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Dosier Feminismos del siglo XXI

Diccionario para entender los feminismos del siglo XXI

El pensamiento feminista tiene una larga historia. Desde el siglo XVIII, cuando comenzó a ponerse en cuestión el orden feudal y empezó la pelea por los derechos civiles en las revoluciones burguesas, las mujeres han reivindicado su papel y han luchado por su emancipación. Pero el feminismo, o los feminismos, de hoy han incorporado o puesto en primera línea de debate nuevos conceptos y nuevas miradas sobre conceptos ya tratados.

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El feminismo ha producido una enorme cantidad de términos. Las recogemos en este diccionario feminista. Diseño realizado a partir de la imagen generada a partir de DALL-E2 (15/02/2023).
El feminismo ha producido una enorme cantidad de términos. Las recogemos en este diccionario feminista. Diseño realizado a partir de la imagen generada a partir de DALL-E2 (15/02/2023).

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En este diccionario feminista traemos no solo conceptos clave del pensamiento filosófico feminista, sino también parte de las discusiones y el contexto que los vio nacer y los que hoy están sobre la mesa. Para nosotros, la filosofía es eso mismo: más un proceso que un resultado. Queremos que este diccionario feminista sea parte de ese proceso, que pueda ser ampliado y discutido, como el propio pensamiento. Que se parezca a una radiografía de un presente que no para de cambiar y al que queremos acompañar.

Antimperialismo

La reflexión en torno al imperialismo fue iniciada por el pensamiento marxista, en concreto, el de Vladimir Lenin. En esta reflexión, se entendía que el imperialismo era, más que un modo de opresión, una forma económica concreta del sistema capitalista, donde este basaba su reproducción del capital en la explotación de las clases subalternas de los países coloniales y en el expolio de sus recursos.

Dentro de la reflexión del antimperialismo, el papel del feminismo antimperialista ha sido muy notable. Autoras como Rosa Luxemburgo, Flora Tristán (aunque sienta las bases pero no es una filósofa propiamente marxista), Eleanor Marx o Clara Zetkin pusieron sobre la mesa la necesidad de analizar, cuestionar y destruir la estructura del capitalismo patriarcal e imperialista para la liberación total de la especie humana.

Una de las preocupaciones fundamentales del feminismo antimperialista es la forma en que las guerras, la ocupación militar y otras formas de imperialismo impactan de manera específica en las mujeres. Este feminismo reconoce, además, que las mujeres no son simplemente víctimas pasivas, sino que también son agentes activos en la resistencia contra el imperialismo y la lucha por la justicia.

El feminismo antimperialista se opuso a la guerra interimperialista que enfrentó las grandes potencias europeas entre 1914 y 1918. La Primera Guerra Mundial fue, así, su primera prueba de fuego. La posición antimperialista en este contexto fue denominada «derrotismo revolucionario» y se trataba de exponer que en una guerra entre potencias imperialistas no había ningún bando progresivo.

En las guerras entre potencias imperialistas, señalaban, se enfrentaban los trabajadores de diferentes países para defender los intereses de la burguesía. En este contexto, las mujeres, los trabajadores y la juventud debían unirse para combatir a la propia guerra: ¡guerra a la guerra!

En cambio, en las guerras entre una potencia imperialista y una colonia, las antimperialistas se posicionaban a favor de la segunda, aunque con una perspectiva independiente de los gobiernos regionales, que rara vez apostaban por implantar un gobierno de los trabajadores y el pueblo.

Hoy, el feminismo antimperialista cuestiona cómo la globalización económica puede resultar en la explotación laboral, la feminización de la pobreza y condiciones de trabajo precarias para las mujeres en la producción de bienes destinados a los mercados internacionales.

Una de las preocupaciones fundamentales del feminismo antimperialista es la forma en que las guerras, la ocupación militar y otras formas de imperialismo impactan de manera específica en las mujeres

Antipunitivismo

El feminismo contemporáneo muestra una división en sus enfoques respecto a la justicia. Por un lado, se ha desarrollado una corriente más punitiva que hace énfasis en la aplicación de medidas legales y castigos para abordar problemas como la violencia de género y otras formas de opresión. Por otro lado, ha surgido un feminismo antipunitivista que cuestiona la efectividad y las implicaciones de vincular los derechos de las mujeres con el sistema judicial y estatal.

