8 razones para acercarse a la filosofía

La lechuza representa la sabiduría porque es el símbolo de Minerva (o Atenea), la diosa de la razón y el conocimiento. Diseño propio realizado a partir de la fotografía de dannymoore1973 (Pixabay, CC).
La lechuza representa la sabiduría porque es el símbolo de Minerva (o Atenea), la diosa de la razón y el conocimiento. Diseño realizado a partir de la fotografía de dannymoore1973 (Pixabay, CC).

Hoy, como cada tercer jueves de noviembre, se celebra el Día Mundial de la Filosofía. Es un momento especial para parar los motores filosóficos de la reflexión y preguntarnos por el propio proceso de la pregunta filosófica. ¿Por qué la filosofía? ¿Por qué acercarnos a ella? ¿Qué tiene de especial? ¿En qué se diferencia la lectura filosófica de otras lecturas? En este artículo, damos ocho razones por las que acercarse a esta disciplina.

Por Javier Correa Román      

¿Por qué acercarse a la filosofía?

acercarse a la filosofía
¿Qué es la filosofía?, de Gilles Deleuze y Félix Guattari (Anagrama).

La filosofía es una disciplina muy peculiar. Contaba un profesor de filosofía que tuve una vez que si las ciencias son linternas que alumbran al mundo (la biología, a los seres vivos; las matemáticas, a los números y sus relaciones), la filosofía tiene —además— la capacidad de alumbrar a las linternas: podemos hacer filosofía de la biología, filosofía de la música, filosofía de las matemáticas, etc.

Este ejercicio reflexivo puede llevarse a su límite y convertirse, incluso, en un ejercicio de contorsionismo: la filosofía no solo tiene la capacidad de preguntarse por las ciencias, sino que también puede (¡y anda si lo ha hecho!) preguntarse por ella misma. Este ejercicio, como todos los ejercicios en los que uno se vuelve sobre sí mismo, es un ejercicio difícil, pero bello las más de las veces. «¿Qué soy yo misma?», se ha preguntado muchas veces la filosofía frente a un espejo. «¿Qué significa filosofar?»

En esta ocasión, no vamos a surcar tamaño ejercicio interpretativo, sino que vamos a cambiar ligeramente la partícula interrogativa: vamos a preguntarnos no tanto qué es la filosofía, sino por qué la filosofía. Por qué leerla, por qué amarla, por qué dejarse secuestrar por ella, por qué entregarse a ella como un amante completamente loco, por qué dudar de su existencia, su necesidad y, sobre todo, su utilidad, por qué enamorarla y odiarla al mismo tiempo, pero nunca huirla. Por qué, en fin, tener la experiencia filosófica.

Mucho se ha escrito en defensa de la filosofía y, lamentablemente, la mayoría de las veces se ha hecho cayendo en dos errores que, creemos, son demasiado graves y han sido repetidos en numerosas ocasiones como para caer otra vez más en ellos. El primero es reducir la filosofía a la materia escolar o universitaria de Filosofía. Al incurrir en este error, la defensa o el elogio de la filosofía se convierten, y de esto están llenos los periódicos, en una defensa escolástica sobre la necesidad de la materia filosófica en los espacios educativos. Ante esto cabe preguntarnos: ¿es que acaso no hay filosofía más allá de los espacios educativos?

El segundo error es mucho más grave. Se diferencia del anterior en que no es motivado por unos intereses particulares más o menos velados (como ocurre cuando se defiende la asignatura de filosofía). Este error consiste en practicar una falta total de reflexión filosófica a la hora de defender, precisamente, la filosofía. El resultado es evidente: una retahíla de lugares comunes (estudiar filosofía te hace más crítico, está ligada la democracia, etc.) que se repiten constantemente. Hace un año, en un artículo publicado junto a Myriam Rodríguez del Real, y titulado —precisamente— Cómo no defender la filosofía: desmontando tópicos infértiles, examiné estos lugares comunes.

En esta ocasión, en cambio, queremos cambiar ligeramente el foco de la pregunta, a la vez que evitar incurrir en estos dos errores. Para ello, queremos responder a la pregunta «¿por qué acercarse a la filosofía?» e intentar hacerlo sin apelar a lugares comunes o frases hiperrepetidas. Aceptamos esta pregunta porque, en el fondo, estamos convencidos de que la experiencia filosófica es una de las experiencias vitales que más merecen la pena. Vamos a ello.

