Por algún motivo que se me escapa, la filosofía siempre anda bajo sospecha. Quizá es porque, de algún modo, ha hecho de esa sospecha su punto de partida, contando hasta la saciedad la historia de su mártir Sócrates y de cómo Atenas sospechó de él y sus preguntas hasta su muerte. Desde entonces, tanto la filosofía como la sociedad no hacen más que repetir el papel de aquella tragedia: por un lado, la disposición a buscar la verdad y, por otro, la duda constante de que esa búsqueda tenga algún tipo de utilidad. Supongo que esta es la letanía de la filosofía: tener que escuchar constantemente las dudas sobre su utilidad.
A veces esta pregunta constante sobre por qué estudiar filosofía o para qué sirve la reflexión filosófica aparece formulada desde posiciones críticas hacia el conocimiento teórico. Sin embargo, en muchas otras ocasiones las dudas que acechan a la filosofía vienen desde sectores más cercanos, como el de los científicos. Desde este ámbito, una acusación común es que lo que se hace en filosofía es un ejercicio excesivamente abstracto, un uso del lenguaje que no siempre resulta fácilmente verificable o comprensible.
La filosofía, se dice, no puede comprobar la validez de sus afirmaciones como el físico comprueba sus fórmulas y sus medidas. Y no solo es que no se puedan comprobar, sino que en ocasiones resultan difíciles de interpretar. Recordemos (o mejor, se recuerda con frecuencia) la célebre sentencia de Martin Heidegger de que «la nada nadea».
Por eso, como es sabido, Alan Sokal escribió un artículo lleno de terminología posmoderna en el que intentaba mostrar que la gravedad no existía y lo envió a una revista de filosofía, Social Text, en el que fue aceptado (con polémica, crítica y escándalo posterior incluidos). Este es el ejemplo histórico que se utiliza con frecuencia para cuestionar la claridad de ciertos discursos filosóficos y señalar que, en ocasiones, estos pueden resultar difíciles de interpretar o validar. Desde esta crítica, la filosofía es vista como un discurso excesivamente complejo o, si se quiere, como una forma de pensamiento que no siempre se ajusta a los criterios de validación de las ciencias empíricas.
El problema que tienen estas críticas es que confunden el campo de la filosofía con el contenido de la filosofía. El campo de la filosofía corresponde a una verde pradera: en cuanto uno la pisa ya está haciendo filosofía, quiera o no. La filosofía como contenido es lo que uno hace una vez que está en ese prado. Esto quiere decir que a lo largo de la historia podremos estar más o menos de acuerdo con ciertas corrientes filosóficas, pero eso no anula el campo de la filosofía.
Una acusación común por parte de los científicos hacia la filosofía es que esta es un ejercicio excesivamente abstracto, un uso del lenguaje que no siempre resulta fácilmente verificable o comprensible
Dicho de otra forma, la crítica de Sokal no anula la filosofía porque su crítica es, precisamente, filosófica. Es decir, la discusión sobre el estatuto de una disciplina como la filosofía, la discusión sobre sus formas de conocer y la relación entre su discurso y la historia es una discusión básicamente filosófica: es algo que se ha discutido a lo largo de siglos y muchos autores han dado su respuesta al respecto.
Y es que en realidad no hay ningún afuera de la filosofía. Mientras que las ciencias empíricas se han especializado (hiperespecializado diríamos) en resolver determinados problemas con el mundo (por ejemplo, la medicina con el problema de la enfermedad, la arquitectura con el problema de los materiales…), la filosofía abarca todo lo que queda fuera y entre medias de todo eso. Cuando uno se sale de la ciencia, si queremos, lo que estamos pisando es filosofía.
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La pregunta sobre cuál es el mejor medicamento para una anciana si tiene hipertensión es una pregunta claramente técnica, y podemos decir científica, claro, pero todo lo que excede esa pregunta es pura filosofía: ¿debemos dárselo, aunque no tenga recursos?, ¿existen sesgos en el diagnóstico en función del contexto social o cultural?… Así, se da la paradoja de que la pregunta sobre para qué existe la filosofía es una pregunta filosófica.
La filosofía es necesaria porque hay un mundo enorme más allá de los caminos técnicos. Esto es lo que se suele aducir para defenderla. No vale únicamente la ciencia porque hay demasiadas preguntas que la exceden. La ciencia no puede decir nada sobre la ética. Esto es evidente, y es un lugar común casi, pero la ciencia no nos enseña a ser felices, ni a lo que tenemos que decir cuando queremos acompañar a alguien que ha perdido a un ser querido, ni a cómo gestionar nuestras emociones.
Y la filosofía, conviene matizar, tampoco es que nos lo diga —buscar en la filosofía estas respuestas sería reducirla a mera autoayuda—. A lo que sí nos ayuda la filosofía es a afilar nuestra mirada para desbrozar lo simplón y superficial de todas esas pseudopreguntas: quizá la felicidad no deba ser el fin último de nuestras acciones, quizá algunas muertes merecen ser dichas más que otras o quizá las emociones no son algo a «gestionar». Así que ya tenemos una medio respuesta esbozada: la filosofía nos puede ayudar a todo aquello a lo que las ciencias no llegan.
Cuando uno se sale de la ciencia, lo que está pisando es filosofía
La filosofía nos pone, además, en otro cuerpo. Nos obliga a mirar del mundo de otra forma. No se relaciona con el mundo con la medida científica o con la mirada dominadora del científico que busca saber todo o encontrar la verdad. La filosofía enseña otro juego, pide paciencia, su forma de relacionarse con las preguntas es otra. En este sentido, como señala Carles Llinàs, decano de la Facultad de Filosofía La Salle-URL: «Yo creo que la filosofía, como las humanidades en general, ayuda a alcanzar una cosa que hoy es muy difícil, que es la concentración».
