El amor no se relega a una sola disciplina o a una sola institución, no puede reducirse únicamente al romanticismo, a la poesía o a la literatura. El amor es una dimensión humana. Sin embargo, pareciera esquivo a la filosofía, como dice el filósofo francés Jean-Luc Marion en El fenómeno erótico:
«Semejante abandono de la cuestión del amor por parte del concepto debería escandalizar, tanto más en la medida en la que la filosofía tiene su origen en el mismo amor y solo en él, ese gran dios. Nada menos que su nombre lo atestigua: amor a la sabiduría».
Acto seguido, Marion se pregunta sobre el acontecimiento de amar el conocimiento, amar conocer y amar lo aprehendido. Todo lo material e inmaterial se hace asible al hombre. Sin embargo, algunos aspectos del ser se dejan a la suerte para ser comprendidos, desvirtuados o malinterpretados, por su complejidad, por indiferencia o, como en el caso del amor, por limitarlo a la mera sensualidad.
¿Pensar algo que siempre da cuenta de ser sentido? Se siente el amor cuando llega en forma de espasmo en la panza, el beso, la caricia que emociona, el compromiso que atrae y asusta, cuando la ausencia se siente, el adiós de lo amado aniquila. Entonces, si el amor es acontecimiento, si es fundamento de todo quehacer humano, si es una dimensión primordial de la persona, ¿por qué se hace tan tedioso o incomprensible hacer de él una asignatura aprendida desde la niñez y que se testimonie en la juventud?
El amor se practica a partir de la versión repetida de lo que sucede afuera, de lo que hemos visto como espectadores o lectores, de las novelas que nos recrearon en la recurrente sentencia de «y fueron felices para siempre». Se practica con supuestos como la eternidad, la felicidad y la evidencia permanente. La psicología ya nos ha advertido sobre el estado peligroso al que conlleva idealizar al amor y al amante, la ciencia repara en el estado hormonado y enfermizo de los deslumbrados amantes que además se hace temporal, y la realidad nos habla de la inminente rutina. ¿Por qué entonces la filosofía no da cuenta de los recovecos del amor?
El tan cultural hecho del amor, del que todos nos sentimos maestros, perdedores o afortunados, además de tan deseable como la salud y la riqueza, nos da bofetadas desafiantes sobre su eternidad. No obstante, nos seguimos amando, por prestigio o miedo a la soledad; seguimos buscando para amar y/o ser solo amados. El acopio popular dice que «de amor nadie se muere», pero sí que los hemos visto a punto de dejar este mundo por su opuesto el desamor, al límite de no encontrar en la lógica una explicación, en la contrariedad por no poder hacer del otro u otra una propiedad.













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