El filólogo Walter Otto se da cuenta de la importancia de Ariadna, pero como elemento esencial del culto del dios y así queda disminuida en su análisis. Es Nietzsche el que atisba su importancia como compañera del dios y clave para entender su pensamiento del eterno retorno.
Literatos latinos como Ovidio muestran rasgos de Ariadna y complementan lo que señalaron los griegos, que sintetizo en tres: laberinto, lamento y baile. Ariadna es la aristócrata por excelencia, lo inalcanzable. Es la que puede crear laberintos, pero también puede morir de amor por el abandono de su amado. Y, sin embargo, como una ménade, no deja de bailar junto a su toro divino, y esto muestra la alegría que da sentido a la polis.
Los laberintos de Ariadna
Ariadna genera, como una araña, laberintos que nos pierden y traicionan, un amor radical al otro hasta el delirio de su propia muerte y un bailar que, en su voluptuosidad, en donde el dios es un alfeñique a su lado, actualiza los cuerpos de unos con otros, en un aquí y ahora inmanente que abre la posibilidad de crear sentido.
Ariadna es la distancia radical. Su «inactualidad» se nos aparece como algo necesario en tiempos de laberintos. Y en esa distancia no solamente pensamos lo femenino, sino lo humano. El animal humano está perforado en sí mismo, en su propio cuerpo, de una distancia constitutiva que lo vuelve mortal, sexual e histórico entre unos con otros. Y así Ariadna nos expresa en su mito un modo especial de lo real: eso real estudiado y nombrado con muchos términos desde los griegos.













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