Una de las dicotomías clásicas que han atravesado el hacer filosófico es la dupla entre razón y emoción, según señala la crítica feminista a la historia de la filosofía. Asociado típicamente con lo femenino, la emoción ha sido relegada a un segundo plano como fuente de conocimiento fiable. Hoy se reivindica, y es desde aquí desde donde cobra sentido hablar de las místicas, cuya experiencia es una forma de mirar el mundo que no pasa precisamente por la fría lógica. Podemos definir la mística como un tipo de experiencia directa de lo divino, una intuición que exige otro lenguaje: uno más poético, capaz de rozar lo inefable.
Sin embargo, hay algo en la reivindicación de las místicas (y no de los místicos) que «huele» a lo mismo de siempre. Equiparar a los hombres con la razón y a las mujeres con la emoción, exacerbar el «mundo interior» de las mujeres, que han sido históricamente relegadas a la esfera privada, mientras que la pública pertenecía mayoritariamente a los hombres, o reivindicar una cierta «emancipación femenina» (muy en la línea de las reivindicaciones de los movimientos de mujeres de las últimas década) en forma de reclusión religiosa no dejan de ser elementos que llaman la atención.
Pero ¿quiénes eran ellas? ¿Y qué opinaban? Abordamos en este artículo el pensamiento de algunas de las principales representantes del pensamiento místico.
Hildegarda de Bingen (1098-1179)
Hablar de Hildegarda de Bingen es adentrarse en una de las experiencias místicas más radicales, influyentes y enigmáticas de la tradición occidental, porque pocas figuras en la historia de la espiritualidad han descrito con tanta precisión y hondura el modo en que la luz divina atraviesa el alma y la transforma desde dentro.
Su obra, creada a través de visiones, está repleta de gran densidad teológica: se trata de un diálogo entre el cielo y el mundo. La visión, para ella, no era una metáfora, sino un acontecimiento que dio forma a su palabra.
Recuerda Victoria Cirlot en Hildegard von Bingen y la tradición visionaria de Occidente que sus visiones fueron inseparables del momento en que inauguró su escritura, el año 1141. Escribe Hildegarda que «del cielo abierto vino a mí una luz de fuego deslumbrante; inundó mi cerebro todo y… inflamó todo mi corazón y mi pecho». Desde entonces, su vida entera quedó sostenida por esa presencia interior que ella llamaba «la sombra de la luz viviente», un estado de percepción espiritual constante.
El Libro de las obras divinas (su obra visionaria más madura) reafirma esta comprensión del mundo espiritual como una estructura de luz y movimiento. Allí, Hildegarda de Bingen trata de describir con imágenes la relación entre el alma y Dios y revela la esencia de su mística: para ella la vida humana es ascenso, combate interior y retorno hacia la luz que es origen y destino del alma.
Más allá del contenido doctrinal, las visiones de Hildegarda constituyen un gran universo simbólico. Cirlot subraya que proceden de una «tierra visionaria», un espacio intermedio entre lo visible y lo invisible. No sorprende que sus contemporáneos la consideraran una gran mística. Hildegarda no escribió tratados, sino que su obra surge de la visión, como ella misma afirma: «Lo que escribo es lo que veo y oigo en la visión, y no pongo otras palabras más que las que oigo». Esa fidelidad absoluta a la fuente divina de su inspiración explica la fuerza estética, teológica y literaria de sus textos.
Al final de su vida, De Bingen pensaba que había sido testigo y mediadora de una luz que no era suya. Planteó su misión, entendida como tarea profética, como mostrar que la interioridad del ser humano es el espacio donde Dios se revela.
La obra de Hildegarda de Bingen, creada a través de visiones, está repleta de gran densidad teológica: se trata de un diálogo entre el cielo y el mundo. La visión, para ella, no era una metáfora, sino un acontecimiento que dio forma a su palabra














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