pro (licencia CC).
El libro, ¿es una puerta o es un espejo? ¿Nos abre un cielo de posibilidades ante nosotros o nos permite desentrañar lo que hay dentro de cada uno? Diseño realizado a partir de la ilustración de FreePiks y los elementos de Canva Pro (licencia CC).

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¡Qué cosas pasan en los libros! Travesías, muertes, reinas malévolas, mansiones encantadas, pedidas de mano, amores prohibidos, celos y engaños. Recuerdo leer el Viejo y el mar, la célebre novela de Hemingway, durante un verano bajo el cielo azul y la luz vibrante del mediodía y sentirme en otro lugar, acaso en las aguas turquesas de la costa de Cuba. Y recuerdo los primeros libros que yo devoré: los relatos de David Walliams, con aquellas electrizantes ilustraciones de Quentin Blake, o los relatos algo más sombríos de Lewis Carroll o los hermanos Grimm.

Para mí, leer significaba ser llevado a lugares a los que no hubiese tenido otro modo de llegar o toparme con personas a quienes no hubiese tenido otro modo de conocer. Y así como los libros han sido considerados siempre como una puerta a la imaginación, como una ventana a mundos fantásticos o como un modo de evasión, para mí significan un viaje, una sencilla forma de traspasar los límites del espacio y del tiempo.

Para muchas generaciones también ha sido así. En Madre Irlanda, Edna O’Brien realiza un esbozo de la tierra de su infancia y en el capítulo «Los libros que leíamos» nos habla de las historias que formaron parte de su juventud, principalmente historias de amores truncados. Para ella, los libros fueron un lugar en el que resguardarse.

«En comparación [con los libros] —escribe— la vida era un aburrimiento. Los campos, la ciénaga donde crecen los lirios, la parroquia compuesta por mil almas, el viejo canónigo pronunciando largos sermones interrumpidos por toses y flemas, los baldes de leche, las conversaciones; todo era como agua de fregar comparada con el néctar de aquellos cuentos tachonados de estrellas».

El libro aparece aquí como una puerta tras la que abandonar las tediosas costumbres de la cotidianidad. Este es un planteamiento muy distinto al actual. Por un lado, el libro ya no ejerce un papel decisivo como abertura al mundo en nuestra sociedad globalizada y digital y, por otro, el acercamiento al libro se ha visto influenciado por nuestro marcado individualismo. En consecuencia, si antes la idea del libro giraba en torno al descubrimiento de lo ajeno, hoy gira en torno al autodescubrimiento.

La acción de ser llevados a algún sitio

La crítica cultural Fran Lebowitz se refirió a este cambio en la concepción del libro en una entrevista para The Morgan Library & Museum: «Se le dice a la gente consecuentemente: ‘¿qué puedes aprender de tu propia vida con esta novela?’ o ‘¿qué lecciones te enseña?’. Esta es una idea filistea, más que vulgar. (…) Un libro no debe ser un espejo, debe ser una puerta». Sin embargo, pese a que las acepciones puerta y espejo parezcan discordantes, no lo son del todo así. Ambas están unidas por un estrecho motor: el lector es sacudido y arrastrado y llevado consigo bien hacia parajes lejanos (puerta) o hacia el interior de sí mismos (espejo). A fin de cuentas, no importa tanto el destino como la acción de ser llevado. Ahora bien, ¿cómo consiguen llevarnos consigo las buenas historias?

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