Esta dicotomía dentro del feminismo coincide con la ascensión del neoliberalismo como paradigma político predominante en las democracias capitalistas desde los años 80. Anteriormente, el feminismo de la «segunda ola» subrayaba la importancia de abordar el patriarcado como un problema sistémico, relacionado con el capitalismo o el racismo. Sin embargo, con la llegada del neoliberalismo, ha habido un cambio hacia perspectivas más individualistas que enfatizan la responsabilidad personal y las soluciones basadas en castigos individuales.

Desde la lógica neoliberal, los problemas sociales son reducidos a asuntos individuales, y las soluciones se centran en castigar a los infractores a nivel individual. Este enfoque ha conducido a una creciente judicialización de problemas como la violencia de género, con un énfasis en enjuiciar delitos individuales en lugar de abordar las condiciones estructurales que perpetúan la opresión.

A pesar de los esfuerzos por visibilizar la violencia hacia las mujeres (por ejemplo, al pedir penas de cárcel más duras), el enfoque punitivo ha resultado en una manipulación de la violencia por parte de entidades gubernamentales y corporativas, que buscan reforzar sus mecanismos de control. Aunque puede aumentar la conciencia sobre la desigualdad de género, también puede llevar a políticas que criminalizan a ciertos grupos sociales, exacerbando así la exclusión y la marginalización (como ocurre con las violaciones y las personas «racializadas»). Esta «campaña securitaria» está dirigida principalmente hacia aquellos que quedan marginados del sistema dominante, intensificando la represión y la exclusión.

El antipunitivismo se basa en la idea de que encarcelar y castigar a las personas no resuelve los problemas subyacentes de la violencia, el crimen y la injusticia, y que, en cambio, perpetúa un ciclo de daño y opresión. El antipunitivismo promueve la justicia restaurativa como una alternativa más humana y efectiva a la justicia retributiva. La justicia restaurativa se centra en la reparación del daño causado por el delito, la reconciliación entre víctimas y agresores, y la reintegración de los infractores en la comunidad. Este enfoque reconoce el valor de la empatía, el perdón y la responsabilidad compartida en la resolución de conflictos y la construcción de comunidades más seguras y saludables.

La lógica neoliberal ha conducido a una creciente judicialización de problemas como la violencia de género, con un énfasis en enjuiciar delitos individuales en lugar de abordar las condiciones estructurales que perpetúan la opresión

Capital sexual

La noción de «capital sexual» fue principalmente desarrollada por Eva Illouz y Dana Kaplan. Las autoras examinan cómo las relaciones afectivas y sexuales están influidas por las lógicas del capitalismo, explorando la mercantilización de la intimidad y la construcción social del atractivo sexual y la familia.

Sostienen que, en la sociedad contemporánea, el capital sexual es una forma de capital simbólico que opera paralelamente al económico y cultural. Esto se traduce en que el atractivo sexual se convierte en un recurso o herramienta que puede ser utilizada para obtener beneficios sociales. El capital sexual se desarrolla así con la idea de la «economía de la atención» y la construcción de los estándares de belleza y deseabilidad.

La mercantilización de la intimidad, la sexualidad y la identidad se manifiesta en la forma en que las relaciones afectivas y sexuales son influenciadas por las representaciones mediáticas y la industria cultural. Las imágenes y narrativas en los medios contribuyen a la creación de ideales de belleza y sexualidad. Estos ideales se convierten en medidas de valor, afectando la autoestima y la autoimagen de las personas, quienes, consciente o inconscientemente, buscan alcanzar esos estándares.

Illouz y Kaplan exploran cómo el capital sexual puede ser convertido en un recurso estratégico en el ámbito de las relaciones y el mercado amoroso. Las personas, consciente o inconscientemente, pueden utilizar su atractivo sexual como una herramienta para obtener poder, estatus o recursos en el contexto de las interacciones sociales y románticas.

