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Enrique Dussel y la filosofía de la liberación

Enrique Dussel dejó tras él un sistema filosófico hecho por, para y desde Latinoamérica. Fotografía realizada por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México (Octavio Nava) el domingo, 20 de octubre 2013 (CC. BY-SA 2.0).

«Nací en un pueblo del que García Márquez hubiera podido escribir de nuevo Cien años de soledad». Así comienza la autobiografía que escribió Enrique Dussel en 1998 en la revista Anthropos. Huella del conocimiento. Enrique Dussel nació en La Paz, en Mendoza (Argentina), en 1934. Como escribe el propio Dussel, La Paz era un pueblo…

F+ «El capital», la obra más influyente de filosofía económica

«El capital» es la obra en la que Karl Marx refutó la economía política del momento, además de proponer un nuevo modelo económico y de transformación social con influencia hasta nuestros días. Imagen extraída de Free SVG, de dominio público (CC 0 1.0).

El capital es una de las grandes obras de la historia de la filosofía y uno de los más importantes libros de economía de los últimos siglos. Publicado en 1867 (casi veinte años más tarde que El manifiesto comunista) por Karl Marx, en sus tres tomos sintetiza algunas de las conclusiones del filósofo entorno al…

F+ Rosa Luxemburgo: el poder transformador de la clase trabajadora

Rosa Luxemburgo, apodada «La rosa roja», nació el 5 de marzo de 1871 en Zamość, Polonia, y murió el 15 de enero de 1919 en Berlín, Alemania. Diseño realizado con dos imágenes de Free SVG (silueta de Rosa Luxemburgo y rosa roja), bajo licencia CC0).

Rosa Luxemburgo fue una pensadora muy comprometida políticamente. Militante marxista desde los 16 años, estuvo encarcelada en varias ocasiones por oponerse a la guerra y a la cúpula de su propio partido. Nadaba a contracorriente y propuso un pensamiento político que sigue dándonos claves en el siglo XXI para tratar cuestiones como la emancipación, el…

Simone Weil, el único gran espíritu de nuestro tiempo

Simone Weil (1909-1943) fue una filósofa francesa que se situó siempre del lado de los más débiles. Debido a sus ideales políticos y su lucha activa, desde muy joven la llamaron «la virgen roja». Diseño a partir de imagen de thefuturistics (CC BY-NC 2.0).

De Simone Weil nos han llegado multitud de historias: que ya con cinco años dejó de comer azúcar en solidaridad con los soldados de las trincheras de la Gran Guerra, que quiso tirarse en paracaídas sobre la Francia ocupada, que sus lágrimas conmovieron a Simone de Beauvoir en una ocasión entre los muros de la…

F+ Karl Marx

Imagen podcast Conversación con Marx

«El proletariado tiene que recorrer muchos grados de desarrollo hasta su final conquista, pero piénselo, jovencito: ya existe. Y que el proletariado exista significa que su lucha ya ha comenzado. ¡Qué gran noticia! Transformemos el mundo, sí. Transformémoslo. ¡Basta de pensar! ¡A la trinchera proletaria!», le dice un energético Marx a su interlocutor en este…

F+ De paseo con David Harvey. Espacio, cuerpo y cotidianidad

FILOSOFÍA&CO - De paseo con David Harvey
Argumenta_Contenidos exclusivos Filco+ De paseo con David Harvey

El presente artículo muestra en qué medida el pensamiento del autor marxista David Harvey aporta una perspectiva crítico-emancipadora para el análisis de los preocupantes desarrollos actuales en nuestras ciudades así como en nuestros cuerpos. En concreto, ponemos en valor la noción de «desposesión por acumulación» para dar cuenta de los procesos ligados a la mercantilización salvaje del espacio urbano to­mando como ejemplo el caso de la ciudad de Barcelona. Gracias al análisis de Harvey, es posible extender la perspectiva marxista clásica sobre las luchas emancipadoras a las luchas por el bien común. Finalmente, el análisis de Harvey muestra cómo la ló­gica neoliberal penetra nuestros cuerpos de forma análoga a nuestras ciudades y los convierte así, ellos también, en importantes campos de batalla contra el capital.

