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Curar el alma y liberar la memoria sufriente

«El sufrimiento emocional es algo que esclerotiza la vida, que nos paraliza por momentos o episodios de tiempo prolongados. También podemos psicosomatizar el sufrimiento psicológico, sentir dolor en el cuerpo o desarrollar alguna enfermedad» escribe Julieta Lomelí. La ilustración original es de photosforyou en Pixabay.

El dolor efectivamente es lo ineludible. El sufrimiento es un asunto más complejo, que se asocia a una sensación que en el fondo no podemos reconocer como algo físico, o al menos no como un padecimiento de una parte del cuerpo. Por eso hablamos del sufrimiento usando metáforas para referirnos a algo que nos hace…

Mercedes López Mateo: «La filosofía debe ocuparse del dolor del mundo»

Mercedes López Mateo.

¿De qué debe ocuparse la filosofía? Diferentes filósofas y filósofos de distintos países del mundo nos aportan sus reflexiones. Partiendo de esa pregunta, unos plantearán el cometido de esta disciplina, otros nos hablarán de dónde han de estar sus límites, si es que los tiene, o de hasta dónde pueden llegar sus análisis, etc. Mercedes…

F+ Víctimas e ilesos

Filco+ Adelanto_Victimas-e-ilesos

En exclusiva para los suscriptores de FILOSOFÍA&CO, el prólogo (escrito por Graciela Fainstein) y la presentación del libro Víctimas e ilesos (próxima publicación Herder 2022) de Olga Belmonte.

Prólogo

Una noche del último verano, en plena ola de calor que calcinaba la meseta castellana, me desperté en la sierra de Madrid antes de la madrugada oliendo a humo. Preocupada por la posibilidad de que hubiera incendios en la zona, me asomé a la ventana intentando aclarar la procedencia de esa leve, casi imperceptible, pero inconfundible, señal de peligro inminente.

«Avisadores del fuego» (Feuermelder), nos explicó hace años Manuel Reyes Mate, es una expresión benjaminiana con la que el pensador judioalemán designa a quienes avisan de catástrofes inminentes para impedir que se cumplan. «Hay que apagar la mecha encendida antes de que la chispa active la dinamita», escribió Benjamin.

Desde las primeras páginas de este libro recordé aquellas palabras, porque, sin ninguna duda, estamos ante una nueva avisadora del fuego, y esta vez es una mujer la que nos alerta.

He leído este texto desde dos perspectivas, una como víctima y testigo de una catástrofe social, política y humana, y otra como colega profesional de Olga Belmonte en el ámbito de la filosofía universitaria. Al menos esta fue mi primera disposición al comenzar la lectura y también al encarar la tarea de escribir este prólogo.

Sin embargo, conforme iba adentrándome en el libro, cada vez me resultaba más difícil separar una cosa de la otra, porque el texto me llevó de la mano por sí solo con su propia fuerza, hasta perder pie por completo en cualquier clasificación o ropaje que pudiera ponerme para sentirme de alguna manera «protegida», segura de mi lugar. Y esto ¿por qué? Creo que, sobre todo, por respeto y por humildad, por sintonía con alguien que nos presenta unas páginas en las que la propia autora se despoja de todo rótulo, de todo equipaje académico, para entregarse ella misma completamente y sin fisuras, con todo su ser, su sentir y su saber.

«La caricia expresa a la vez el amor, el cuidado del otro, y su propio fracaso, por no poder expresarlo o sanar del todo»

Sin embargo, tengo que decirlo, porque no sería honesto ocultarlo, leerlo ha sido para mí una experiencia de ternura y de cuidado, una caricia, como la propia Olga Belmonte dice: «La caricia expresa a la vez el amor, el cuidado del otro, y su propio fracaso, por no poder expresarlo o sanar del todo».

Y estas palabras me evocaron el primer gesto de amor que yo misma recibí a mi regreso del infierno humano (no hay más infierno que el humano) y que se convirtieron para mí «en acto extraordinario de bondad, en pequeño milagro o destello de lo más sagrado de nuestra humanidad».

De alguna manera, leer este ensayo (como a su autora le gusta llamarlo, quizás en reconocimiento de lo provisional que es todo lo que pensamos y hacemos) es una experiencia parecida a la que se tiene al leer un poema cuando ocurre lo extraordinario y uno se siente identificado con la expresión de lo sentido por el o la poeta.