En este artículo vamos a preguntarnos por qué leer filosofía, por qué amarla, por qué dejarse secuestrar por ella, por qué entregarse a ella como un amante completamente loco, por qué dudar de su existencia, su necesidad y, sobre todo, su utilidad, por qué enamorarla y odiarla al mismo tiempo, pero nunca huirla. Por qué, en fin, tener la experiencia filosófica

1. Porque arrastramos los mismos problemas

Cuando tuve mi primera ruptura amorosa, mi abuela intentó consolarme. Durante esa ruptura, andaba yo por los pasillos de mi casa llorando a moco tendido y entrando compulsivamente a los perfiles de aquella chica en redes sociales, estableciendo algún tipo de ritual masoquista del que no conseguía despegarme. Leía poemas de desamor y me sentía solo, tremendamente solo.

Mi abuela, la pobre, intentó por todos los métodos y con todo tipo de artimañas afectivas que me sintiera mejor, pero yo, que me sentía horriblemente invadido en mi dolor, le grité que me dejara solo, que qué iba a saber ella y que era muy fácil hablar desde fuera, pero que no tenía ni idea de cómo me sentía. Entonces, ella, con una sonrisa a medio camino entre la burla y la compasión, me dijo: «A ver si te crees, querido, que has sido tú el que ha inventado el amor».

El amor, al igual que el resto de grandes preocupaciones de la humanidad, lleva milenios entre nosotros, y aunque su experiencia se presenta dentro de nuestra biografía particular como radicalmente única, lo cierto es que constituye la experiencia más común de nuestra especie. Lo mismo ocurre con otro tipo de experiencias de nuestra biografía como la muerte, la guerra, el tedio, la angustia… Son experiencias que acompañan al ser humano desde sus inicios. Pero no solo eso, sino que además este tipo de experiencias —las que nos punzan, las que parecen únicas en su dolor— han sido relatadas, reflexionadas y escritas por multitud de pensadores y escritores a lo largo de nuestra historia.

Uno de los principales motivos para acercarse a la filosofía es, pues, asumir que no estamos solos en el amor, ni en la pregunta por el sentido de la vida, ni en el duelo ante la muerte de un ser querido, ni en nuestro propio miedo a la muerte, ni en las preguntas últimas de nuestra existencia. La filosofía es el eco de todos aquellos que, antes que nosotros, amaron, dudaron, pensaron y se preocuparon por su existencia. Leer filosofía es reconocer que no estamos solos, que el tiempo pasa, pero que humanos, lo que se dice humanos, hemos sido siempre. «No has inventado el amor, querido», me diría otra vez mi abuela.

Las experiencias más importantes de nuestra biografía pueden parecer únicas, pero lo cierto es que llevan acompañando al ser humano desde sus inicios. Un motivo para acercarse a la filosofía es leer lo que otros y otras pensaron sobre los mismos temas que hoy, miles de años después, nos siguen preocupando

2. Porque trastoca tu existencia

Leer filosofía es una experiencia insustituible, única, e incluso podríamos decir inefable. Es una experiencia que se puede contar, se puede narrar, algunos incluso la han pintado, pero para adquirirla en su totalidad, para saber de qué hablamos, hay que vivirla.

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Pequeña filosofía para no filósofos, de Friedhelm Moser (Herder).

Leer filosofía es experimentar la epifanía, abrazarla y sorprenderse con ella. Es dejarte golpear por la gustosa (aunque a veces punzante e incómoda) sensación que recoloca todas las piezas de un rompecabezas, la sensación de que un sentido nuevo aparece, de que un nuevo horizonte se abre. «¡Ahora sí!», grita uno.

Pero la epifanía filosófica no es un mero juego literario ni un simple jeroglífico científico, tampoco es una adivinanza para entrenar intelectos; no, no es nada eso. La epifanía que experimenta cualquier lector de filosofía es la propia de aquel que andaba por las tinieblas y ahora puede orientarse entre la densa oscuridad. Por eso, la experiencia de leer filosofía no acaba cuando uno cierra el libro, sino que comienza precisamente ahí, cuando uno mira de nuevo al mundo y lo examina con nuevas gafas. Nada se ve igual.