Por Sonia Arribas, de la Universitat Pompeu Fabra, e Irene Valle Corpas, de la Universidad de Granada

Introducción

El capitalismo es un nudo de luchas, es­feras de actividad, flujos, tensiones y anta­gonismos. Está compuesto de un sinfín de interrelaciones dinámicas y procesos con­tradictorios, a nivel económico-social, polí­tico y cultural, local y global. Alguien que se ha pasado casi toda la vida investigando cada uno de estos aspectos y relaciones es el geógrafo marxista David Harvey, conoci­do sobre todo por sus estudios sobre el es­pacio, el urbanismo, la historia del neolibe­ralismo, el imperialismo, la posmodernidad y las crisis económicas, y también por su lectura detallada de la obra de Marx. En este artículo pretendemos aproximarnos al pen­samiento de Harvey desde una perspectiva algo distinta pero no discordante con su quehacer e intenciones. Poniendo el énfasis sobre todo en sus escritos posteriores a la crisis económica del 2008, queremos entre­sacar la vertiente práctica de su obra para que pueda ser también leída como una ética para situarse y orientarse en el mundo. Des­de esta perspectiva, su obra se caracteriza por la compresión de los mecanismos por los que las cosas se hacen de un modo con­creto y no de otro, y los sujetos que las realizan toman posición ante ellos teniendo en cuenta las alternativas posibles. El mar­xismo de Harvey se nos presenta como un tipo de planteamiento de corte fenomenoló­gico y analítico, capaz de ofrecernos una reflexión ética, individual y colectiva, ante lo que ocurre a nuestro alrededor.

Los desarrollos de Harvey han ido esbo­zando una serie de conceptos tomados de Marx y que él ha ido ampliando y modifi­cando a lo largo de los años para analizar diversos momentos, geografías y circuns­tancias en la historia del neoliberalismo hasta el presente. De Marx también tomó las características básicas del modo de pro­ducción capitalista:

1. El que sea un sistema orientado al crecimiento porque solo este puede asegurar los beneficios y mantener la acumulación de capital. Esto se consigue mediante la expansión del volumen de producción y el crecimiento de valores reales, independien­temente de las consecuencias sociales, po­líticas, geopolíticas y económicas. (Por consiguiente, una crisis es el momento en que no se produce crecimiento: una interrup­ción y una suspensión de la circulación del capital característica de nuestras socieda­des.)

2. El que el crecimiento en valores reales se base en la explotación del trabajo vivo en la producción, pero también se pueda pro­ducir valor en el momento de la realización, esto es, el que en cada momento tenga que haber consumidores dispuestos a pagar las mercancías disponibles en el mercado.

3. El capitalismo es un sistema dinámi­co y mutante desde un punto de vista tecno­lógico y organizativo. Las leyes de la com­petencia empujan a los capitalistas de manera individual a innovar en su búsqueda de beneficio. La innovación tecnológica y organizativa en el sistema regulador (el aparato del Estado, los sistemas políticos representativos) también contribuyen al funcionamiento del capitalismo.

El mar­xismo de Harvey se nos presenta como un tipo de planteamiento de corte fenomenoló­gico y analítico, capaz de ofrecernos una reflexión ética, individual y colectiva, ante lo que ocurre a nuestro alrededor

El término acumulación por desposesión es uno de esos conceptos fundamentales en la obra de Harvey, seguramente el más co­nocido, la apropiación que ha hecho de la «acumulación originaria» de Marx. Con este concepto Harvey se refiere a muchos fenó­menos distintos, desde la explotación labo­ral en los puestos de trabajo hasta la usura bancaria y las comisiones inesperadas en las tarjetas de crédito, pasando por la privatiza­ción de servicios que antes eran públicos. Es una palabra maleable cuya validez está determinada por el hecho de que con ella Harvey introduce la visión crítica y cuestio­nadora sobre acontecimientos que se nos presentan en la cotidianidad como naturales, como provenientes de fuerzas económicas ajenas a nuestra voluntad y consciencia. Al hacer un uso tan flexible de él, Harvey em­plea algo del «pensamiento tosco» brechtia­no para hacernos confrontar los modos de funcionamiento capitalistas en que nuestras vidas están insertas, lo queramos o no, y también para lanzar sus críticas a la clase capitalista, al mundo de las finanzas, a la clase de los creative, al FMI, al Banco Cen­tral Europeo.

En la medida en que el capitalismo ha sido y continua siendo un modo de produc­ción revolucionario en el que las prácticas materiales y los procesos de reproducción social están siempre cambiando, los concep­tos que tiene que manejar una teoría que quiera dar cuenta de la continuidad y la crisis de este sistema, así como de sus mu­taciones espaciales, deben mantenerse en cierto grado de indefinición. Es esta flexi­bilidad la que permite referirse a mecanis­mos que están ensamblados, aunque a pri­mera vista aparezcan como si pertenecieran a esferas distintas. Es ella también la que otorga a la teoría una clara conexión con la cotidianidad. La teoría debe influir en la mirada y la forma de actuar del que la hace suya, introduciendo pequeñas insurreccio­nes y rebeldías a cada instante, cuestionan­do el orden del mundo y el de los propios deseos.