Pero no nos confundamos: este es un texto que sencillamente está construido con la cabeza y con el corazón, esos dos tópicos de nuestra acción y sus motivos. Porque nos invita a actuar, pero a actuar desde la reflexión inteligente y serena. Frente al actuar impulsivo, en apariencia emotivo hasta la máxima intensidad, hasta lo santo… Olga Belmonte revindica un actuar meditado, razonado y sopesado que al final es imprescindible para resultar eficiente. A esto me refiero cuando hablo de «cabeza y corazón», porque como dice la autora:

Más allá del rigor y de las verdades que se saben y se demuestran, están las verdades que se viven y se atestiguan […]. Escuchar las emociones no significa sucumbir a lo irracional, permite atender a la carne doliente de quien sufre, el cuerpo herido. […] El horror del pasado no se disuelve en los conceptos que lo explican, la explicación por sí sola no repara ni resuelve.

Pero una vez comprendido este punto, el concepto clave que modula toda la obra es el de «empatía». Olga Belmonte nos lanza unas cuantas preguntas en ese sentido: «¿Qué es lo que hace que el dolor de una persona no nos resulte indiferente? ¿Debe compartirse la conmoción? ¿De qué depende que se conmuevan quienes no son víctimas?».

Porque en cuanto nos detengamos a pensar, tendremos que aceptar que nunca podremos experimentar el sufrimiento del otro, porque el dolor es siempre algo íntimo que experimentamos en la subjetividad más interior de nuestro cuerpo, un lugar terriblemente solitario, radicalmente desértico. Sin embargo, podemos dejarnos tocar, exponernos a vibrar desde nuestro propio dolor con el dolor ajeno, dejar que nuestra propia herida roce con otras heridas sin por eso dañarnos mutuamente, sino, por el contrario, sentirnos hermanados en aquello que Patočka llamó «la solidaridad de los conmovidos». Porque todos somos capaces de sentir dolor y eso nos hace humanos: más bien somos humanos y nos reconocemos por eso…

Ahí está la empatía famosa. Y ahí está también la valentía, el coraje que es necesario para aceptar que no hay camino de comprensión de la barbarie transitando solo por la pulcra acera de la intelectualidad.

Porque todos somos capaces de sentir dolor y eso nos hace humanos

Olga Belmonte al fin se ha atrevido a responder a las preguntas que sobrevuelan a toda catástrofe: ¿Cómo fue posible? ¿Cómo sigue siendo posible? Esta es la dificilísima pregunta  que muchos nos hemos planteado a lo largo de los años y quizá ya es hora de que nos demos cuenta de que no encontraremos respuestas mientras no aprendamos a habitar ese mundo de cabeza y corazón» que aquí se nos muestra y al que se nos invita.

Por último, quisiera decir que este libro no es un libro más, no es un tratado de ética (aunque hay una fuerte propuesta ética en él); es algo más, es un libro necesario, un libro urgente. En tiempos como los que vivimos, en los que lo más normal, lo que vemos cotidianamente, es la carrera por la fama, el dinero, el poder, la posesión, el egoísmo, el afán de éxito… De pronto alguien se ha «echado al ruedo» con la mirada puesta en otro horizonte, y discretamente, seriamente, amorosamente, profundamente, nos interpela. Este libro es un milagro.

Graciela Fainstein

Madrid, octubre de 2021

Presentación

¿Qué podemos entender por víctima? ¿En qué nos basamos para distinguir tipos de víctimas? Hay víctimas que se consideran inevitables, cuando lo son a causa de catástrofes naturales o de accidentes fortuitos. Incluso en estos casos, un análisis más profundo puede señalar condiciones previas que pudieron evitarse.1 Pero hay víctimas que lo son porque alguien las ha convertido en víctimas. En este ensayo hablamos de las víctimas morales, evitables, cuyas experiencias plantean otros interrogantes.