Y justamente porque nada se ve igual, la existencia de uno se trastoca por completo. Leer filosofía es descubrir en tu vida —sí, en la tuya, no en la de nadie más, sino en nuestra propia vida— nuevos entresijos, nuevos hilos que hilvanan preguntas olvidadas o sugerentes horizontes de comprensión. El lector de filosofía levanta su vista al mundo y es arrastrado con la fuerza de una marea por las preguntas y reflexiones filosóficas que acaba de leer.

Leer filosofía, leer sobre el bien, sobre el mal, sobre la muerte, sobre la familia, leer sobre la justicia o sobre cualquier tema filosófico no se hace, o no debería hacerse, por un mero onanismo intelectual, sino porque uno se juega en esas preguntas su propia existencia. No leemos de la familia en abstracto, sino que leemos de la familia desde una familia en concreto. No leemos sobre el bien como algo lejano, sino porque en nuestra vida existe —o buscamos— el bien.

De tal manera que cuando uno lee filosofía se lee a sí mismo, se expone, se permite ponerse vulnerable ante una idea  (y no hay acto más potente y peligroso) y decirle: «Aquí me tienes, estoy preparado para escucharte». Resuenan con fuerza las palabras de Foucault: «¿Qué valdría el encarnizamiento del saber si no hubiera de asegurar más que la adquisición de conocimientos y no, de un cierto modo y tanto cuanto se pueda, el extravío de quien conoce?». Leer filosofía es estar dispuesto a extraviarse.

Leer filosofía es una experiencia insustituible, única, e incluso podríamos decir inefable. Es una experiencia que se puede contar, se puede narrar, algunos incluso la han pintado, pero para adquirirla en su totalidad, para saber de qué hablamos, hay que vivirla

3. Porque te convierte en un lector activo

Seamos honestos: leer filosofía no es tarea sencilla. De hecho, es probable que sea, sin menosprecio a ninguna otra, de las tareas intelectuales más complicadas. Por su propia naturaleza requiere, ya de entrada, un gran esfuerzo para empezar. No hay promesa alguna de gratificación o goce cuando nos sentamos a leer filosofía y tenemos que hacerlo por la pura y firme convicción de que queremos andar por ese camino, aunque sea pedregoso y el clima no acompañe. Leer filosofía es, y bien lo sabe cualquier lector, un acto radical de la voluntad.

Esta dificultad reside —o al menos tiene una explicación convincente— en que sus tratados son a menudo densos y abigarrados, sin ningún tipo de belleza estilística, con ejemplos a menudo rozando la anacronía y plagados de expresiones que, por estar escritas hace cientos de años, no pueden menos que aumentar la distancia entre el lector y el mensaje.

Por si fuera poco, no solo la carretera no invita al paseo, sino que el coche no es tampoco de lo más apetecible. Las temáticas de los libros de filosofía (como, por ejemplo, cuando se indaga por el ser de las cosas) obligan al propio filósofo a emplear un lenguaje cargado de neologismos en el mejor de los casos, o a subvertir —en el peor de ellos— el significado natural de los términos, torciendo el lenguaje sin pasión, para entrar en temas tan abstractos. En fin, leer filosofía, qué podemos decir, no es nada fácil.

Por eso, leer filosofía es uno de los ejercicios de lectura más completos y complicados para cualquier lector. Es un reto mayúsculo y un proceso de aprendizaje lector en toda regla. Requiere siempre, y no hay libro de filosofía que no lo requiera, de un serio esfuerzo por parte de la persona que lee. A diferencia de otras lecturas probablemente más placidas, como la literatura, o menos exigentes, como el reportaje de un suceso, la lectura filosófica obliga al lector a poner de su parte, a vencer sus apetencias y a sentarse frente a lo incomprensible.

Quien lee filosofía, frente a otras modalidades de lectores, necesita no solo leer, sino constantemente interpretar, dilucidar, excavar entre la maraña de argumentos (muchas veces no evidentes), averiguar qué diantres quiere decir el autor cuando dice lo que dice y qué implicaciones teóricas —y prácticas— tiene eso que dice.