Una ética del espacio urbano

En los años sesenta del pasado siglo, di­versos pensadores señalaron que la noción del espacio había sido ignorada por las grandes corrientes de la filosofía contempo­ránea. Dichos reproches iban dirigidos a toda suerte de historicismos y positivismos y, en buena medida, contra el marxismo oficial, pues consideraban que estos habían pecado de una ceguera histórica cuyas con­secuencias, en el mejor de los casos, eran que el espacio quedase reducido a un mero trasfondo de la historia. En el peor, el aná­lisis del espacio era patrimonio de científi­cos, urbanistas o ingenieros que no se per­cataban de la dimensión simbólica, social, económica e ideológica del espacio —de su alcance político. En los siguientes años y de forma intensiva durante la década de los setenta, la situación dio un vuelco al abrirse las disciplinas humanistas al estudio del espacio en eso que poco después se deno­minó el «giro espacial».

A la cabeza de esta insurrección teórica se encontró David Harvey. Harvey inició en los años setenta una profunda renovación de la disciplina geográfica por cauces críticos —que pasaría entonces a llamarse radical geography— rastreando en los textos clásicos del marxismo las pistas para comprender lo que podríamos denominar la «condición urbana» del funcionamiento de la econo­mía. Descubrió que el capitalismo maquilla sus grietas y salva sus crisis derribando todas las trabas para colocar el ininterrumpido excedente de capital (y de trabajadores) que genera, y que de modo perentorio debe ser reinvertido para no perder su valor. En su camino el capital destruye cíclicamente el espacio existente —ensañándose con las estructuras que constituyen su capital fijo— para fundar uno nuevo y nuevamente ven­dible sobre sus ruinas. Este proceso conlleva otro impedimento grave, además del hecho manifiesto de que el capital consigue moldear un mundo y un paisaje urbano a su imagen y según sus criterios e intereses —esto es, consigue realizar una ciudad para él.

Este movimiento comporta numerosos peligros, según Harvey. El primero es inhe­rente a su propio devenir: se trata de una actividad especulativa que siempre implica el riesgo de replicar, en una fecha posterior y en una escala aún mayor, las condiciones de sobreacumulación que en un principio intenta aliviar. Esto se vuelve todavía más acuciante —segundo peligro— por la necesi­dad que siente el capital de acelerar cada vez más sus ciclos, haciendo que los tiempos que separan un paisaje en ruinas del siguien­te sean cada vez más cortos. El tercero tiene que ver con el factor de la urbanización y la construcción de los paisajes. La absorción (que será con el tiempo un paisaje del des­plome) requiere de la combinación de capi­tal financiero (a través de préstamos y deudas) y de la implicación de un Estado cuyas funciones conllevan el cumplimiento de planes de urbanización, lo que Harvey denomina un «Estado-finanzas». De esta suerte, las crisis que a buen seguro llegarán tarde o temprano arrastran consigo no solo a las empresas de la construcción, sino tam­bién a los bancos, al crédito, a todos los sectores de la economía, las instituciones públicas y, en consecuencia, directamente la vida cotidiana de los ciudadanos. Igual­mente, el capital también puede desplazarse periódicamente a cualquier otro lugar en busca de la máxima rentabilidad, dejando un desolador escenario de paro y estanca­miento en su partida.

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París, capital de la modernidad, de David Harvey (Akal).

Harvey es de sobra conocido por sus es­tudios del París de Napoleón III, lugar de ensayos de procesos como los que acabamos de describir. Georges-Eugène Haussmann era prefecto del Sena y mandó barrer el casco histórico de París para crear de sus cenizas una nueva ciudad a mayor escala para la naciente burguesía industrial. Estos cambios se materializaron, pero fueron a la vez generadores de distintas crisis de sobre­producción, burbujas financieras del capital y crisis sociales, las cuales fueron solventa­das con episodios muy similares de urbani­zación y crecimiento del mercado de la propiedad inmobiliaria. Todas estas, no obstante, contuvieron en su interior la semi­lla de la siguiente etapa de bancarrota.

Otro ejemplo al que con frecuencia recu­rre Harvey para ilustrar esta violencia con la que el capital se devora a sí mismo es la ciudad de Detroit, ahora desierta pero tiem­po atrás gloriosa sede mundial del fordismo. No es casualidad, entonces, que fuese en una fábrica desalojada de Detroit donde Hal Foster tomase la decisión de mantener la noción de posmodernidad para seguir bus­cando sentido a la extrañeza que le provo­caba su presente. El propio Foster narra que estaba aquellos días bajo los efectos de al­gunas lecturas de Benjamin, es decir, de alguien que destapó la fuerte conjunción de Eros y Tánatos que se esconde tras el desa­rrollo capitalista. Así, si, como apuntaba Marx, «el capital es trabajo muerto que, a la manera del vampiro, vive sólo de chupar el trabajo vivo», Harvey advierte que esta suerte de vampirismo o impulso mortífero –por emplear su vocabulario, la tendencia a la «destrucción creativa»– es una dinámica que opera en el espacio pero también, por supuesto, en la estructura de clases, el cuer­po del trabajador, las formas de vida, etc.