¿Quién las ha conducido a esa situación? ¿Había alguna forma de evitarlo? ¿Qué lleva a una persona a someter a otra? ¿Cuáles son las condiciones que favorecen que este tipo de relaciones puedan darse? En lo que se refiere a la sociedad, que en algunos casos es también testigo del sufrimiento ajeno, quienes no son víctimas, sino más bien ilesos, ¿tienen alguna responsabilidad ante la situación de las víctimas y respecto de los verdugos? ¿Hay algo en el presente que deba ser objeto de alguna forma de resistencia ética? ¿Cómo evitar que en el futuro siga habiendo víctimas inocentes?

En este ensayo hablamos de las víctimas morales, evitables, cuyas experiencias plantean otros interrogantes.

Las víctimas evitables remiten a injusticias y a la voluntad o no de quienes las cometen. Una injusticia es una situación en la que las personas no son consideradas fines en sí mismas, no son tratadas con respeto, sino como medios para los fines de otra persona o grupo de  personas. En este ensayo nos ocuparemos de las víctimas morales, si asumimos la distinción  de Xabier Etxeberría «entre el sentido genérico de víctima —quien sufre por la causa que sea,  humana o no humana— y su sentido moral e interpersonal —quien sufre por una iniciativa injusta de otro ser humano—».2 Se trata de las víctimas que sufren el mal moral: un daño  causado por otra persona de forma injustificada.

Este reconocimiento del carácter injusto del sufrimiento ajeno señala una tarea irrenunciable para quienes tienen noticia de esa situación: hacer justicia con las víctimas. ¿Qué es hacer justicia? Dependerá de los casos, pero puede traducirse en una reparación personal,  en el reconocimiento social o en una respuesta ética, jurídica y política. En cualquier caso, la indiferencia, el ocultamiento o la justificación no pueden ser la respuesta. Optar por este camino supone la revictimización de quien ha sufrido el daño y nos convierte en cómplices. Elegir, en cambio, la respuesta a la llamada es una forma de resistencia ética, que nos previene de caer en la inhumanidad.

Para asomarnos a la experiencia de las víctimas contamos sobre todo con sus relatos, pero también con los de algunos victimarios y lo que pueden aportar quienes fueron testigos. En estas páginas situaremos en el centro la voz de las propias víctimas, que muchas veces se han visto silenciadas. Precisamente hay que contar también con la ausencia de testimonios de aquellas víctimas que no pudieron narrar su experiencia. Ese silencio también influye en los relatos, pues asoma entre las palabras de quienes sí pudieron transmitir su historia a través de la propia.

Las víctimas que finalmente logran transmitir sus experiencias se encuentran con la gran dificultad de traducirlas en palabras, porque no caben en ellas. Por eso debemos ser capaces de leer entre líneas y reconocer que los silencios también son, en ciertos momentos, formas de comunicarse. Para lograrlo es necesaria una disposición atenta y asumir que no todo podrá ser explicado racionalmente o en términos lógicos.

El objetivo de este ensayo es, por un lado, mirar de cara a un sufrimiento que no siempre queremos ver, quizá porque nos devuelve la imagen de una sociedad que no ha logrado evitarlo; pero también preguntarnos qué podemos aprender de lo ocurrido sin justificarlo, es decir, extraer de los relatos de las víctimas una enseñanza que señale las tareas éticas irrenunciables en el presente y de cara al futuro:

Dado que […] los supervivientes daban testimonio de algo que no podía ser testimoniado, comentar sus testimonios ha significado de forma necesaria interrogar a aquella laguna o, mejor dicho, tratar de escucharla.3

debemos ser capaces de leer entre líneas y reconocer que los silencios también son, en ciertos momentos, formas de comunicarse.

Escuchar será una forma de rememorar en un sentido abierto y comprometido el shemá Israel, como dirá Jean Améry, en la forma de un «escucha mundo».4

Escuchar y aprender para no repetir, para no justificar y para no dejar de ver y oír lo que  también hoy se esté produciendo. ¿Qué significa detenerse a escuchar el grito de las víctimas? ¿Puede quedar en una experiencia estética pasiva o debería con-movernos? Reducir el dolor  ajeno a mero espectáculo nos ciega moralmente: cuanto más lo vemos, menos lo reconocemos. Si realmente miramos con atención a las víctimas, no podemos dejar de  escuchar su grito, incluso cuando apagamos las pantallas o cerramos los ojos y nos tapamos  los oídos. ¿En qué sentido se trata de una llamada que pide una respuesta de nuestra parte?

