Es palpable que el capitalismo ha venido produciendo múltiples daños a través del mundo, que lo están convirtiendo en un lugar menos habitable para la mayoría. Las condiciones de vida son más y más precarias en las zonas del sur global que cada vez más atraviesan al norte, con lugares de marginación en aumento por el desmantelamiento de protecciones sociales, privatización de bienes, espacios y servicios, inseguridad laboral, ritmos productivos frenéticos…
Formas de explotación de los cuerpos que se extienden a territorios, reducidos a espacios de intervención económica a gran escala, con efectos devastadores sobre el medioambiente y las relaciones entre humanos y no humanos.
Los daños que el capitalismo ha producido no han implicado solamente prácticas de extracción, explotación y apropiación; también han supuesto la formación de capacidades, deseos, formas de agencia, configuraciones del tiempo y el espacio, impulsadas por un afán de productividad. Son efectos de poder que atraviesan formas de consumo, formación, rendimiento, y que han subordinado y fijado las capacidades de los cuerpos bajo un horizonte de sentido incuestionado que dicta el futuro, lo que es posible y realizable.
Su efecto más visible es una marcada sensación de impotencia: frente a promesas de progreso que dejan a muchos atrás; por la captura del futuro ante deudas que los sujetos nunca terminan de pagar; impotencia producida a través de narrativas que imponen las regulaciones y flujos establecidos del mercado como lo que hay.













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