«La geografía histórica del capitalismo –escribe Harvey– está plagada de ejemplos de crisis de sobreacumulación, algunas lo­cales y de corta vida […] y otras a una es­cala mayor. […] En otras ocasiones afecta a todo el sistema y en último término se convierte en una crisis mundial (como en 1848, 1929, 1973, 2008)». Ahora bien, hay algo que caracteriza a la última, esto es, al capítulo de crisis vivido desde el crac del 2008 y la hace singular: además de haberse resuelto a partir de la mercantilización sal­vaje del espacio urbano, se ha apoyado tanto en un paquete completo de rescates bancarios, desregulaciones o privatizaciones y cercamientos de bienes y servicios comu­nes, expolio de las entidades públicas y expulsiones forzosas de espacios colectivos de sus pobladores que conllevan lo que Harvey denomina «acumulación por desposesión», como en un mayor control del proceso y sus distintas ramificaciones por parte del sistema financiero. Y todo ello en el marco general de un afianzamiento de las políticas neoliberales gestadas durante los años setenta y ochenta del pasado siglo. Valiéndose de la flexibilidad fiscal y la alta exposición al sistema de crédito puesta en marcha durante esa primera oleada de neo­liberalismo, los grandes capitales han con­vertido a las ciudades, su planta, su perfil y hasta su imagen, en un enorme nicho de mercado para la inversión. En palabras del británico: «Esto está pasando en todas par­tes. Uno de los argumentos que sostengo es que ahora no construimos ciudades para que la gente viva, las construimos para que la gente invierta en ellas». El paseante infor­mado por sus teorías podrá apreciar que el mapa de nuestras ciudades y regiones es siempre desigual y fragmentario: una serie de islotes o polos intensos de crecimiento orientados a las empresas y extremadamen­te dinámicos (que suelen coincidir con el centro urbano, los puertos o los puntos más turísticos) flotan en un mar a veces misera­blemente urbanizado y, en otros casos, en un desierto dejado al estancamiento. Pero el problema no radica exclusivamente en que este paisaje sea geográficamente desigual y perpetuamente inestable —tanto más puesto que es el volátil y ficticio capital financiero el que lo ha creado—, sino que si seguimos este credo ya no existe algo así como un habitar la ciudad que no signifique venderla o consumirla. En esta partida, los estados, aunque se dicen garantes del bienestar social de sus ciudadanos, con frecuencia han juga­do la carta de la «liberalización» convirtién­dose en unos meros gestores de unos inte­reses ajenos, a veces para salvar su propio endeudamiento, en otras porque su poder es cada vez más menguante o, simplemente, porque la fe en el «pensamiento único del neoliberalismo» se ha ganado muchos de­votos entre la clase política:

A partir de la década de 1970 se ha ido constituyendo (o se ha impuesto) un «con­senso neoliberal» en virtud del cual el Estado se inhibe de las obligaciones de provisión pública en áreas tan diversas como la vivienda, la sanidad, la educación, el transporte o los servicios públicos (agua potable, evacuación de aguas residuales, energía e incluso infraestructuras), con el fin de abrirlos a la acumulación privada de capital y a la primacía del valor de cambio. […] El valor de cambio es en todas partes el amo y el valor de uso el esclavo, y esa situación hace imprescindible una rebelión popular de las masas en nombre del acce­so para todos a los valores de uso funda­mentales.

El prototipo de este modelo de reciclaje posfordista de la ciudad, que la rehacía por completo para ponerla en manos de consor­cios monopolísticos de empresas y bancos, fue la reconversión del downtown de Man­hattan luego del crack del petróleo de 1973. En un sentido similar, tendríamos que citar la remodelación del viejo casco histórico de París tras la demolición del antiguo merca­do de Les Halles y la construcción de una red de tiendas, galerías de arte y espacios comerciales con el novísimo Centro Pom­pidou como eje de todo el proyecto. Las transformaciones de los centros no han de­jado de sucederse desde los años setenta. A Manhattan y al chic Beaubourg parisino le seguirían el Berlín cool y foco artístico de la Europa posmuro en los noventa, la city de un Londres finisecular financiero y prohibi­tivo, o el «saneado» puerto y casco histórico de una Barcelona saldada por el turismo en los primeros compases del siglo xxi.

