Carl Schmitt: leer a los clásicos para entender nuestro mundo

Carl Schmitt ve que las grandes épocas históricas les corresponde une metafísica concreta, de la que emanan conceptos fundamentales como “soberanía”. El estudio del origen de esas analogías será lo que motive su proyecto de teología política. Imagen de la escultura “Formella 21, Platón y Aristóteles, o la Filosofía
Carl Schmitt ve que a las grandes épocas históricas les corresponde une metafísica concreta, de la que emanan conceptos fundamentales como «soberanía». El estudio del origen de esas analogías será lo que motive su proyecto de teología política. Imagen de la escultura «Formella 21, Platón y Aristóteles, o la Filosofía», de Luca Della Robia, de Wikimedia Commons, bajo licencia CC 2.5.

La comprensión religiosa de Carl Schmitt sobre la historia política occidental, desde la que se enfrentó al liberalismo de su tiempo, terminó por ser una monumental influencia en campos tan dispares como la teoría constitucional, las relaciones internacionales o la teología política.

Por Pedro Merino Gallardo

Carl Schmitt: un jurista católico y antiliberal

No cabe una discusión en torno a Carl Schmitt como sí, en parte, con Heidegger. ¿Fue Carl Schmitt cercano al nazismo y tienen sus trabajos que ver teóricamente con el nacionalsocialismo? Sí, no hay duda. Ahora bien, su posición siempre fue distinta, más católica y latina que griega y pagana.

Su comprensión religiosa de la historia política occidental, desde la que se enfrentó al liberalismo de su tiempo, terminó por ser una monumental influencia en campos tan dispares como la teoría constitucional, las relaciones internacionales o la teología política. Como muchos otros, Schmitt criticó la creciente tecnificación y liberalización política que venía de la mano de la creciente hegemonía de los Estados Unidos.

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El concepto de lo político, de Carl Schmitt (Alianza).

No lo hizo, desde luego, desde una posición democrática ni republicana, sino desde una defensa clara de la soberanía personal como fundamento decisivo de lo político. ¿Por qué leer a Carl Schmitt entonces? Porque aún desde posturas reaccionarias, dictatoriales y antiliberales, sus trabajos estudian nuestro mundo liberal y tecnificado desde el otro lado de las trincheras.

La secularización como vía a la Modernidad

Schmitt sigue, aunque en una dirección distinta, la estela de Max Weber, al que siempre cita con el mayor respeto. Partiendo de sus ideas acerca del origen secularizado del espíritu moderno, Carl Schmitt ve detrás de las grandes épocas histórico-políticas una teología o metafísica concreta. Es de las transformaciones de esos marcos teológicos y de sus ideas de los que han surgido conceptos políticos fundamentales como el de soberanía. El estudio de esas analogías y orígenes es el objeto de su proyecto de teología política.

Partiendo del siglo XVII, un siglo político por excelencia, los sistemas teológicos fueron progresivamente secularizados y fueron teniendo, en paralelo, un sistema político que los reflejaba. Así, al Deus absconditus trascendente del XVII correspondía el soberano absoluto, que a la vez que imponía un orden de reglas generales, podía saltárselas con figuras paralelas al milagro.

El siglo XVIII, con su deísmo, negó estas intervenciones divinas y a la vez afirmó el estado constitucional de derecho, cuyo funcionamiento es autónomo, general y sin intervenciones de un soberano superior. Más tarde, el anarquismo reflejaría el ateísmo, negando cualquier figura superior en el plano teológico y político. Bakunin sería uno de los mayores enemigos teóricos de Carl Schmitt.

Esta paulatina «desteologización», pérdida de la figura del Dios trascendente absoluto y, por lo tanto, también del soberano personal, fue diagnosticada por Carl Schmitt como el gran problema del liberalismo parlamentario de su tiempo. El liberalismo desterraba el componente soberano y decisorio fundamental de la política y se perdía en eternas discusiones acerca de la gestión de los asuntos públicos.