Sin embargo, también critican cómo esta mercantilización puede llevar a la alienación emocional y a la deshumanización de las relaciones, ya que la búsqueda del capital sexual puede reducir a las personas a objetos de deseo o a meros consumidores de la imagen y la apariencia.

La mercantilización de la intimidad, la sexualidad y la identidad se manifiesta en la forma en que las relaciones afectivas y sexuales son influenciadas por las representaciones mediáticas y la industria cultural

Cultura de la violación

La primera vez que se usó el concepto de «cultura de la violación» fue en 1994, en el libro Rape. The first sourcebook for women, una obra coral de catorce autoras editada por Noreen Connell y Cassandra Wilson y traducido al castellano como Violación. El primer manual para las mujeres. La tesis del libro es que (en Estados Unidos, de donde eran las autoras) se glorificaban las violaciones y se ocultaba su componente de violencia, además de responsabilizar a menudo a las víctimas de su propia violación.

Las autoras del libro mostraban que la violación era algo más que un hecho ocurrido entre el agresor y la víctima, ya que existe toda una maquinaria social (de discursos, de imágenes, de ritos, de comportamientos) que incita de manera sistématica a ignorar la negativa de las mujeres y a violentar su consentimiento. La filósofa Raquel Miralles lo explica así en una entrevista a Newtral:

«Debajo [de la agresión] hay cientos de capas de opresión que perpetúan la cultura de la violación como puede ser un anuncio de publicidad que muestre a una mujer como a un objeto que alimente el estereotipo de que su cuerpo es propiedad del hombre».

Así, uno de los elementos fundamentales de la cultura de la violación es la tendencia a culpar a las víctimas en lugar de responsabilizar a los agresores. Las personas que han sufrido agresiones sexuales suelen ser cuestionadas sobre su comportamiento, su vestimenta o su historial sexual, lo que refuerza la idea errónea de que la víctima es en parte responsable de lo que le sucedió. Además, la cultura de la violación también se manifiesta en la cosificación de los cuerpos, especialmente de las mujeres, que son tratadas como objetos sexuales en lugar de seres humanos con derechos y autonomía.

En 2018, el gobierno español realizó una de las pocas encuestas oficiales sobre el tema. Sus resultados son los siguientes: a pesar de que la mayoría de encuestados condenaba cualquier tipo de violencia hacia las mujeres, la mitad de la muestra estaba de acuerdo con que el alcohol es a menudo la causa de una violación (y no el agresor) y un 20 % señaló que la vestimenta de las mujeres podía incentivar la violación. Por si fuera poco, otro 20 % dudaba de la credibilidad de la mujer agredida si esta había tenido varias parejas sexuales.

La cultura de la violación consiste en todo un entramado social que glorifica las violaciones y oculta su componente de violencia, además de responsabilizar a las víctimas de su propia violación

Epistemología feminista

Con epistemología feminista nos referimos a un enfoque dentro de la filosofía y los estudios feministas que se centra en analizar cómo se produce, valida y distribuye el conocimiento, y lo hace desde una perspectiva feminista. La epistemología feminista nace de la premisa de que la ciencia no es neutra, sino que es producida por agentes concretos con sesgos particulares y unos intereses (de género en este caso) determinados. Por ejemplo, en 2016, un estudio llevado a cabo por investigadores de la University College London y la University of British Columbia demostró que el dolor de las mujeres en enfermedades crónicas tendía a infravalorarse de forma sistémica.

En este sentido, la epistemología feminista nace de una crítica a la idea de objetividad, mostrando que lo que se ha considerado incluso como objetivo es, en realidad, la mirada masculina haciéndose pasar como tal. Por ejemplo, hasta los años 80, el marco de estudio de la biología reproductiva consistía en pensar a los espermatozoides como elementos activos de la reproducción (los que se mueven, los que buscan, de los que depende), mientras que el óvulo se conceptualizaba como un elemento puramente pasivo (algo que, como han mostrado los recientes estudios, está lejos de ser así).