Harvey inició en los años setenta una profunda renovación de la disciplina geográfica por cauces críticos —que pasaría entonces a llamarse radical geography— rastreando en los textos clásicos del marxismo las pistas para comprender lo que podríamos denominar la «condición urbana» del funcionamiento de la econo­mía 

Nuestro paseo se detiene un momento en Barcelona. Si la imagen de Detroit asolada servía a Harvey para observar el patrón crecimiento y desindustrialización propio del boom desarrollista de los sesenta y su caída poco después, Barcelona es el nombre que resuena en nuestra cabeza cuando ha­blamos de estos procesos de gentrificación y turistificación tan practicados reciente­mente. Desde la década de los ochenta y significativamente en los últimos años, la ciudad ha sufrido severos cambios en la fi­sonomía de sus barrios, las actividades económicas que allí se desarrollan y los tipos de población que residen en cada distrito. Tales mutaciones apuntan a un ejemplo claro de neoliberalización de la ciudad con el objeto de reiniciar las oportunidades para la acumulación de capital y obviando las necesidades reales de los habitantes. A pesar de que el Raval, el Port Vell y toda la parte que da al mar –como la Barceloneta– preci­saban de fondos de redistribución para res­taurar los edificios deteriorados a fin de hacerlos más habitables para sus moradores, la administración del Ayuntamiento prefirió, contrariamente, servir de todas las facilida­des a los inversores para que hicieran de aquella zona un proyecto urbanístico desti­nado a atraer a clientes y turistas. Hoteles, restaurantes, puertos deportivos, toda clase de nuevas instalaciones para el consumo se construyeron con el consiguiente flujo de crédito de que dispondrían los bancos, en lugar de los hospitales, colegios, guarderías, parques o zonas de juegos, servicios estos que se antojaban más urgentes para quienes vivían en esos barrios:

La calidad de la vida urbana se ha conver­tido en una mercancía para los que tienen dinero, como lo ha hecho la propia ciudad en un mundo en el que el consumismo, el turismo, los nichos de mercado, las activi­dades culturales y basadas en el conoci­miento, así como el continuo recurso a la economía del espectáculo, se han conver­tido en aspectos primordiales de la econo­mía política urbana.

Y el relato que legitimó la trampa fue el siguiente: mediante el goteo de riqueza de esos consumidores, de esos visitantes adi­nerados que amarran sus yates en el puerto, la población local sale beneficiada porque saca algo de la venta de su propia ciudad. Esta perversa fantasía de la mercantilización total, lo que Harvey denomina «utopismo neoliberal», parece realizada al adentrarse hasta en el interior de nuestras casas conver­tidas recientemente en pseudohoteles des­regulados a través de plataformas de alquiler. Nuevamente los derroteros del capital arrojan una paradoja: la ciudad tradicional debe ser gestionada y vendida a la par que destruida y expropiada para que el capital simbólico (de naturaleza monopolística) que posee sea útil en la acumulación de capital. A partir de ahí y una vez «enmarcadas» las ciudades, las desigualdades se multiplican, pues estas entran en un mercado de compe­tencia interurbano e interregional en el que deben luchar por mostrarse como el clima más benigno para los negocios. En esa pug­na constante siempre se puede ganar o perder. Cuando el modelo haya sido agota­do, cuando la homogeneización y el despla­zamiento de los antiguos resientes haya hecho mella en la singularidad de Barcelona hasta dejarla tan plana como cualquier otra, el capital la refundará o levantará el campa­mento hacia otros lares, dejando detrás al difunto:

La ciudad tradicional ha muerto, asesinada por el desarrollo capitalista desenfrenado, víctima de su necesidad insaciable de disponer de capital sobreacumulado ávido de inversión en un crecimiento urbano raudo e ilimitado, sin importarle cuáles sean las posibles consecuencias sociales, medioambientales o políticas.

Si el tiempo acelerado de la acumulación ha atacado el espacio, el valor de cambio ha noqueado el uso de los bienes que provee tanto el medio natural como esa otra «se­gunda naturaleza» que es la ciudad históri­camente creada por el hombre. Uno de los puntos fuertes del pensamiento de Harvey es, precisamente, su capacidad para hacer­nos comprender algo quizá no demasiado evidente pero de extrema importancia: usar, vivir, habitar la naturaleza y la ciudad de forma sostenible es una tarea cada vez más difícil, costosa y puede que hasta anacróni­ca. Así pues, la urbanización y la transfor­mación del espacio enredan un sinfín de asuntos a los que prima atender. Mirar a la ciudad implica generar una visión más am­plia y mejor matizada teóricamente del propio funcionamiento del capital tanto como de los fenómenos sociales y la vida cotidiana. A pesar de ello, y tal como ocurrió con otras demandas, los grandes partidos y el movimiento comunista nunca compren­dieron bien que la terrible dialéctica espa­ciotemporal a la que el capitalismo conde­naba la ciudad y a sus habitantes no era, en absoluto, un asunto intrascendente. Hechi­zada frecuentemente por el ideal obrerista, la izquierda ha centrado sus esfuerzos en analizar el sistema capitalista atendiendo exclusivamente a la producción e ignorando con ello, comenta Harvey, «que existe ne­cesariamente una unidad contradictoria en el conflicto y la lucha de clases entre las esferas del trabajo y la vida. El proyecto político que debería derivar de esta contra­dicción sería el de invertir la relación entre producción y realización. La realización debería ser sustituida por el descubrimiento y reafirmación de los valores de uso». Por tanto, aún quedan alternativas y grietas por las que salir. Estas pasarían, primeramente, por acabar con el sometimiento al cesarismo del intercambio. En lugar de seguir fomen­tando la lógica de la monetización y el emprendimiento empresarial —como pro­pugna el FMI—, prima encontrar estrategias que restituyan a los trabajadores el control sobre su producción y a los habitantes de un determinado lugar, el derecho a vivirlo:

En ese sentido parece enormemente sen­sata la preocupación creciente de la iz­quierda por el restablecimiento y revigo­rización de «los bienes comunes». La absorción de los derechos de propiedad privada en un proyecto general para la gestión colectiva de los comunes y la di­solución de los poderes autocráticos y despóticos del Estado en estructuras de gestión colectiva democrática se convier­ten en los únicos objetivos a largo plazo que realmente merecen la pena.

El daño puede contenerse mediante la socialización de la plusvalía obtenida a partir de la producción, distribución y el establecimiento de unos nuevos comunes de la riqueza que sean de acceso libre para todos.

Aun con todas las dificultades que se anudan en las distintas teorías de los comu­nes, lo interesante es que, tanto en la pers­pectiva de Harvey como en la de otros au­tores que se han preocupado por el asunto, queda claro que ahora las metrópolis cons­tituyen un vasto bien común producido por el trabajo colectivo realizado en y sobre la ciudad. Y ¿no significa esto que el derecho a la ciudad acaba por solapar a toda lucha política, se hace intrínseco a ella? «La revo­lución de nuestra época tiene que ser urbana, o no será», concluye el geógrafo. Con lo dicho comprendemos que la reflexión de Harvey nos muestra no solo que el espacio está «socialmente construido» —expresión que desde los setenta quedaría para siempre fijada como bandera de guerra de los «estu­dios radicales»—, sino que la sociedad está espacialmente construida, con lo cual el espacio queda inevitablemente implicado en la historia. Harvey, en mayor medida que ningún otro autor actual, nos ha ayudado a abrir los ojos, nos ha educado la mirada y nos ha ofrecido un modo de estar en el es­pacio y de interpretarlo como una categoría multidimensional, un lugar que incluye el tiempo, el enclave en el que observar el entrelazamiento de lo geo y lo micropolítico, esto es, el escenario de nuestras prácticas cotidianas, pero también el punto de partida para generar otras muy distintas.

La nueva alienación: trabajo, precariedad y cuerpo en la era de la desposesión

Creemos que el interés de Harvey es precisamente esta concepción si no holística sí al menos relacional del arreglo espacial como mecanismo de acumulación de capital. Un examen tal debe permitirnos ir más allá de lo meramente físico hasta advertir cómo, con cada crisis, no solo se modifica el pai­saje visible sino también «los modos de pensamiento y de comprensión, en las ins­tituciones y en las ideologías dominantes, en las alianzas y en los procesos políticos, en las subjetividades políticas, en las tecno­logías y las formas organizativas, en las relaciones sociales, en las costumbres y los gustos culturales que conforman la vida cotidiana». En definitiva, nuestra existen­cia, nuestra sensibilidad hacia los otros —in­cluyendo entre esos otros el propio medio natural que nos rodea—, nuestra experiencia y presencia en el mundo. Al estudiar el es­pacio y sus dinámicas como si de una mó­nada se tratase, logra rastrear conexiones que nos llevan del espacio a otros rincones hasta llegar a enfrentarnos con elementos tan cercanos como el propio cuerpo.

Hechi­zada frecuentemente por el ideal obrerista, la izquierda ha centrado sus esfuerzos en analizar el sistema capitalista atendiendo exclusivamente a la producción e ignorando con ello la producción social del espacio

