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Susan Sontag: contra toda interpretación

Dosier: Vida, pensamiento y obra de Susan Sontag

De la escritora, novelista, filósofa, profesora, directora de cine, guionista Susan Sontag suele decirse que es una intelectual multifacética, pero poco se ahonda en los motivos de esta cualidad: si algo guía o no esta huida permanente de un género a otro en su obra, acompañado de lo camaleónica y expansiva que llegó ser su figura para la cultura occidental. © Ana Yael

De la escritora, novelista, filósofa, profesora, directora de cine, guionista Susan Sontag suele decirse que es una intelectual multifacética, pero poco se ahonda en los motivos de esta cualidad: si algo guía o no esta huida permanente de un género a otro en su obra, acompañado de lo camaleónica y expansiva que llegó ser su figura para la cultura occidental. © Ana Yael

Susan Sontag fue escritora. Y fue directora de cine. Y guionista. Y pensadora, porque todo lo pensó a fondo. Partiendo de una anécdota personal, la filósofa, escritora y librera argentina Melina Varnavoglou hace un recorrido, íntimo y documentado a la vez, por la vida, el pensamiento y la obra de esta intelectual multifacética, inconformista, amante voraz del conocimiento y «audazmente lúcida en todos los ámbitos y todos los temas sobre los que escribió».

Alta, de piel aceitunada, «con párpados de fuerte trazo picassiano y sonrisa serena, más sutil que la de la Mona Lisa». No era Afrodita, sino Atenea; una guerrera, un «príncipe de las tinieblas». Así la ve Benjamin Moser, su biógrafo, quien en 2020 obtuvo un premio Pullitzer por Sontag. Vida y obra.

Lo primero que suele decirse de Susan Sontag es que es una intelectual multifacética, pero poco se ahonda en los motivos de esta cualidad: si algo guía o no esta huida permanente de un género a otro en su obra, acompañado de lo camaleónica y expansiva que llegó a ser su figura para la cultura occidental. Quizás cierta tenacidad en el inconformismo y una voracidad casi iluminista por el conocimiento, o como algunos de sus detractores han pensado: un mero afán por el despliegue, movido por el narcisismo y la «pose» de mostrarse audazmente lúcida en todos los ámbitos y todos los temas sobre los que escribió.

Yo misma tuve esa primera impresión. Mientras revisaba mis materiales para este dosier, di con una entrada de mi blog adolescente que dice:

«Mirando el índice de mi Contra la interpretación, de Susan Sontag —suspiró con un deje de entre admiración y frustrada extranjera y pienso: Ah, ¿de tooodo ibas a escribir?—, lo cierro y me voy a leer Euripides, Virgilio, Pavese, Weil, Camus y Lúdvics antes de volver a enfrentármele».

La entrada es de hace 12 años, cuando acababa de egresarme de la escuela secundaria. Los domingos, mi padre, que no es muy lector (más que de libros de autoayuda), solía llevarme a una feria en el centro de la ciudad. Mientras él miraba cinturones o camperas, yo me zambullía en los puestos de libros usados. Así llegué a este libro que elegí simplemente por su título (me resultó provocativo: yo quería, entonces, interpretarlo todo) y la foto de una mujer pensativa que había entonces en aquella portada, detrás de unas pinceladas. Hay algo de orgullo en ese «mí»: tener un libro Susan Sontag me convertía automáticamente en una persona que pensaba, que leía, como ella.

Su huida permanente de un género a otro en su obra y lo camaleónica y expansiva que llegó a ser su figura quizá se guiaron por cierta tenacidad en el inconformismo y voracidad por el conocimiento, o por un afán de querer mostrarse lúcida en todos los ámbitos

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Contra la interpretación, de Sontag (Debolsillo).

