El otro día estaba en la playa, cerca de la orilla. La mar estaba algo revuelta, pero no lo suficiente como para no ver con claridad el fondo de arena que emerge cuando el agua se repliega. A mi lado había un padre con su hijo, el cual removía la arenilla con los dedos de sus pies. Le hacía gracia crear torbellinos, y cuanto más espesos se hacían, más feliz se volvía el niño…
Por Adrián Pastor Pascual, filósofo y escritor
El padre le dijo en un momento: “Deja a la arena en paz, hijo, que cada cosa debe caer en su lugar”. Y pensé en Aristóteles, cuando defendió que cada elemento natural debía ocupar el lugar que le era propio; y también en Platón, cuando propuso que cada individuo debía ejercer la función en la vida para la que había nacido. Según los dos filósofos griegos, y según el padre que tenía al lado, todo a nuestro alrededor, incluidos nosotros, poseemos un estado que nos es propio, e intentar modificarlo supone desnaturalizar cualquier estado del ser, aunque pensemos estar peleando únicamente por el nuestro. Ahora bien, ¿qué ocurre realmente?













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