El mundo que Schmitt veía venir, y al que se opuso desde el principio, el nuestro, traía la despolitización y la conversión de los asuntos públicos en economía. Paradójicamente, el estado que ahora intervenía en casi todos los asuntos de la vida de sus habitantes, dejaba de lado su sustancia política y pasaba a ser un gestor.

Carl Schmitt se ve, por lo tanto, como un pensador jurídico que trata de recuperar la política apoyándose en la tradición, tanto teológica como filosófica. Cuando lo hace mirando al exterior del estado recuerda el derecho público europeo clásico de forma idealizada y se opone a los bolcheviques y a su contraparte norteamericana. Cuando mira hacia el interior del estado, se ocupa sobre todo de la soberanía: de su recuperación y de su diseño concreto en la constitución alemana en la figura de un defensor de la constitución.

Con la llegada de la Modernidad, los sistemas teológicos fueron progresivamente secularizados y fueron teniendo, en paralelo, un sistema político que los reflejaba

La teología política de Carl Schmitt: el problema de la soberanía

Sus primeros trabajos se dedican al problema de la soberanía y su pérdida como consecuencia de la despolitización. En su estudio sobre la dictadura, trató de defender el uso del concepto que había caído en desgracia frente al de democracia. Dictadura era, según defendía el jurista, una institución que desde los romanos reservaba el derecho a alguna figura política de defender el orden público.

La dictadura era reflejo de la soberanía, ya que, como decía en una de sus posiciones más célebres, soberano es aquel que decide en la excepción. Nuestros modernos estados de alarma, excepción y sitio le deben mucho a este planteamiento schmittiano.

Su proyecto de teología política tuvo en realidad dos niveles. Por un lado, era un estudio descriptivo de la secularización de ciertos conceptos clave de la teoría política moderna, pero, por otro, sostenía una gran carga teórica, porque no se limitaba a explicar ese origen, sino a defender su necesidad y a negar la posibilidad de entender el poder político como independiente del fenómeno religioso. Sin fundamento religioso, la política termina por ser una esfera de gestión sin el alcance necesario para hacer frente a los retos de su tiempo.

De este proyecto, al margen de sus posiciones concretas, surgió un debate académico de gran alcance que estudia las relaciones entre la religión y la política no solo como característica particular de Occidente, sino a nivel global. De su estela surgen trabajos tan importantes, como Los dos cuerpos del rey, de Kantorowicz, o, el más actual, Poder y salvación, de Jan Assmann.

Para Carl Schmitt, sin fundamento religioso la política termina por ser una esfera de gestión sin el alcance necesario para hacer frente a los retos de su tiempo

Carl Schmitt, lector atento de los clásicos

Debido a este doble nivel, descriptivo y polémico, de su teología política, Carl Schmitt analiza los clásicos valorando sus méritos y culpas con respecto a la construcción ideológica del Estado nación y del ámbito moderno de lo político. Hobbes, De Maistre o Donoso Cortés se encontraban entre sus preferidos, mientras que a autores como Spinoza los condenó por ser antecedentes del liberalismo. A la obra de este último la consideró responsable de la división moderna entre la esfera religiosa y política que tanto había debilitado el proyecto normativo de la teología política. Pero cierta fractura del poder soberano, fatal para la política, también estaba presente en la gran obra de Hobbes. Veamos por qué.

El Leviatán, de Hobbes, ha sido objeto de múltiples interpretaciones, tanto en clave positiva, con respecto al desarrollo del derecho público europeo, como en clave negativa, destacando más bien su carácter absolutista. Schmitt ve precisamente su absolutismo estatal como algo positivo al presentar el estado como un Dios mortal soberano con máximo poder de decisión que lograba reunir la esfera política y religiosa en un mismo lugar.

El error de Hobbes, según Carl Schmitt, estuvo en reconocer un ámbito inalcanzable para el leviatán, el fuero interno de los individuos, que aunque estaban sometidos a su poder por obligación externa, no podían ser obligados internamente. Hobbes abre la puerta a la distinción entre un ámbito público y el foro privado de los súbditos.