Innegablemente, la flexibilidad dictada por el neoliberalismo y asentada como un mandamiento en cada parcela de la realidad social desde los años setenta, así como la inestabilidad y la expropiación creciente que llevan parejos, generan un tipo de vida en la que el trabajo y la protección social han sido precarizados al máximo, al tiempo que los cuerpos y las energías físicas y mentales de las personas están cada vez más dañados. Harvey ha dedicado parte de sus recientes ensayos a comentar estos síntomas, siempre sobre la base de las comentadas crisis cícli­cas del capital y dado el continuo trastrueque del orden vital al que estamos sometidos. La constricción espaciotemporal que ha empe­queñecido el planeta —o, dicho en términos más peregrinos, la globalización—, las enor­mes remesas de mano de obra desempleada que trajo la desindustrialización —lo que Marx llamaba «ejército industrial de reser­va»— y la innovación tecnológica diseñada para optimizar la producción han propiciado que la oferta de trabajo y las condiciones laborales en las que se efectúa sean cada vez de menor calidad (está, por otro lado, siendo feminizado y, con ello, devaluado). Los salarios bajos se destinan a costear, a través del endeudamiento, un modelo de vida al­tamente consumista pero, paradójicamente, con frecuencia no son suficientes para afrontar la reproducción básica de la exis­tencia. Pareciera que las cosas no seguirán otros derroteros. El capital ha decidido pagar al mínimo su propia reproducción, pues prefiere mercantilizarla y, convertida en un objeto más de consumo, tratarla, nuevamen­te, como un terreno hasta entonces vedado pero cada vez más abierto a la inversión. «El asalto neoliberal contra esos derechos y servicios —sostiene Harvey— es una forma de desposesión». El principio predatorio que el capital actualmente ha puesto en marcha le permite sustraer cuanto quiera de las clases trabajadoras y vulnerables, no ya solo en el momento de la producción (a través de la plusvalía) sino también en el de la realización (a través de «extracciones abusivas en el espacio de vida»). Si el capi­tal sigue inclinando la balanza con fuerza por este segundo paso, esto es, por una forma de economía de la desposesión de las rentas y activos de los de abajo junto a la privatización de lo común, los estratos más populares de la población (instruidos, pero endeudados y desorganizados) pueden más que sospechar que su destino no será otro que ir a parar a las masas cada vez más gruesas de desempleados y abrigar pocas esperanzas de dejar de serlo en algún mo­mento. En opinión del propio Harvey, «gran parte de la población mundial se está con­virtiendo en desechable e irrelevante». Este traspaso ininterrumpido de la riqueza a las clases altas a partir de la especulación y la desposesión supone lo que Harvey llama «antivalor» porque no crea nada en su ca­mino. Con ello el trabajo ha perdido centra­lidad tanto para el capital como para su re­sistencia, pues la recuperación económica tras la quiebra del 2008 va en mayor medida ligada al endeudamiento y la rapiña que a la creación de empleo:

En la coyuntura actual, un movimiento anticapitalista tiene que reorganizar su pensamiento en torno a la idea de que el trabajo social se está haciendo cada vez menos significativo como motor económi­co de las funciones del capitalismo.

La organización de la resistencia contra esa acumulación por desposesión (el for­talecimiento del movimiento contra la austeridad, por ejemplo) y las reivindica­ciones de alojamientos más baratos y más confortables, de enseñanza, sanidad y servicios sociales son, por lo tanto, tan importantes para la lucha de clases como lo es la lucha contra la explotación en el mercado laboral y en el lugar de trabajo.

Dadas estas coordenadas vitales, es co­herente que los relatos y las tradicionales formas de identidad y de respuesta colectiva se hayan visto alterados. Cualquier alterna­tiva emancipadora, según Harvey, tendrá que ampliar el espectro de luchas, subjetividades y enfoques. Entre otras ausencias que cubrir, deberá generar una política del cuerpo, una vía de actuación atenta al hecho de que el cuerpo es un espacio político igualmente vulnerable a los golpes que se han asestado a otros dominios. La feroz competitividad y el individualismo cantado por la vulgata neoliberal —cuyo reverso lógico, conviene no olvidarlo, es la privatización de los ser­vicios públicos— está destinado a horadar y hacer si cabe más frágil el tejido social y el cuerpo del trabajador y del ciudadano, de­jando a los sujetos desorientados y exhaus­tos —incluidos aquellos que desempeñan oficios en el ámbito de lo que se ha venido llamando «trabajo inmaterial»—. Estas nue­vas formas de alienación convergen y se hacen presentes en el cuerpo. El malestar y las insoportables condiciones de vida inhe­rentes a la sociedad capitalista se sufren, primeramente, en nuestro organismo y hasta ahí deberemos llegar siguiendo las pistas de este proceso de acumulación en­tendido en su conjunto. El interés es generar un tipo de pensamiento del cuerpo nueva­mente materialista que se pregunte por su producción y desfiguración y que consiga advertir en qué medida está siendo actual­mente objeto de idénticos episodios de desposesión. De hecho, tal como él mismo anuncia, «la prisa actual por la vuelta al cuerpo como base irreducible de todo argu­mento es, por lo tanto, una prisa por volver al punto de partida de Marx, entre otros muchos». En líneas generales, Harvey sostiene que el capital moldea los cuerpos sociales de acuerdo con sus propias necesi­dades extrayendo de ellos todo cuanto ne­cesita para la acumulación en un gesto análogo al que sufre la ciudad. Los cuer­pos, de hecho, están urbanizados tanto como el espacio está encarnado y ambos quedan heridos por las mismas contradicciones. Entre ellas, la obligación de olvidarnos del uso de nuestros cuerpos para convertirlos en un valor de cambio con el que competir en un mercado, gastarlos en esa pugna acep­tando, por otra parte, los riesgos que ello conlleva: «Quienes no pueden seguir fun­cionando como capital variable (por razones físicas, psíquicas o sociales) caen en el hospital como ejército industrial de reserva. En el capitalismo, la enfermedad se define en general como incapacidad para trabajar». La atención al cuerpo en una perspectiva relacional y porosa no es un brindis al so­lipsismo, sino más bien el principio de una crítica global a la sociedad. Por tanto, lejos de cualquier reduccionismo corporal, los apuntes de Harvey nos permiten entender un fleco más de la actual coyuntura y nos invitan a volver sobre los escritos Marx. Se trata, en todo caso, de arribar a un materia­lismo menos cartesiano, menos existencia­lista y más materialista. El análisis comple­jo que despliega Harvey, su postura integral, le ha permitido dar un salto sobre los presu­puestos de los estudios culturales y biopo­líticos que tanto éxito han tenido en las úl­timas décadas y, en general, sobre lo que Terry Eagleton denominaría peyorativamen­te la identity politics, para resituar el proble­ma de la identidad y del cuerpo en un eje histórico, marxista y colectivo:

La percepción de lo que somos, a dónde pertenecemos y qué abarcan nuestras obli­gaciones –en resumen, nuestra identidad– se ve profundamente afectada por la per­cepción que tengamos de nuestra ubicación en el espacio y en el tiempo. En otras pa­labras, localizamos en general nuestra identidad en función del espacio (yo per­tenezco a aquí) y del tiempo (ésta es mi biografía, mi historia). Las crisis de identidad (cuál es mi lugar en el mundo, qué futuro me espera) derivan de fuertes fases de compresión del espacio-tiempo.

Conceptos como persona, individuo, yo e identidad, enriquecidos con la reflexión política y con las posibilidades que ofrece la práctica política, emergen como el ave fénix, de las cenizas del reduccionismo corporal para ocupar el lugar que les co­rresponde en el firmamento de los concep­tos que guían la acción política.

Así, esta identidad precaria, este yo frag­mentado, este cuerpo gastado y este sujeto descentrado son, como la ciudad, elementos compartidos que deben ser rescatados, re­hechos y repensados en modos más libera­dores. El espacio, el tiempo, la naturaleza y el cuerpo son campos de batalla.

F+ Simone Weil: filosofía entre la mística y la política

Simone Weil conectada al sol, trascendiendo a través de su vertiente mística, tejiendo nuevas raíces, avanzando libre y sin ataduras por su red. Las raíces de las que habla Weil son mucho más sólidas que una tela que se rasga con facilidad y que tirando de un hilo puedes desajustar todo... © Ana Yael

Simone Weil, conocida como «la Virgen roja», es la conjunción perfecta entre mística y militancia política. El resto, su pensamiento filosófico, es únicamente la consecuencia lógica de estas dos premisas de vida. Albert Camus, quien se encargó de publicar sus escritos póstumos en la colección de Gallimard que llamó Espoir, la describió como «el único…

F+ Silvia Federici: otra lectura de la historia

«Calibán y la bruja» es la obra de Silvia Federici donde demuestra que dar una perspectiva feminista a la Historia es posible e iluminador. Montaje realizado desde dos imágenes de Wikimedia Commons (foto de Federice, bajo licencia CC BY-SA 3.0; ilustración, bajo licencia CC BY 2.0).

Silvia Federici, la autora de Calibán y la bruja, es una de las filósofas principales en la actualidad en cuestión de teoría feminista anticapitalista. Las puertas que abre Federici permiten ver un marxismo más allá del obrero masculino como sujeto único y entender así el resto de opresiones a las que el trabajo asalariado hace…

Diccionario para entender el pensamiento de Marx

Apreciadas por unos, denostadas por otros, Marx dejó ideas que revolucionaron el pensamiento, la economía y la política en el mundo entero.

Karl Marx muere el 14 de marzo de 1883. A partir de ese momento empieza la gran expansión de sus ideas filosóficas y sus propuestas económicas, sociales y políticas. Las recordamos en un diccionario que sitúa su figura y explica los conceptos más relevantes para entender su pensamiento. El historiador de las ideas Isaiah Berlin…

F+ Ágnes Heller, la filósofa contra los totalitarismos

La filósofa húngara Ágnes Heller (1929-2019). Diseño hecho a partir de la imagen Ágnes Heller at Göteborg Book Fair 2015, del 25 de septiembre de 2015, de Arild Vågen, distribuida por Wikipedia bajo licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional (CC BY-SA 4.0).

Ágnes Heller se opuso a los totalitarismos. Los sufrió de cerca, se enfrentó a ellos y marcaron su labor intelectual. Recordamos las ideas de esta filósofa húngara que ha muerto a los 90 años este 19 de julio de 2019 dejando toda una vida dedicada al pensamiento. Por Amalia Mosquera  «Creo en algo: las personas…

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