Pero al llegar al índice el abismo fue enorme. Por «Lúdvics» supongo que quise escribir «Lúkacs», por Georg Lúkacs, el crítico literario marxista a quien dedica un ensayo, así como a Simone Weil, Albert Camus y el maravilloso texto El artista como sufridor ejemplar, sobre Cesare Pavese. Los autores clásicos los agregué, quizás simplemente por pensar que había que leerlos para estar a su altura.

Y eso hice: ingresé a la carrera de Filosofía, estudié a los clásicos, a los modernos y a los contemporáneos, me dediqué a la estética. Leí a Marcuse, a Adorno y a Benjamin. Conseguí copias de las películas de Godard y Resnais que ella nombraba y me relacioné con gente que las viera. Miré largamente sus fotos, conseguí sus otros libros, leí sus diarios. Intentando forzar nuestro parecido, hasta me teñí un mechón de pelo, su rasgo inconfundible. Ahora aquí estoy, escribiendo sobre ella, la mejor —y quizás la única— forma de enfrentamiento posible.

Luego de haber leído con más profundidad sus ensayos, pero aún con el mismo sentimiento de «entre admiración y frustrada extranjera», tiendo a pensar que el motivo de la multidisciplinariedad en su obra, se trata de una decisión plenamente sontagiana: basada en la fuerte convicción de que la teoría no puede hacerse de una sola manera, y que por lo tanto requiere múltiples soportes, incluyéndose a ella como uno más, quizás el principal.

Una «esteta apasionada». Una influencer primigenia, que sabía y se implicaba en lo que transmitía: movida por la urgencia de ver que nadie estaba ocupando ese lugar radical en la crítica y creerlo muy necesario. Una iconoclasta de sí misma.

De la investigación a la ensayística y las pequeñas reviews de exposiciones, libros y películas, del cuento fantástico a la novela y el guion, intervino y revitalizó los debates desde los años 70 sobre arte, cultura y política, pero también pensó con agudeza cuestiones como la muerte, la guerra y la enfermedad que la tocaron muy de cerca. Fanática de Shakespeare, de Thomas Mann y de Bach, pero también apasionada por la cultura de masas: el rock, el pop art, el art noveau, la pornografía y las drogas, habitó tanto la academia como la bohemia.

Después de ver las fotografías de Belchen-Belsen y Dachau, hojeando un libro en una pequeña librería de su pueblo cuando tenía 12 años, no volvió a ser la misma. Su libro Sobre la fotografía revolucionó la manera de mirar y crear imágenes. Criada en Los Ángeles, muy cerca de Hollywood, en Estados Unidos, fue una de las críticas que más cuestionaron al emporio cinematográfico estadounidense.

Abortó y también fue madre. Amó y fue amada tanto por hombres, pero sobre todo por mujeres. Enriqueció la teoría freudiana y luego la destruyó. Crítico al marxismo y fue una de las voces más potentes contra el imperialismo, la xenofobia y el antisemitismo. Pensándolas siempre como luchas unidas, también fue una de las máquinas pensantes y deseantes de la liberación sexual.

Viajó a China, a Vietnam y a Japón. Estrenó su versión Esperando a Godot en Sarajevo y filmando a las tropas israelíes en la guerra de Oriente Próximo en 1973 dirigió una película, Tierras prometidas, en los Altos del Golán.

Recordarla hoy, cuando la gran mayoría de sus tesis sobre la crisis de la cultura contemporánea sólo se han confirmado, y la vida artística de muchas ciudades está sumamente limitada (teatros, salas de cine y centros culturales cerrados) debido a las restricciones sanitarias que requiere la pandemia, puede resultar un poco camp, pero sirve para recordarnos que la tarea de forjar una «nueva sensibilidad» sigue pendiente, y que hoy, en una sociedad anestesiada e hiperinterpretativa como la que vivimos, sigue más pendiente que nunca.