Las filósofas feministas que hacen epistemología feminista denuncian que la ciencia (patriarcal) crea una subjetividad femenina excesivamente medicalizada, patologizando conductas de las mujeres y usando la medicina como dispositivo de control. Un ejemplo de ello ha sido el uso que ha tenido la locura o la histeria (que, etimológicamente, viene de útero) como categorías médicas usadas para desactivar procesos de rebeldía o insumisión de las mujeres dentro de las estructuras patriarcales.

Esto es posible porque son unos sujetos particulares los que crean (¡y validan!) el conocimiento científico que se produce. De ahí que liguen a sus estudios una fuerte militancia para intentar cambiar estos espacios de producción del conocimiento: se necesita una pluralidad de sujetos y de miradas dentro de las instituciones científicas para poder detectar y aminorar estos sesgos.

La epistemología feminista nace de la premisa de que la ciencia no es neutra, sino que es producida por agentes concretos con sesgos particulares y unos intereses (de género en este caso) determinados

Feminismo interseccional

La interseccionalidad es uno de los conceptos que más debate han traído en el seno del feminismo en el último tiempo. El feminismo interseccional es una perspectiva y enfoque dentro del movimiento feminista que se concentra en las intersecciones de la opresión y la discriminación teniendo en cuenta factores como el género, la etnicidad, la clase social (aunque como una opresión más), orientación sexual, identidad de género y discapacidad, entre otros.

Este enfoque bebe del pensamiento de la abogada estadounidense Kimberlé Crenshaw, que a finales de la década de 1980 desarrolló el término «interseccionalidad» con el objetivo de abordar las limitaciones del feminismo blanco y burgués, que a menudo se centraba principalmente en las experiencias de mujeres blancas de clase media.

Lo fundamental del feminismo interseccional radica en reconocer que las mujeres no experimentan la opresión de manera uniforme y que las diversas formas de discriminación se entrelazan, creando experiencias únicas y complejas y permitiendo formas de resistencia plurales. Las mujeres de diferentes grupos sociales pueden enfrentar desafíos distintos y, a menudo, más complejos debido a la intersección de múltiples opresiones.

Un aspecto clave del feminismo interseccional es que pone el foco en los sistemas que permiten este entramado de opresiones. La discriminación nunca se da a nivel individual, sino a través de las estructuras sociales, políticas y económicas que contribuyen a la marginación de ciertos colectivos humanos. Este enfoque destaca la importancia de abordar no solo las manifestaciones individuales de discriminación, sino también las raíces sistémicas que la perpetúan para resistirlas.

El feminismo interseccional también busca incluir voces olvidadas y asegurarse de que la lucha feminista sea inclusiva. Reconoce la importancia de escuchar y amplificar las experiencias de quienes han estado en los márgenes, enfocándose en la interconexión entre la lucha feminista y el resto de luchas contra la opresión.

Lo fundamental del feminismo interseccional radica en reconocer que las mujeres no experimentan la opresión de manera uniforme y que las diversas formas de discriminación se entrelazan, creando experiencias únicas y complejas y permitiendo formas de resistencia plurales

Feminismo socialista

El feminismo socialista es la corriente de pensamiento que liga íntimamente la reflexión en torno a la explotación capitalista con el problema de la opresión de género. Podemos considerar que la escritora francoperuana Flora Tristán fue una de sus precursoras al señalar la necesaria unión que debían hacer el movimiento obrero y las demandas de las mujeres. Además, Tristán fue la primera en llamar a la unidad internacional de los trabajadores: «Proletarios del mundo, uníos».

Eleanor Marx, por su parte, se concentró en su libro La cuestión de la mujer en las opresiones específicas que vivían las mujeres trabajadoras. Del mismo modo, Clara Zetkin, la responsable de poner en pie la primera Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas, planteaba que la explotación recaía doblemente sobre las mujeres trabajadoras y que, precisamente por ello, podían tener un rol clave en los procesos revolucionarios.