En un contexto actual marcado por la aceleración tecnológica, la inteligencia artificial y la complejidad en la toma de decisiones —tanto en ámbitos científicos como empresariales—, esta capacidad de atención, análisis y pensamiento crítico adquiere una relevancia especial.
Pero si nos acercamos y observamos con más atención, todo esto puede interpretarse como una búsqueda de sentido, ¿verdad? Como si la filosofía tratara de pensar aquellos ámbitos de significado y valor que no siempre quedan cubiertos por otros saberes. Sin embargo, ¿puede acaso la filosofía decirnos lo que tenemos que hacer? ¿Debemos esperar de ella una lista de tareas como esperamos del médico una lista de medicamentos? (Estas preguntas, huelga decirlo, son ya filosóficas). Por eso, lo que en este artículo me interesa es salir de esta diferenciación (kantiana, por otra parte) entre lo que podríamos llamar «el mundo de las ciencias» y el «el mundo de la filosofía» y plantear la siguiente pregunta: ¿acaso es posible hacer ciencia sin la filosofía?
Porque la idea de la separación entre dos tipos de preguntas, las científicas y las filosóficas, mantiene, en el fondo, el prejuicio de que hay algo así como dos tipos de verdades. Según este prejuicio, habría entonces preguntas serias, científicas, cuyas respuestas son verdaderas y objetivas (¿a qué temperatura hierve el agua? A 100 grados) y luego, por otro lado, estarían las preguntas que exceden ese campo, como las éticas, y cuyas respuestas no son objetivas (¿significa eso que son subjetivas?) y mucho menos son científicas (¿debería dar parte de mi dinero a un pobre que pide por la calle?).
Pero ¿y si las preguntas presuntamente científicas implicaran también filosofía? Volvamos al ejemplo de la anciana enferma que espera en nuestra consulta para recibir un medicamento. Vemos que, entre todas sus muchas dolencias, tiene diagnosticado un síndrome (de Gilbert) por el que procesa un poco más lento la bilirrubina.
¿Por qué esta diferencia en el procesamiento debería ser considerada un síndrome médico? ¿Por qué si no le implica ningún cambio vital? ¿Es que acaso la ciencia puede responder a la pregunta sobre qué es la enfermedad? ¿Cuál de todos los procedimientos científicos es el que nos determina verdaderamente y con objetividad lo que significa la palabra «enfermedad»? Puede parecer intuitivo, pero si andamos un poco este camino veremos que no lo es. En este punto —y especialmente en debates contemporáneos relacionados con la tecnología, la salud o la ética aplicada— estas preguntas adquieren una relevancia aún mayor.
¿Y si las preguntas presuntamente científicas implicaran también filosofía?
En fin, esto muestra que toda ciencia tiene su parte «filosófica», de análisis de fundamentos, donde se discute si hay algo así verdaderamente como «genes» o como las «especies». Y estas preguntas no se responden con un experimento ni con un congreso rápido. Son preguntas, como digo, de fundamentos, de recorrido, de largo alcance.
En palabras de Jordi Feixas, director del Departamento de Filosofía y Humanidades de La Salle-URL: «El mundo actual fomenta la velocidad y la disponibilidad inmediata de todo lo que nos rodea. Aun así, ¿no son las cosas más importantes de una vida humana aquellas que nunca están inmediatamente al alcance y que nos exigen un cuidado lento y atento?».
En este sentido, es una buena noticia que universidades como La Salle Campus Barcelona, miembro fundador de la Universitat Ramon Llull, sigan apostando por másters transdisciplinarios como el Máster en Filosofía y Debates Contemporáneos sobre las Artes y la Tecnología —especialmente en un momento en el que los retos contemporáneos exigen integrar tecnología, ética y pensamiento crítico—, porque sería un error que nuestros centros de formación compartimentalizasen lo que en la realidad aparece entremezclado: no hay pregunta científica que no necesite de fundamentos filosóficos ni pregunta filosófica que pueda hacerse sin los últimos descubrimientos científicos.
Como apunta Joan Cabó, coordinador de Másters y Postgrados de Filosofía La Salle-URL: «En una universidad tecnológica y transdisciplinar como La Salle-URL, la filosofía juega este papel de ofrecer un espacio de diálogo, de encrucijada entre las diferentes disciplinas que permite, por una parte, hacer que se encuentren entre ellas […] y por otra, encontrar su sentido más profundo».
Formarse en filosofía hoy no significa alejarse del mundo, sino adquirir herramientas para comprenderlo mejor y participar activamente en él. En un contexto cada vez más complejo, desarrollar una mirada crítica y una capacidad de reflexión profunda se convierte en una competencia clave.
Y quizá sea precisamente ahí donde reside, hoy, su utilidad.
*Este artículo se ha escrito en colaboración con la Universidad La Salle.
Javier Correa Román (Madrid, 1995) es doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Redactor de FILOSOFÍA&CO, es autor de cinco libros, los últimos publicados: Estética y Emancipación. Hacia una teoría del arte de lo común (2021), Micropolítica del amor. Deseo, capitalismo y patriarcado (2024), y, en Libros de FILOSOFÍA&CO, Arte en la era digital (2023) y Nihilismo (2025). Es librero de malaletra.


















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