Quien lee filosofía tiene que ser también un lector o una lectora voraz, que no se deje avasallar por un tratado con miles de páginas. Pero también ha de ser un lector atento, sin prisa, cuidadoso, suspicaz de los detalles minúsculos, de los silogismos escondidos. Una lectora que perciba las trampas dialécticas que su interlocutor le intenta esconder y que, a la vez, aprecie la belleza del texto, la grandeza de su argumento y la importancia de sus cuestionamientos.

Por su propia naturaleza, leer filosofía requiere, ya de entrada, un gran esfuerzo para empezar. No hay promesa alguna de gratificación o goce cuando nos sentamos a leer filosofía y tenemos que hacerlo por la pura y firme convicción de que queremos andar por ese camino, aunque sea pedregoso

4. Porque es un baño de humildad

Es casi un lugar común citar el célebre «solo sé que no sé nada», dicho por Sócrates, como ejemplo de que es natural al sabio percatarse de su ignorancia. En realidad, y a pesar de su persistencia en los lugares comunes, es una frase difícil de interpretar y contradictoria en sí misma, cuyo significado debería insertarse en el marco de la epistemología platónica. Sin embargo, sea como sea, en su interpretación cotidiana nos sirve para iluminar algo fundamental del quehacer filosófico: la humildad de ser consciente de todo lo que no se sabe.

¿Qué queremos decir con esto? La sensación que recorre a todo lector o a toda lectora de filosofía es la de que siempre hay más. La causa de esta sensación es que el saber filosófico es un saber caracterizado por la apertura. Los problemas filosóficos no se cierran, tan solo se enriquecen. A diferencia de los problemas de las ciencias, que se cierran cuando se resuelven y quedan expuestos a las vitrinas de la historia de la ciencia, los problemas filosóficos solo se abren más y más.

Por este motivo, leer filosofía es adentrarse en un tejido con infinidad de nodos interconectados. Lejos están las parcelas estancas de la ciencia. Da igual por dónde empieces a leer filosofía: podrías recorrer todos los libros escritos de filosofía pasando de un libro a otro, de una cita a otra, de un problema filosófico a su vecino. De ahí que uno se asome a la filosofía y se asome al infinito y basto abismo de una tradición de miles de años, a una inmensidad de conocimientos que ni siquiera intuía antes de entrar. Ante este precipicio de saberes, uno no puede menos que relativizar su propio conocimiento.

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¿Qué es filosofía?, de José Ortega y Gasset (Austral).

Sin duda, una de las razones más bellas para acercarse a la filosofía es esta apertura al infinito. Leer filosofía es poner en crisis nuestros horizontes (vitales y epistémicos), martillear nuestras convicciones para abrir una brecha a nuevos pensamientos, a nuevas ideas, a caminos insospechados. Y es la propia naturaleza del saber filosófico, interconectado en su totalidad y caracterizado por la apertura, la que nos invita precisamente a esto: a investigar, a explorar, a no dejar de avanzar, a seguir mirando, a pasar de un libro a otro, a quedarse con una cita y buscarla en otro libro.

El camino filosófico parece no agotarse nunca y la investigación del filósofo parece estar siempre en un eterno punto de partida. «Hay un infinito ante mí», siente uno. Da igual el camino que llevemos a nuestras espaldas porque siempre parece el primer día, siempre ante nosotros la misma inmensidad. Esto, que para muchos puede ser motivo de desaliento, para el lector de filosofía es una de las mayores ventajas de su disciplina. La filosofía es un bosque quizá desagradecido, denso, inacabable, pero que entrega, a cambio, nuevos caminos constantemente, que siempre permite la experiencia de lo novedoso.

Si el caminante promete andar con intereses inagotables, el bosque filosófico promete responder con caminos nuevos cada día. «¿Quién es este autor al que se cita en una nota a pie de página?». «Nunca había pensado de esta forma en este tema, ¿habrá más bibliografía?». La filosofía es infinita y la experiencia de lo infinito es una de las experiencias más bellas que se pueden experimentar.