Spinoza iría mucho más allá, planteando directamente la separación de las esferas política y religiosa de manera que el poder del estado no consigue aunar la legitimación religiosa y política necesaria para la construcción de una soberanía en el sentido teológico político. En definitiva, Schmitt, recordando el judaísmo de Spinoza, rechaza esas distinciones que venían de los primeros proyectos modernos de filosofía política.

Sería mucho más amigo de los contrarrevolucionarios del XIX que, como Donoso Cortés, serían conscientes del carácter decisivo de la soberanía y la falsa oposición entre liberalismo y dictadura. El liberalismo, con su debilidad, traería la dictadura como única forma posible de la soberanía; el caso era elegir si se quería que esta fuese una dictadura en sentido proletario o una dictadura del orden que mantuviera a raya a los enemigos del estado.

Carl Schmitt analiza los clásicos valorando sus méritos y culpas con respecto a la construcción ideológica del Estado nación y del ámbito moderno de lo político

El nomos de la tierra: nuestro mundo

Cuando Carl Schmitt estudia el fenómeno político observándolo en su exterior defiende un mundo dividido en grandes espacios frente al mundo dividido en dos polos que dio como resultado la guerra mundial. Lo hace idealizando el pasado del Jus publicum Europeaum, con sus guerras «civilizadas» entre estados y relativizando las propias posiciones nacionalsocialistas que, en realidad, habían supuesto un ataque frontal a la pluralidad del espacio europeo.

Schmitt se opuso a la creciente homogeneización del espacio global por parte de Estados Unidos. El imperio anglosajón representaba para él el mundo tecnificado y globalizado que trataba de imponerse en todos los rincones del mundo sin dejar espacio a otros modos de entender la existencia. Es aquí donde su posición es similar a la de Heidegger. Pero ¿cómo se había llegado a esta situación?

El derecho público europeo que surgió de las guerras de religión y llegó hasta la Primera Guerra Mundial significaba un orden espacial europeo que distinguía el globo en distintas áreas. El suelo europeo estaba libre de guerras y conquistas injustificadas, pero el resto del mundo era susceptible de reparto, de manera que entre los soberanos europeos cabía un respeto mutuo: la guerra se declaraba y era solo entre contingentes militares en un procedimiento tasado que proscribía la barbarie que se vivió posteriormente en las guerras mundiales.

Estas supusieron, sobre todo la primera, el final de ese concepto de guerra. El adversario ya no era un enemigo al que se respetaba, sino un criminal al que había que seguir presionando una vez incluso acabada la guerra, de manera que sus dirigentes no solo eran derrotados, sino juzgados posteriormente. Esta era la lectura de Schmitt del Tratado de Versalles con las obligaciones impuestas a Alemania y de la persecución al Kaiser como responsable.

Schmitt se opuso a la creciente homogeneización del espacio global por parte de Estados Unidos. El imperio anglosajón representaba para él el mundo tecnificado y globalizado que trataba de imponerse en todos los rincones del mundo sin dejar espacio a otros modos de entender la existencia

En este modelo de poder internacional, en el que la oposición es entre civilización y criminales, solo cabe la oposición insurgente en la figura del partisano. Así eran los nuevos conflictos en los que pueblos se enfrentaban al gigante americano en su suelo. En uno de sus trabajos más influyentes, el jurista alemán se dedicó a estudiar esta nueva forma de guerra, que era la única oposición posible una vez repartido el mundo entre las potencias victoriosas en las guerras mundiales.

Sobre el autor

Pedro Merino es graduado en Filosofía por la Universidad de Málaga, donde trabajó como becario colaborador en el Área de Filosofía Moral y Política. Investiga principalmente sobre Filosofía política contemporánea e Historia de la filosofía. Cursa estudios de Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y obtuvo el máster en Política Internacional por la Universidad Complutense de Madrid.

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