Para Antístenes –que fue el primero de los discípulos de Sócrates– y el resto de los cínicos, el hombre lleva en sí mismo los elementos necesarios para ser bueno y feliz. Para lograr tal objetivo es necesario conseguir, mediante la razón y la práctica, la autonomía personal. Y es que, ante todo, lo que el cínico busca es ser libre, incluso de sí mismo. Libre de sus sentimientos, de sus deseos, de sus posesiones, de sus amistades, de sus penas, etc.
Cuanto menos, más
Puesto que el hombre más feliz es aquel que tiene menos necesidades y preocupaciones, los cínicos apostaron por despreciar no solo la riqueza en sí, sino también cualquier preocupación material innecesaria. De esta manera, limitaban sus posesiones al máximo y vivían únicamente con lo que podían cargar sobre su espalda.
Los cínicos, y en especial Diógenes, practicaban la “anaideia”, que puede traducirse como “irreverencia”. Es lo que explica el peculiar y excéntrico carácter de nuestro protagonista, que disfrutaba criticando y provocando a la sociedad de su época. La moral cínica fue parcialmente absorbida por el estoicismo, si bien no de la misma manera. Si el cínico se muestra crítico con lo que considera que son los males de la sociedad y decide dejárselo claro a esta con sus acciones, el estoico lo enfoca de otro modo, siendo la manera de cambiar la situación imperante a través de la virtud, esto es, dando ejemplo y viviendo de manera virtuosa.
El estado fundamental del cínico es la autarquía, la independencia de todo condicionamiento externo. Es ahí donde encuentran ellos la felicidad y la virtud: en no depender de nadie más que de uno mismo. Estas ideas se tradujeron en una forma de vivir bastante similar: todos los cínicos llevaban barba (los hombres, al menos) y pelo largo (o, al contrario, rapado muy corto), ropa vieja, un zurrón y un bastón. Para poder prescindir de caprichos, no se permitían nada más que aquello que pudieran llevar a cuestas y, por supuesto, se oponían a leyes, instituciones, convenciones sociales, costumbres y tradiciones. Nada que pudiera suponer una atadura.
La filosofía de Diógenes no se entiende como un corpus cerrado. Y la razón es que apenas escribió nada y, como su vida fue tan curiosa, ha terminado por eclipsar a su pensamiento.
Al igual que muchos otros filósofos cínicos, la obsesión de Diógenes fue alcanzar una vida plena y recta, llena de virtud y carente de vicios. Los cínicos valoraban especialmente el autocontrol de las pasiones y los deseos, pues esto los llevaba a lo que consideraban que era la más grande virtud: la independencia, que les hacía libres de los demás y de sí mismos. No necesitaban nada ni a nadie para vivir.












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