En este texto, Tomás Pollán explica qué fue a buscar a la antropología el filósofo que era. Además, aporta un par de pinceladas (o tres) gracias a las cuestiones que le plantean el periodista Javier Rodríguez Marcos y el antropólogo Juan Aranzadi.
Por Tomás Pollán, filósofo y antropólogo
«Durante mi estancia en Tübingen (Alemania) en los años 70 llegué al convencimiento, acompañado de una creciente insatisfacción y malestar intelectual, de que, cuando mis profesores de filosofía y yo mismo reflexionábamos sobre el ser humano y su ‘naturaleza’ en términos generales, girábamos en el vacío, sin avanzar (algo así como el piétiner sur place de los franceses), y ante cualquier conocimiento antropológico, lingüístico, histórico o biológico nuevo que pusiese en cuestión las ideas heredadas sobre el hombre, repetíamos los consabidos tópicos filosóficos tradicionales como tics gremiales autodefensivos, sin relación y sin capacidad de respuesta a los desafíos que suponían para la filosofía tradicional los nuevos conocimientos. Llegué a la conclusión de que, lo común, lo universal de los hombres, y, por tanto lo propio del hombre solo se puede alcanzar a través de las diferencias«.
«Llegué a la conclusión de que, lo común, lo universal de los hombres, y, por tanto, lo propio del hombre solo se puede alcanzar a través de las diferencias»












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