Hoy, el lema del feminismo socialista puede resumirse en el ya clásico «Patriarcado y capital, alianza criminal» que apela, precisamente a esta unión y relación de mutua necesidad entre el patriarcado y el capitalismo. Aunque la violencia específica hacia las mujeres existe desde hace miles de años, lo que las feministas socialistas reclaman es que bajo el capitalismo esta cobra una dimensión particular porque se utiliza para cargar sobre las mujeres el trabajo reproductivo y de cuidados (gratuito) a la par que sus condiciones laborales son más precarias.

Del mismo modo, no basta, según este pensamiento, con acabar con el capitalismo sin incorporar las demandas específicas de las mujeres, de las disidencias sexuales y de todos los sectores que sufran violencias específicas. Por tanto, lo que el feminismo socialista propone es acabar con el tándem criminal del capitalismo y el patriarcado a través de la vía revolucionaria, sin confianza en que las reformas al sistema bastan para acabar con una opresión y explotación sistémicas.

Hoy, el lema del feminismo socialista puede resumirse en el ya clásico «Patriarcado y capital, alianza criminal» que apela a esta unión y relación de mutua necesidad entre el patriarcado y el capitalismo

LGBTIfobia

El feminismo se ha planteado en numerosas ocasiones por el sujeto al que apela su ideal de emancipación. Si bien el feminismo sufragista (o de la «primera ola») planteaba la conquista de derechos civiles para unas pocas mujeres blancas y de las capas medias y altas, lo cierto es que el feminismo es la puerta de entrada a la discusión y crítica de muchas más cuestiones.

El feminismo socialista planteó la centralidad de la clase trabajadora en la lucha contra todas las opresiones y contra la explotación. Los feminismos negros, que vieron su auge en los años 80 del siglo XX, cuestionaron el feminismo blanco que empezaba a instalarse en la universidad estadounidense.

Pero una de las reflexiones más interesantes hoy gira en torno a la opresión concreta que sufren las personas por su identidad, orientación o expresión de género. La denominada «tercera ola» del feminismo, iniciada en los años 90 del siglo XX, puso sobre la mesa el debate de la interseccionalidad y los derechos de las personas LGTBI.

Las personas homosexuales, bisexuales, trans, queer, intersexuales y asexuales ya habían planteado en numerosas ocasiones sus reivindicaciones. Por ejemplo, tras la Revolución rusa, la Unión Soviética despenalizó la homosexualidad gracias a la lucha de este colectivo, de las mujeres y de los trabajadores. Las revueltas de Stonewall de 1969 que inauguraron el Orgullo fueron también un gran evento de lucha de este colectivo.

Pero la reflexión en torno a la identidad sexual, la LGBTIfobia y la interseccionalidad llegó más sólidamente al pensamiento filosófico y académico en los 90. Hoy, los derechos de las personas LGTBI se siguen viendo amenazados y cuestionados y por eso sigue siendo necesario hablar de la LGBTIfobia y la opresión de este colectivo, así como de sus posibilidades de emancipación y de resistencia.

La reflexión filosófica en torno a la identidad sexual, la LGBTIfobia y la interseccionalidad se consolidó en los 90. Hoy, los derechos de las personas LGTBI se siguen viendo amenazados y por eso sigue siendo necesario hablar de la LGBTIfobia y de las posibilidades de emancipación del colectivo

«Lo personal es político»

Es uno de los mantras del feminismo. La expresión nace a partir de un célebre artículo de Carol Hanisch y señala que lo personal —lo que nos ocurre en nuestro día, lo que parece estar configurado por cuestiones únicamente biográficas— es político, no es una esfera privada aislada del patriarcado o el capitalismo. En el artículo de Carol Hanish leemos lo siguiente:  

«La razón por la que participo en esos encuentros [de terapia] no es para resolver ningún problema personal. Una de las cosas que descubrimos en estos grupos es que los problemas personales son problemas políticos. No hay soluciones personales a estas alturas». 

