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Revista Especial HANNAH ARENDT

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F+ Derrida: el filósofo de la deconstrucción

¿Qué pasa cuando descubrimos que la escritura es anterior al habla? ¿Qué ocurre cuando entendemos que «no hay nada fuera del texto»? ¿Cómo pensar la justicia si esta nunca puede coincidir con el derecho? Jacques Derrida dedicó su vida a hacernos estas preguntas incómodas, mostrando que los fundamentos sobre los que construimos nuestro pensamiento son más frágiles de lo que imaginamos

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Ilustración de Jacques Derrida del usuario pabloseca, extraída de Wikimedia Commons (CC 3.0).

Ilustración de Jacques Derrida del usuario pabloseca, extraída de Wikimedia Commons (CC 3.0).

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1 Desde la periferia de Francia

Derrida es un filósofo que escribía en francés, lo que supone en primer lugar pensar en su escritura como una que se hace desde el «centro» de la historia de la filosofía. Francia ha sido siempre uno de los países nucleares de la filosofía occidental: Descartes, Voltaire, Rousseau, Deleuze, Foucault… Sin embargo, Derrida no nació en Francia, sino en El Biar, Argelia, el 15 de julio de 1930 (entonces colonia francesa). Este dato no es anecdótico, porque supone entender a Derrida como un desplazamiento interno del propio ecosistema francés, como la periferia del centro que en aquel entonces era Francia.

La filosofía de Derrida se enmarca dentro de lo que comúnmente se ha llamado «filosofías de la diferencia», filosofías que priman ontológicamente la diferencia sobre la igualdad. Esto lo iremos explicando en los diferentes puntos, pero se resume básicamente en que la diferencia precede a la identidad, es decir, no es que dos cosas sean diferentes porque cada una es igual a sí misma y después difiere de la otra, no.

Desde las filosofías de la diferencia —más o menos, y cogiendo con pinzas esta etiqueta— se cree lo contrario: la identidad es solo un espejismo de las diferencias, la identidad solo se crea cuando se estabilizan ciertas diferencias. O, en otras palabras, somos españoles no porque tengamos una identidad prístina (algo así como la españolidad), sino que nos definimos como españoles por diferencia al resto de personas a las que no las consideramos así. La propia biografía de Derrida resuena con esta idea de «la diferencia dentro de la identidad»: de familia judía (en mitad del siglo XX) sefardí argelina, es un diferente dentro del centro de la producción cultural e imperial europea.

Con esta diferencia transitó los espacios normativos de la enseñanza francesa con más o menos fricciones (por ejemplo, fue expulsado de su liceo en Argelia en 1942 por las leyes racistas del gobierno de Vichy). En 1949 se trasladó a París a estudiar a la École Normale Supérieure (ENS). Fue profesor de filosofía en la Sorbona entre 1960 y 1964, luego profesor de la ENS entre 1965 y 1984. Desde 1983, fue además director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), además de profesor visitante en universidades estadounidenses, especialmente en Yale, Johns Hopkins y en la Universidad de California en Irvine.

De todos, fue 1967 su año más importante, porque fue cuando publicó De la gramatología, La escritura y la diferencia y La voz y el fenómeno. En total, y en toda su carrera, publicó más de 40 libros, donde quizá el concepto más famoso, o lo que más queda, o lo que más escuela ha creado, ha sido el término «deconstrucción». Un término, y en general un estilo y una forma de escritura compleja y tildada por muchos filósofos (especialmente anglófonos y de las corrientes analíticas) como pura charlatanería, como palabrejas incomprensibles y que de tan abstractas no significan nada. Esa es la fama que siempre rodeó a Derrida (y a otros, como Deleuze o Heidegger).

Tan así fue la controversia de su obra que en 1992, la Universidad de Cambridge le quiso otorgar (y le otorgó) el Doctorado honoris causa y un grupo de 18 profesores (principalmente analíticos, y entre los que se encontraba el profesor español Lorenzo Peña) firmaron una carta para oponerse a este nombramiento. Según ellos, el trabajo de Derrida no cumplía con los «estándares aceptados de claridad y rigor» y cuestionaban si su obra constituía una «genuina contribución filosófica». Cuestionaban, en fin, su filosofía y su oscuro estilo de escritura.