Pero esta infinidad no viene solo por la ingente cantidad de textos filosóficos y por el hecho de que la filosofía no clausura nunca el pasado, sino además por su infinita interpretación. No es que haya infinitos libros de filosofía (aunque casi), sino que el mismo libro de filosofía puede recorrerse mil veces como si fuera la primera.

Y es que uno vuelve una y otra vez por los mismos senderos por distintos momentos de su vida y ve cómo han cambiado los colores de los árboles: «¡Ah! —dice— No me fijé en esto la última vez que pasé por aquí». Vuelve una y otra vez y siempre hay nuevos caminos, siempre hay nuevas fugas. Siempre lo nuevo, siempre el infinito para quien lee filosofía.

Hoy más que nunca los lectores y las lectoras debemos apreciar esta experiencia de lo infinito. Quizá hace doscientos años, cuando la experiencia religiosa todavía ordenaba (con más o menos sentido) la vida de los ciudadanos europeos, la experiencia filosófica no tenía tanto de especial. Pero ahora, tras la muerte de Dios y en un capitalismo hiperacelerado, ante la liquidez de la mayoría de nuestros procesos, vivir la experiencia de lo infinito, del abismo del conocimiento inacabable, es una de las experiencias más importantes que uno puede vivir hoy.

En fin, la filosofía es infinitud y apertura, y el lector de filosofía es un lector que goza con estas características, pero que a su vez aprende de ellas. Precisamente por esta apertura eterna, la filosofía es un diálogo con los grandes pensadores de nuestra tradición. A diferencia de la literatura científica, que —por su clausura— valora más la novedad y el diálogo con lo nuevo, la filosofía mantiene vivas a las grandes voces del pasado.

La filosofía es leer a gente que marcó el paso intelectual de toda una época y acercarse a la filosofía es tener la opción, que de otra forma sería imposible, de dialogar de tú a tú con ellos. De escucharlos, de aprender de ellos, de ver el esfuerzo titánico por categorizar que llevaron a cabo. Esto no puede no ser un baño de humildad para quien lee.

La filosofía es la experiencia de lo infinito: infinitos textos, infinitas conexiones, infinitas interpretaciones. Si el caminante promete andar con intereses inagotables, el bosque filosófico promete responder con caminos nuevos cada día

5. Porque puede enseñarte a argumentar

La filosofía es, ante todo y sobre todo, un diálogo, un debate entre diversos autores. Acercarse a la filosofía es nadar por el entre de los textos, por las preguntas que unen dos textos, por los axiomas que separan otros. Leer filosofía es situarse siempre en un intermedio espacial y temporal, es siempre empezar a pensar con otros que ya estaban pensando antes y para otros que pensarán después que tú. Por este motivo, porque la filosofía es siempre diálogo con la tradición, pensamiento con el presente y debate hacia el futuro, por este motivo, decimos, filosofar implica siempre debatir, confrontar y exponer contra otro las opiniones y creencias personales.

A diferencia de la religión, fundamentada en última instancia —aunque no solo— en la fe irrebatible de que existe Dios, la filosofía pretende demostrar (en el mejor de los casos) o convencer (en el peor de ellos) de sus ideas y argumentos. El filósofo aspira a construir un relato epistémico seguro, bien anclado en su base, que se sostenga por sí mismo y que no dependa de trucos retóricos. Esta pretensión obliga al filósofo a desplegar todo su poder dialéctico: argumentos poderosos, detección de falacias de sus contrincantes, deducciones limpias y elegantes…

Además, y a diferencia de la escritura literaria, la escritura filosófica es una escritura muy sistemática, una escritura históricamente acostumbrada a escribir grandes tratados (o, al menos, así lo ha sido tradicionalmente). Por este motivo, acercarse a la filosofía le convierte a uno en un lector acostumbrado a navegar entre ideas ordenadas, seguidas unas de otras en su camino deductivo.

En fin, el lector de filosofía es un lector acostumbrado a las argumentaciones. Un lector riguroso, acostumbrado a las más duras y secas argumentaciones sobre los temas más abstractos. Es un lector acostumbrado a detectar los juegos tramposos del lenguaje, porque ha participado como espectador en las grandes diatribas y disputas intelectuales de nuestra tradición. Es un lector hábil, con una delicadeza en la vista demasiado fina, que busca en los recodos de las palabras y somete a duros interrogatorios a los argumentos que llaman a su puerta.