Es decir, los problemas «individuales» o «personales» no son un asunto privado, sino que pueden explicarse a partir de elementos políticos. El patriarcado, en este caso, no es cosa de grandes leyes o grandes acciones, sino que fluye en la vida privada de cada una generando deseos, subjetividades y marcando las directrices de nuestras acciones más cotidianas. 

La apuesta feminista consiste en destruir la falsa separación entre lo público y lo privado, en señalar que no son dos esferas separadas. En este sentido, la idea de que lo personal es político es fundamental para entender cómo los sistemas se mantienen en el tiempo, es decir, cuáles son (algunas de sus) bases de su reproducción. Cuando nos preguntamos por qué medios se reproduce el patriarcado en el tiempo, nos tenemos que fijar en toda una dimensión molecular/personal que hace que reproduzcamos los valores imperantes de ese mismo sistema. En otras palabras, los sistemas políticos de dominación se reproducen y persisten porque colonizan toda una dimensión personal, hasta el punto de que crean individuos (subjetividades) conformes al sistema mismo.

Carol Hanisch escribió: «La razón por la que participo en esos encuentros [de terapia] no es para resolver ningún problema personal. Una de las cosas que descubrimos en estos grupos es que los problemas personales son problemas políticos. No hay soluciones personales a estas alturas»

Patriarcado

El patriarcado es un concepto utilizado para describir el funcionamiento de nuestras sociedades, que doblegan a una parte de la población a la opresión por motivos de género. El término se deriva de las palabras griegas «patria», que significa padre, y «arché» o arjé, que significa principio, gobierno o poder.

Para algunas feministas, el patriarcado es un modo de dominación y para otras constituye un sistema económico. Autoras como Kate Millet plantean que el patriarcado subordinaría económicamente a la mujer del mismo modo que el capitalista subyuga al proletario, convirtiéndose así la lucha de clases en guerra de sexos.

Son muchas las críticas que existen a este enfoque, enmarcado en el «feminismo radical» o «feminismos de la diferencia», principalmente desde el marxismo y desde posiciones interseccionales que señalan que si entendemos el patriarcado como sistema económico, se subordinan las otras opresiones.

En lo que sí están de acuerdo las diferentes autoras es en que el patriarcado actúa perpetuando la subordinación por motivos de género y perpetuando roles nocivos. La feminización de la pobreza, la violencia de género, la brecha salarial o la doble jornada son algunos ejemplos de los mecanismos que emplea para tratar de impedir, no solo otros modos de socialización, sino que los sujetos oprimidos se rebelen y contraataquen.

El patriarcado es un concepto utilizado para describir el funcionamiento de nuestras sociedades, que doblegan a una parte de la población a la opresión por motivos de género

Performatividad de género

La performatividad de género es un concepto fundamental en la teoría feminista. Fue desarrollado por la filósofa Judith Butler en su influyente obra El género en disputa. Mientras que la visión clásica del género lo ha concebido como algo esencial, fijo, anclado a unas determinadas características biológicas, entender el género como una performance supone entenderlo como lo contrario: como algo que se realiza y se construye a través de acciones y prácticas sociales repetidas.

En lugar de ver al género como una propiedad intrínseca de los individuos, la teoría de la performatividad de género sostiene que el género se produce y se refuerza a través de la repetición de ciertos actos, gestos, comportamientos y discursos que se consideran apropiados para una identidad de género específica. Estas actuaciones no solo crean la ilusión de una identidad de género coherente y estable, sino que también contribuyen a la reproducción de las normas y expectativas de género en la sociedad.

La performatividad de género desafía la noción de que existen solo dos géneros binarios, masculino y femenino, y reconoce la diversidad de identidades de género que existen más allá de esta dicotomía. Al cuestionar las normas de género establecidas y desnaturalizar la idea de que el género es algo dado e inmutable, este enfoque abre espacio para la exploración y la expresión de una variedad de identidades de género, como las identidades no binarias o de género fluido.

