Entiendo la genealogía como un modo de pensamiento relacional orientado hacia el pasado, articulado en un lenguaje político que se interroga sobre lo que heredamos de las otras. La definición del cuidado según Tronto y Fisher abre pautas para profundizar en los alcances restaurativos de una genealogía: «[…] todo lo que hacemos para mantener, continuar y reparar nuestro «mundo», de manera que podamos vivir en él lo mejor que se pueda. Ese mundo incluye a nuestros cuerpos, a nosotros mismos y a nuestro ambiente, aspectos que buscamos entrelazar en una red compleja que sostiene la vida»1.
¿Cómo podemos aplicar esta visión del cuidado a los ejercicios genealógicos? Siendo muy consciente de las diferencias entre los actos de cuidado —el acto físico de sostener la vida y satisfacer necesidades específicas de alguien— y los ejercicios de memoria —reelaboración y reinterpretación del pasado—, quisiera plantear las genealogías feministas como una extensión simbólica del cuidado, una forma de pensar y relacionarse desde el sentido de responsabilidad ante la alteridad. Esto es, que las genealogías feministas surgen de la preocupación por las otras, así como del propósito de «mantener, continuar y reparar» nuestra(s) munda(s), las redes entrelazadas que sostienen nuestras vidas. Para reflexionar sobre cómo los ejercicios genealógicos pueden apoyarnos en esta labor restaurativa, recurrí a dos obras autobiográficas feministas: Zami. Una biomitografía, de Audre Lorde, y El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza.












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