Es un lector, en fin, al que no es fácil engañar porque se viste siempre con una duda metódica, a veces manchada de suspicacia, pero cuyo fin es siempre el desenmascaramiento de las trampas dialécticas y sus juegos.

Quien lee filosofía es un lector en constante debate, acostumbrado a detectar falacias y a seguir rigurosas y abstractas argumentaciones. Acercarse a la filosofía le permite a uno familiarizarse con todo tipo de trampas y recovecos dialécticos

6. Porque es un tipo de relación con el pasado

El pasado siempre está ahí. No de una forma evidente, pues el pasado parece haberse esfumado de nuestro presente, pero sí que está de alguna forma. A veces, el pasado es una huella en nuestro día a día; otras, el pasado constituye la fuerza que nos arrastra en una inercia que no comprendemos. Con razón García Márquez, en su novela Cien años de soledad, situaba a los muertos en el mismo plano que a los vivos, deambulando por sus habitaciones y charlando con ellos. ¿O no son la fuerza de los muertos la grieta más dura de nuestro presente?

Sin embargo, nuestro tiempo se caracteriza por un maltrato sistemático al pasado. La secularización del cristianismo, con su historia lineal, orientada hacia el futuro de salvación, ha devenido en la historia del progreso científico. Nuestra época es la época del progreso, siempre orientada hacia delante, siempre ansiosa de un futuro por conquistar. ¡Más inventos! ¡A por el siglo XXII! ¿Y el pasado? ¿Dónde queda el pasado en esta concepción? En el olvido, pues el pasado, dicen, se ha superado: las teorías de Galeno se han superado con las teorías médicas contemporáneas, las teorías de Ptolomeo con la nueva astronomía y así sucesivamente. No hay pasado en nuestro presente.

En este sentido, el lector de filosofía es un lector clandestino, que callejea por los vericuetos de su presente y camina, sin ser visto y de forma sigilosa, hacia el pasado. Acercarse a la filosofía es asistir a un encuentro vivo con su pasado, un diálogo intertemporal. Los filósofos del pasado y sus teorías no se superan, el pasado no claudica ante la lectura filosófica, sino todo lo contrario: el pasado se reactualiza, el presente se ensancha y el pasado (ahora sí, verde, muy verde) brota debajo de los adoquines. El lector de filosofía es un lector que atiende a estos brotes, los huele, reconoce en él sus mismos problemas y deja trastocar su existencia por ese aroma.

Dice Hamlet, en la quinta escena del acto primero, cuando su padre le confiesa su asesinato y él duda de la propia aparición o de si se está volviendo loco, que «time is out of joint» [«el tiempo está dislocado»]. La filosofía crece y germina precisamente en esta dislocación temporal, en ese rasguño del folio del tiempo en el que el presente se vuelve hacia el pasado y camina hacia el futuro. El lector de filosofía está, como Hamlet, fuera del tiempo, pero a la vez, presente en él, consciente sus flujos y rugosidades. El lector de filosofía es un lector del tiempo.

El lector de filosofía es un lector clandestino, que callejea por los vericuetos de su presente y camina, sin ser visto y de forma sigilosa, hacia el pasado. Acercarse a la filosofía es asistir a un encuentro vivo con su pasado, un diálogo intertemporal

7. Porque cultiva el deseo

Aunque se ha repetido hasta la saciedad, no viene mal recordarlo una vez más. Filosofía, etimológicamente hablando, significa amor por el conocimiento. El filósofo no se caracteriza por otra cosa sino por desear saber más, por su asombro y por su curiosidad. Lo que caracteriza a la filosofía —frente a otras ciencias— no es su objeto de estudio (bio-logia, zoo-logia), sino una determinada actitud. La actitud del deseo.

El deseo es una fuerza motora. Desear significa incubar dentro de nosotros una fuerza que nos impulsa a capturar la realidad, a hacerla nuestra, a agenciarnos de ella. El sujeto que desea está, de alguna forma, menos sujeto, pues echa a andar para capturar lo que desea. Es este movimiento, este deseo de andar por la realidad y agenciársela, lo que caracteriza al filósofo en primera instancia.