Pero ¿era tan incomprensible? Vamos con las siguientes claves para desentrañar estas dificultades.

Número 14 - Revista FILOSOFÍA&CO

HANNAH ARENDT

Una pensadora imprescindible para el siglo XXI

FILOSOFÍA&CO - Derrida
Pensar es decir no, de Derrida (Herder Editorial).

2 La destrucción de la metafísica

La filosofía de Derrida es la ¿culminación? de largas décadas de esfuerzo filosófico por terminar aquello que se llamó «destrucción de la metafísica». El primero en esta tarea fue, sin duda, Nietzsche. La filosofía de Nietzsche mostró que toda la historia de la filosofía occidental era la lógica necesaria (y decadente) del platonismo. La grandeza de Nietzsche fue ver que la historia de la filosofía había llevado hasta sus últimas consecuencias la desvalorización platónica del mundo sensible a favor de un ilusorio mundo ideal donde estaría el fundamento de todo.

Así es como se pueden comprender las distintas etapas de nuestra filosofía, creía Nietzsche. El cristianismo no es otra cosa que platonismo para el vulgo, donde el reino de las Ideas (en mayúsculas, claro) ya no estaba reservado al sabio en vida, sino al virtuoso tras la muerte. Con Kant opera una desvalorización más: el Bien eterno y el mundo de la libertad dejan de ser promesas para el virtuoso y pasan a ser mero noúmeno indemostrable. Con eso se allanó el camino al cientifismo y a la creencia de que la única verdad es la de este mundo sin valores, el mundo de la física y las matemáticas, un mundo desprovisto de toda consideración.

Como sabemos, el gesto de Nietzsche fue salirse de esa lógica para denunciarla, para mostrar que correspondía, en realidad, a una voluntad de poder decadente y reaccionaria que temía la vida y su diferencia (y su multiplicidad). El mundo de las Ideas es la fantasía de un cuerpo que teme la vida y toda su potencia. Por eso la frase «Dios ha muerto», porque no podemos seguir sosteniendo los cimientos enfermos de esta cultura y debemos apostar por otras formas de pensar. Unas no tanto en las que se crea (fe) en la verdad, sino en las se crea (fabricar) la verdad.

Y así empezó esta idea de «destruir la metafísica», que es, como puede verse, mostrar los cimientos que ha presupuesto toda nuestra tradición para salir de ellos. ¿Nietzsche consiguió salir? Heidegger creía que no. Heidegger creía que había sido capaz de mostrar la ilusión de la metafísica, pero que todavía seguía anclado a presupuestos metafísicos fuertes, como le ocurría con la idea de «voluntad de poder» y «eterno retorno». ¿O es que no son estos dos conceptos nuevos fundamentos para la realidad cambiante?

La filosofía de Heidegger mostró que destruir la metafísica implicaba diferenciar entre el ser y el ente, lo que él consideraba la gran diferencia ontológica. ¿Cuál es la diferencia? Según Heidegger, los entes (como la mesa) son los sujetos a los cuales atribuimos cualidades, mientras que el ser es lo que hace «visible» a los entes, lo que permite que los «veamos». Cuando las cosas son, es cuando las podemos nombrar, cuando aparecen en nuestro mundo cotidiano. Los entes serían algo así como el fondo material coloreado por el ser. No podemos hablar de nada que no sea, porque el ser es lo que recorre los entes dándoles una identidad. Ahora bien, el ser no es un ente, sino que tiene una naturaleza totalmente distinta.

¿Cuál es el error de la tradición? Responder a la pregunta fundamental de la metafísica, la pregunta por el sentido del ser, proponiendo a un ente como respuesta. De esta forma, cuando Platón se preguntaba por el ser de los objetos, respondió con un ente: las ideas. Lo mismo Aristóteles o Descartes. Incluso Nietzsche, que aun en sus intentos de acabar con la metafísica occidental postuló a la voluntad de poder (ente) como base de la realidad. Toda la filosofía de Derrida se inscribe en esta historia de la destrucción y su propósito es el de radicalizarla porque, según él, había quedado incompleta. Le faltaba (a Heidegger incluido): la crítica al logocentrismo.

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