La visión clásica del género ha concebido este como algo esencial, fijo, anclado a unas determinadas características biológicas. Si entendemos el género como una performance, entonces lo entendemos como lo contrario: como algo que se realiza y se construye a través de acciones y prácticas sociales repetidas

Trabajo reproductivo

Durante las últimas décadas, ha aparecido un nuevo ámbito de estudio dentro de los estudios feministas: el trabajo reproductivo. Este ámbito de estudio se conoce como la teoría de la reproducción social y las autoras más importantes son Lise Vogel, Martha Giménez, Johanna Brenner, Susan Ferguson y Silvia Federici. Lo que denuncian las teóricas de la reproducción social es que la economía política (especialmente el marxismo) ha centrado sus análisis en la producción de mercancías, pero no en la producción de la fuerza de trabajo. En otras palabras, se ha estudiado mucho la explotación de la clase trabajadora, pero no la reproducción de la clase trabajadora.

Como señala la profesora en estudios feministas Meg Luxton, la teoría de la reproducción social muestra cómo la «producción de bienes y servicios y la producción de la vida son parte de un proceso integrado». Así, si la economía formal es el lugar de la producción de bienes y servicios, las personas que producen tales cosas se producen a sí mismas fuera del ámbito de la economía formal a muy bajo costo para el capital.

Como consecuencia de sus estudios, las teóricas de la reproducción social muestran que capitalismo y patriarcado no son dos sistemas separados, sino que la reproducción del primero se realiza mediante la opresión del segundo. ¿Cómo? Porque el capitalismo solo puede reproducirse si mantiene la mitad de su trabajo sin pagar (el trabajo reproductivo y de cuidados). ¿Y quién lo realiza? Las mujeres, a través de los dispositivos de opresión patriarcal. De esta forma, las teóricas de la reproducción social consideran que el trabajo que se hace en el hogar (reproductivo) es igual de valioso que el que se hace en las fábricas (productivo), porque ambos son cruciales para el sostén del sistema.

¿Cuáles son estos trabajos reproductivos? En primer lugar, actividades que regeneran al trabajador fuera del proceso de producción y que le permiten regresar a él. Estas incluyen, entre muchas otras, comida, una cama para dormir, pero también los cuidados de la psique que mantienen a una persona sana. Además, actividades que mantienen y regeneran a los no-trabajadores fuera del proceso de producción —es decir, aquellos que son trabajadores futuros o pasados, como niños y adultos fuera de la fuerza de trabajo por cualquier razón, ya sea la vejez, discapacidad o el desempleo—. Por último, la creación de nuevos trabajadores a través el parto.

Las teóricas de la reproducción social consideran que el trabajo que se hace en el hogar (reproductivo) es igual de valioso que el que se hace en las fábricas (productivo), porque ambos son cruciales para el sostén del sistema

Violencia patriarcal

La violencia que soportan específicamente las mujeres y las disidencias sexuales por motivos de género recibe varios nombres. «Violencia de género» o «violencia patriarcal son algunos de ellos». Si bien este término está asociado a la agresión física directa que sufren muchas mujeres por parte de hombres, el concepto va mucho más allá.

Podemos rastrear en la obra de numerosas feministas como Angela Davis, Gloria Anzaldúa o bell hooks un rastro que invita a pensar que la violencia patriarcal es sistémica. Es decir, no se trata solamente de las agresiones que un sujeto comete sobre otro, sino de un tipo específico de opresión y violencia que sufre una parte de la sociedad por motivos de género.

Desde esta óptica, la violencia que se ejerce sobre las mujeres en las guerras, la trata sexual propiciada por el sistema internacional de fronteras o el racismo institucional son también formas de violencia patriarcal. Además, apelar al «patriarcado» permite, precisamente, apuntar al origen sistémico de esta violencia y no pensar la respuesta en términos de venganza individual o castigo, sino en forma de transformación social y superación del problema de conjunto.

2 respuestas

  1. Avatar de Cesar silva
    Cesar silva

    Importante herramienta q nos permite conocer la esencia fundamental del pensamiento antihegemónico de las feministas de todos los tiempos.

  2. Avatar de David
    David

    Muchísimas gracias por este diccionario tan esencial para abrirse paso en el pensamiento feminista.

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