Su libro Sobre la fotografía revolucionó la manera de mirar y crear imágenes. Criada en Los Ángeles, muy cerca de Hollywood, fue muy crítica con el emporio cinematográfico estadounidense, que cuestionó

Llevar la contra

En este dosier nos proponemos, entonces, la insondable tarea de hilvanar algunas dimensiones de su figura y su obra, pivoteando en su biografía, publicada para el público hispano hablante por la editorial Anagrama. Sobre su recepción, Benjamin Moser declaró en una entrevista: «Una cosa que descubrí es que nadie la había leído». Nuestro propósito es ayudar a revertir esta tendencia proponiendo claves de entrada para sus libros y un tour vital por su pensamiento.

En conflicto nunca resuelto con su apellido alemán, heredado de su padrastro (Nathan Sontag) y que suplanta el apellido judío de su padre, a quien sólo conoció a través de fotos (Jack Rosenblatt), elegiremos llamarla por su nombre de pila: simplemente, Susan.

«P: ¿Siempre consigues lo que te propones?
R: Sí, el treinta por ciento de las veces.
P: Entonces no siempre consigues lo que te propones.
R: Sí que lo consigo. El treinta por ciento de las veces es siempre».

Susan Sontag. Vida y obra, de Moser (Anagrama).
Susan Sontag. Vida y obra, de Moser (Anagrama).

Con esta cita extraída de sus diarios comienza Benjamin Moser su formidable biografía Sontag. Vida y obra, de más de 800 páginas y dividida en tres grandes partes.

Una de las primeras cosas que Susan conseguirá es ir a la universidad. Cuesta entender como una intelectual de tal voracidad literaria no se críe en un ambiente que la estimulara, en una casa en la que al menos haya libros.

Nace en Tucson (Estados Unidos) en 1933, una ciudad de Arizona, en el desierto de Sonora, que, como comenta Moser, era también un «completo desierto cultural». Pero de algún modo su ascendencia es un cóctel multicultural que le hace buscar siempre una cultura diferente. Hija de inmigrantes judíos provenientes de Lituania, su padre comenzó a dirigir una importante empresa de comercio de pieles en China, país donde vivieron hasta poco antes del nacimiento de Susan. Al enviudar, su madre, Mildred Jacobsen, contrae matrimonio con un piloto de avión de origen alemán y se trasladan a Los Ángeles con Susan y su otra hija más pequeña, Judith.

La escena de la adolescente yanqui rebelde, postulándose para varias universidades para huir de la casa de sus padres, es harto conocida. Pero el itinerario académico de Susan, lejos de ser lineal, será más bien ecléctico. Aspirando inicialmente a la prestigiosa Universidad de Chicago, pero vetada por su madre, sumada a la intromisión de su padrastro al respecto, Susan «se conformaba con la Universidad de California en Los Ángeles. Pero entonces surgió una tercera alternativa: Berkeley, buque insignia de la Universidad de California, que quedaba cerca de casa pero no demasiado», repone Moser.

En La cal, como reza el lema del escudo de esta casa de estudios (fiat lux), se hizo la luz para la joven Susan. La vida universitaria en Berkeley, la más artística de las universidades yanquis, le proporcionará ese ambiente que tanto ansiaba: encontrarse con las personas y con los libros que la marcarían. En una pequeña librería de San Francisco, Harriet Sommers, su primera novia, le da a leer una novela lésbica, que será iniciática para Susan tanto en lo intelectual como en lo afectivo: El bosque de la noche, de Djuna Barnes. A los pocos meses, en un trabajo monográfico cuestionaría la interpretación de T. S Eliot de la misma.

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2 respuestas a «Susan Sontag: contra toda interpretación»

  1. Avatar de Roberto Treviño Medina
    Roberto Treviño Medina

    S. Sontang en crítica literaria tiene buenas publicaciones

  2. Avatar de Raul
    Raul

    Basta que sea audaz, inconforme y tenaz en la búsqueda de conocimiento, para que tenga mi admiración. En cambios epocales solo los atrevidos señalan nuevos derroteros.

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