Desde el nacimiento de la sociedad moderna, y con la generalización de la experiencia estética en la sociedad masas, el arte ha ido incubando un problema que no podemos ignorar más: ¿es mi parecer un criterio suficiente para establecer la valía artística de una obra? ¿O, por el contrario, hay grandes obras de arte independientemente de lo que a mí me hagan sentir? Pero, de ser así, ¿quién pone los baremos sobre lo que es o no el buen arte? ¿Los museos? ¿Los expertos? ¿La tradición?
Este es un problema que lleva entre nosotros desde el comienzo de la modernidad. Hume, célebre filósofo ilustrado, abordó este tema y supo ver las enormes contradicciones que traía consigo. Examinemos en primer lugar de dónde nace este problema y repasemos algunas nociones básicas de la teoría estética de Hume.
¿Belleza en el objeto o en la percepción del sujeto?
Desde los antiguos griegos, la tradición occidental ha abordado la belleza de forma racionalista y con criterios puramente formales. Se decía que la belleza era la armonía del cuadro, la proporción entre las formas u otros criterios similares. Sin embargo, el empirismo británico abandonó este sendero y apostó por defender que la belleza no está en el objeto (como no lo están los colores, por ejemplo), sino que es una percepción del sujeto que observa el mundo.
Así, para Hume, como para otros empiristas, la belleza de un objeto no es otra cosa que el sentimiento de placer que acompaña a nuestra percepción del mismo. En otras palabras, cuando decimos que algo es bello lo que significa es que gozamos al percibirlo, es decir, que nos place su observación.
Sin embargo, y como es fácil deducir, definir la belleza desde el sujeto que observa tiene una deriva relativista muy fuerte: ¿y si a mí me parece más bello un dibujo de mi hijo que el Guernica de Picasso? Para resolver esta disputa —y, así, huir del relativismo que le achacaban—, David Hume escribió en su madurez Sobre la norma del gusto, donde propuso una serie de cualidades que debíamos tener para juzgar correctamente.
De esta forma, sostiene Hume, las disputas sobre si una obra de arte (o una película o una canción) es mejor que otra surgen porque nuestras percepciones están viciadas: bien porque tenemos intereses (como el padre con su hijo), bien porque tenemos poca experiencia interpretando obras de arte, bien porque no tenemos suficiente delicadeza y pasamos por alto detalles, etc.
La tesis de Hume es muy simple: si tenemos gustos diferentes es porque estamos llenos de prejuicios o no estamos suficientemente entrenados, entre otros motivos. A las personas que perciben adecuadamente, porque han trabajado sobre su percepción estética, es a lo que Hume llamó «críticos de arte». Dicho todo esto, parece que tenemos solucionado el problema: el relativismo en el arte se resuelve mejorando nuestra percepción o apelando a los críticos.
¿Quién pone los baremos sobre lo que es o no el buen arte? ¿Los museos? ¿Los expertos? ¿La tradición? David Hume vio las enormes contradicciones que este tema trae consigo
A raíz de esta discusión, el filósofo estadounidense Jerrold Levinson (1948) propuso hace unas décadas lo que él llamo el real problem de la filosofía de Hume: si la belleza consiste en el sentimiento de placer que acompaña a determinadas percepciones, ¿por qué intentar mejorar nuestras aptitudes personales para apreciar un cuadro del Museo del Prado si ya gozamos con otras manifestaciones artísticas, aunque sean consideradas mediocres por los críticos (como una película de sobremesa)?
Es decir, Hume sostiene que el crítico de arte, el que ha pulido su percepción, sabe captar la belleza mucho mejor que otras personas, pero todavía falta por responder una pregunta crucial: ¿por qué querer ser cómo el crítico de arte? ¿Por qué querer disfrutar con los grandes clásicos del arte o de la literatura?
O, en otras palabras, ¿por qué debería importarme lo que le genera placer al crítico de arte si yo no soy uno de ellos y cada vez que empiezo el Ulises sufro porque no me gusta? Si de lo que se trata es de tener placer estético, ¿no será mejor aquella persona que disfruta con mil obras burdas que aquella que solo consigue ver la belleza en los cuadros de Velázquez?
La solución particular de Levinson al real problem es defender que los grandes clásicos, las grandes obras de arte que están en el museo, aportan más placer estético que las obras de arte «menores». Visto de esta forma, nuestro aliciente para mejorar nuestra percepción debería ser la promesa de un disfrute estético mayor: ahora no gozamos con el arte de los museos o al leer a Joyce, pero si pulimos nuestras percepciones, podremos disfrutar de estas obras de arte y encontrar un placer estético inmenso.
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Valorar y sobrevalorar el buen arte
Esta solución, sin embargo, no convence a muchos, entre ellos a James Shelley, profesor de estética de la Auburn University, en Estados Unidos y comentarista de Hume. Shelley cree que la solución de Levinson en realidad no es ninguna solución al problema. De hecho, todo lo contrario: lo agudiza.
Según Shelley, es probable que obtengamos un placer estético menor al ver obras vulgares (como una película mediocre o una canción comercial) que el placer que obtienen los críticos de arte cuando gozan y disfrutan con una gran obra de arte. Pero parece, sigue Shelley, que tenemos una «ventaja compensatoria» cuando sobrevaloramos obras mediocres. De esta forma, el placer que yo no recibo por valorar correctamente el Ulises de Joyce queda compensado por el placer que recibo por las obras de arte mediocre que «sobrevaloro».
En este punto, sostiene Shelley, parece que estamos igualados respecto al placer que reciben los críticos de arte (el placer medio es el mismo). Sin embargo, Shelley señala un punto que desbarata la propuesta de Levinson: los críticos de arte no sobrevaloran ninguna obra, sino que su placer es el estándar, la norma, el que debería ser. Y para más inri, no es solo que los críticos no sobrevaloren, sino que su delicadeza estética conlleva además cierta decepción cuando la obra de arte no es buena.
¿O no se enfurecen y decepcionan con los productos baratos de la industria cultural? El resultado para Shelley es evidente: los críticos quizá reciban más placer por valorar una gran obra de arte, pero de esas hay muy pocas y se decepcionan constantemente con los productos mediocres. La gente común, en cambio, sobrevalora miles de productos medianos y obtiene, probablemente, mucho más placer estético en general.
La pregunta entonces sigue en el aire: ¿por qué valorar «correctamente»? ¿Por qué esforzarnos en ver lo bueno y maravilloso que es el Ulises? Si de lo que se trata es de gozar con la belleza… ¿Por qué despreciar nuestro gusto y aceptar el de los críticos o especialistas si podemos sobrevalorar todas las obras mediocres de nuestra cultura de masas para obtener así infinito placer? En fin, ¿por qué culparnos por nuestros gustos? ¿No se trata, al fin y al cabo, de gozar?
*Este artículo se publicó originalmente en el número 4 de la revista impresa FILOSOFÍA&CO.
Javier Correa Román (Madrid, 1995) es doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Redactor de FILOSOFÍA&CO, es autor de cinco libros, los últimos publicados: Estética y Emancipación. Hacia una teoría del arte de lo común (2021), Micropolítica del amor. Deseo, capitalismo y patriarcado (2024), y, en Libros de FILOSOFÍA&CO, Arte en la era digital (2023) y Nihilismo (2025). Es librero de malaletra.



















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