Quien lee filosofía no es un lector que lea porque crea que lo que lee tiene algún tipo de interés. No lee porque necesita algún tipo de solución práctica. El lector de filosofía es un lector en perpetuo asombro, que sale de sí y de sus necesidades y se maravilla con los discursos y las lecturas del mundo. El lector de filosofía es un lector inútil, que no gana nada leyendo filosofía.

Por eso mismo, quien lee filosofía es un lector sensible, atento al mundo que le rodea. Un lector cuyo motor de lectura no nace de su propia biografía (aunque pudiera ser), sino que nace de su propio deseo de conocer. Conocer el mundo, conocer el lenguaje, conocer a Dios, conocer el amor, conocer la justicia. Para el lector de filosofía, y probablemente en esto sea la excepción con respecto al resto de lectores, conocer es sinónimo de desear.

Filosofía, etimológicamente hablando, significa amor por el conocimiento. El filósofo no se caracteriza por otra cosa sino por desear saber más, por su asombro y por su curiosidad. Lo que caracteriza a la filosofía no es su objeto de estudio, sino una determinada actitud. La actitud del deseo

8. Porque la filosofía no basta

Todo aquel que lee filosofía, todo aquel que se siente en mayor o menor medida identificado con esta lista de razones, todo aquel que dice «¡ah! Sí, todo esto lo siento cuando leo filosofía», en fin, todo aquel que se reconoce como un amante (philía) del saber (sophia), todos ellos, decimos, corren el riesgo de sucumbir a su propio enamoramiento y pensar que la filosofía es el fundamento último del mundo. «¡Qué bien que encontré esto! —dirían—. Ni yo ni el mundo necesitamos nada más». Pero no es cierto, claro que lo necesitamos.

Esta fase de enamoramiento de los lectores de filosofía, entremezclada en algunas ocasiones con cierto aire de superioridad, está más extendida de lo que nos gustaría. El deseo y el amor al conocimiento dejan paso a una relación obsesiva y posesiva donde uno se vanagloria en todas sus conversaciones de sus arduas y complejas lecturas mientras desprecia la simpleza de la cultura popular.

Pero el buen lector de filosofía debe mantenerse humilde, muy humilde, en su enamoramiento. Debe saber que las grandezas de la filosofía no bastan para un mundo en llamas, y ni siquiera bastan para un alma en crisis. La filosofía tiene muchas grandezas, como hemos visto, pero de nada sirve leer sobre el beso si luego no besamos, leer sobre la revolución si luego no la hacemos, leer sobre el mundo si, en fin, luego no lo apreciamos con nuestros amigos durante un atardecer.

La filosofía no basta por ella sola, aunque los cantos de sirena de Cupido intentarán convencernos de que sí, de que estamos en algún tipo de cúspide de Dios sabe qué pirámide y de que podemos encerrarnos en la torre de marfil de los papers y las revistas académicas y los clubs de lectura y demás asociaciones. Pero no, ni podemos ni debemos, porque lo que siempre debe reconocer cualquier lector de filosofía es que el deseo que nos inocula la filosofía colorea el mundo, pero que ese mismo deseo, precisamente, solo se completa cuando nos invita a salir al mundo.  

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8 COMENTARIOS

  1. Bien interesante… A falta de una razón, buenas son ocho… Yo ya sospechaba de mí, porque traicionando mi formación profesional colo Psicólogo y Lic. en Español y Literatura, me sorprendí a mí mismo leyendo más filosofía…

  2. Un artículo muy interesante que comparto plenamente. Leer filosofía para mi ha sido, no sólo adquirir conocimientos, sino aprender a viajar por mi ser interior acompañado por otros que han tenido las mismas dudas que yo y que escribieron con más profundidad de lo que yo podía imaginar.

    • No creo que se debería de limitar la figura del apasionado al saber en «lector de filosofía». Despegar las narices de los libros y «círculos cerrados» también está en la entidad del filósofo.
      Diría que Nietzsche, Marx o Aristóteles veían el atardecer pero sin reducirlo al sol «ocultándose».

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