La aproximación filosófica perderá muchos matices y nos impedirá asumir nuestra parte  de responsabilidad (nos volverá indiferentes) si solo se centra en lo que se expresa en los modos académicos o con el rigor de quien sabe. Este ensayo no pretende ofrecer un análisis científico o meramente académico, sino un recorrido por experiencias vitales que plantean interrogantes a la propia vida y a la filosofía que quiera atender a ella.5 Más allá del rigor y de las verdades que se saben y se demuestran están las verdades que se viven y se atestiguan. Como enseña Kierkegaard, en estas últimas no hay maestros, sino testigos.

Franz Rosenzweig comprende que hay dos formas de acercarse a un escrito: como conocedores y como lectores. En el primer caso, se lee buscando lo que se considera ya de partida la verdad, el saber. Todo lo que se aleje de ese camino previo, será desestimado como falso o insignificante. En el segundo caso, la persona que se aproxima al texto lo lee sin anticipar las verdades que va a encontrar, sino dejando que estas afloren, a partir de su propia lectura del texto. Este dejarse sorprender, sin anticipar lo que se debería o no decir sobre estas cuestiones es lo que puede abrirnos a una lectura como diálogo con quien pone por escrito más que su saber, su perplejidad, sus inquietudes, su asombro ante acontecimientos que nos devuelven el lado más oscuro de nuestra humanidad.

En este ámbito, la experiencia es la fuente de una sabiduría trágica y dramática, que no necesita ser pensada para ser, como diría Rosenzweig, sino que es, con independencia de que podamos pensarla y nombrarla. Améry reconoce que las abstracciones filosóficas pueden alejar de las vivencias reales. La filosofía ensanchará su horizonte de comprensión si atiende al modo en que las víctimas describen lo que han vivido. Precisamente la existencia de las víctimas es una muestra de la distancia que hay entre las elucubraciones abstractas sobre los derechos humanos y su aplicación práctica. Esta distancia, que provoca sufrimiento, exige otra forma de abordar lo abstracto, de modo que anime a transformar la realidad y no solo la piense.6

Escuchar y aprender para no repetir, para no justificar y para no dejar de ver y oír lo que  también hoy se esté produciendo

No hay duda de que para prevenir el horror hay que pensarlo, pero el conocimiento por sí solo no se conmueve ante el sufrimiento ajeno; la mirada abstracta no se alegra ante una buena noticia ni llora ante la desgracia que oprime a las víctimas. Para introducirse en el vértigo de la existencia hay que acercarse a ella desde el conocimiento y la emoción, pues no somos solo razón.

La barbarie no se combate únicamente con la razón, no solo porque las emociones son importantes, sino porque en la barbarie ocurre muchas veces lo impensable, lo absurdo, las paradojas; porque en la desdicha «lo imposible se ha hecho realidad, la contradicción se hace desgarro en el alma».7 Para abordar esta realidad hay que atender a los hechos, poniendo entre paréntesis lo que la razón considera posible o pensable.

Es preciso ensayar formas de pensar que nos ayuden a prevenir y a combatir la barbarie. Escuchar las emociones no significa sucumbir a lo irracional, permite atender a la  carne doliente de quien sufre, al cuerpo herido. Las emociones, enraizadas en la vulnerabilidad, en nuestra capacidad de ser heridos (vulnus significa «herida»), abren una  puerta a la verdad que complementa al acceso racional. Este paso por las emociones ofrece claves para detectar también los pensamientos que no impiden el horror o que incluso pueden  alentarlo.

Necesitamos también una gran dosis de humildad para aceptar que cualquier aproximación racional y emocional a la vivencia de las víctimas será siempre insuficiente, porque la experiencia es suya, no nuestra. No podemos apoderarnos de ella, pues anularíamos a la víctima. Empatizar con la víctima no es ocupar su lugar, es tomar conciencia de cómo ha sido su vivencia, sabiendo que hay algo misterioso en ella, un terreno sagrado que no podemos pisar. Habrá que descalzarse para entrar en su sufrimiento sin agravarlo, y sabiendo que no llegaremos a conocerlo del todo. Nos haremos «una» idea, pero no «la» idea de lo que fue. Entramos en el terreno de verdades en las que se está, de las que se da testimonio, pero que son muy difíciles de objetivar, de ver desde fuera para teorizar sobre ellas.

