El filólogo Walter Otto se da cuenta de la importancia de Ariadna, pero como elemento esencial del culto del dios y así queda disminuida en su análisis. Es Nietzsche el que atisba su importancia como compañera del dios y clave para entender su pensamiento del eterno retorno.
Literatos latinos como Ovidio muestran rasgos de Ariadna y complementan lo que señalaron los griegos, que sintetizo en tres: laberinto, lamento y baile. Ariadna es la aristócrata por excelencia, lo inalcanzable. Es la que puede crear laberintos, pero también puede morir de amor por el abandono de su amado. Y, sin embargo, como una ménade, no deja de bailar junto a su toro divino, y esto muestra la alegría que da sentido a la polis.













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