Es preciso ensayar formas de pensar que nos ayuden a prevenir y a combatir la barbarie.

Nos aproximamos a un modo de concebir la filosofía como plegaria.8 Lo que se busca en ella no es una explicación definitiva, un sistema cerrado, sino un sentido y nuevos caminos que recorrer, sin más señales que las nuevas encrucijadas que se nos presentan. Más que afirmaciones (conceptos), esta filosofía concibe (alumbra) preguntas. En esto radica su fecundidad. Como afirma Emil Fackenheim, recordando a Rosenzweig, el pensamiento solo logrará aproximarse a estos fenómenos si asiste a la escuela de la vida, es decir, si atiende a los relatos y al testimonio de las víctimas.

Este ensayo que ahora ve la luz ha ido madurando en muchas conversaciones, en algunas clases de Ética y de Teodicea, en lecturas y también en momentos de perplejidad y de silencio. En 2017 sistematicé una parte de mis investigaciones para hablar de «Las catástrofes del siglo xx: mundo inhóspito y testimonios del horror», una conferencia enmarcada en un ciclo sobre el mal, coordinado por Josep María Esquirol. La posibilidad de compartir lo trabajado y acoger las reacciones me animó a escribir lo que aprendí durante estos años. También ha influido la insistencia de quienes, estando muy cerca, a veces se sienten lejos, porque no comparto lo que tanto me ocupa (sirva este espacio para reconocer mi deuda con quienes siempre están ahí). Gracias a las pertinentes sugerencias de Miquel Seguró, pude mejorar el texto inicial para que se convirtiera en un ensayo.

Quiero agradecer a mi amigo Luis Aranguren la lectura generosa de este escrito. Sus aportaciones me ayudaron a ver más claramente intuiciones que estaban implícitas y que era oportuno explicitar. Agradezco también a Miguel García-Baró y a Josep María Esquirol, a quienes tanto quiero y admiro, que me dieran la confianza que necesitaba para pensar que tenía sentido publicarlo. Gracias a la editorial Herder por hacerlo posible, por creer también que es una reflexión pertinente. Agradezco finalmente a Graciela Fainstein, muy presente en este ensayo, que haya accedido a escribir el prólogo y acompañarme así en este camino. Sin  nuestras conversaciones y sin la lectura de su libro, estas palabras que siguen serían todavía más insuficientes y provisionales de lo que ya son.


1 Me refiero a situaciones de sufrimiento que parecen inevitables, pero analizadas en detalle y con perspectiva histórica, no lo son. Hay sistemas económicos que se sostienen perpetuando desigualdades. Vivir de acuerdo con ellos supone que algunas personas estén condenadas a vivir en la miseria. En este ensayo no nos ocuparemos de las víctimas de la violencia estructural, aunque puedan ser consideradas, en cierto modo, también víctimas morales.

2 X. Etxeberría, «Mirarse en la víctima: reconfiguración de la culpabilidad moral», Pensamiento. Revista de Investigación e Información Filosófica 76, 288 (2020), p. 34.

3 G. Agamben, Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo sacer iii, Valencia, Pre-Textos, 2005, p. 10.

4 J. Améry, Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima de la violencia, Valencia, Pre-Textos, 2013, p. 192.

5 La decisión de poner en el centro a las víctimas y no tanto el aparato académico que sostiene este ensayo explica que en la mayoría de los casos las referencias directas se reserven para los testimonios y las indirectas para los autores que inspiran la reflexión (estas fuentes, junto a las otras, se recogen en la bibliografía).

6 Este ánimo de pensar desde y en otras claves está en la base del grupo de investigación «Normatividad, Emociones, Discurso y Sociedad» (Ginedis), de la Universidad Complutense de Madrid, coordinado por Nuria Sánchez Madrid. A él pertenezco desde 2019 y desde esa forma de entender la filosofía se ensayan estas reflexiones.

7 S. Weil, Escritos históricos y políticos, Madrid, Trotta, 2007, p. 290.

8 Esta alusión a la plegaria como actitud filosófica está presente en La resistencia íntima, de Josep Maria Esquirol y recuerda a la forma en que Rosenzweig introduce la oración en su nuevo pensamiento.

FILOSOFÍA&CO - Victimas e ilesos

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