Experiencias cercanas a la muerte que acercan a la vida

Las experiencias cercanas a la muerte han sido un tema controvertido en psiquiatría, por el difícil acceso empírico que tenemos a ellas. Sin embargo, algunos psiquiatras consideran que su estudio puede enseñarnos mucho sobre nuestra vida. Imagen de StockSnap en Pixabay (licencia CC 0 1.0).
¿Cómo puede hablarse de una experiencia difícil de observar empíricamente, como lo son las experiencias cercanas a la muerte, desde una perspectiva científica? Imagen de StockSnap en Pixabay (licencia CC 0 1.0).

Las experiencias cercanas a la muerte son un fenómeno extremadamente difícil de estudiar, porque no se puede tener experiencia empírica externa de ellas. Sin embargo, han sido del interés de numerosos científicos y psiquiatras, cuyas investigaciones pueden enseñarnos más de lo que estas experiencias enseñan al sujeto que las experimenta sobre su vida que sobre la muerte.

Por Julieta Lomelí

«La nada es mi patria lejana
la nada llena de silencio
la nada llena de vacío
la nada sin tiempo ni frío
la nada en que no pasa nada
»
Xavier Villaurrutia

Así escribía el poeta mexicano Xavier Villaurrutia, quizá para referirse a esa epifanía que tenía sobre la muerte. Y es que de ella solo se puede hablar desde la negación situada, como el «no lugar», como lo que anula cualquier presencia, cualquier sonido, cualquier tránsito. La muerte es el vacío que nadie habita, el espacio que no existe más, «la nada en que no pasa nada».

Pensar sobre la muerte no es algo sencillo porque supera cualquier posibilidad empírica de explicarla. Sobre la muerte solo se puede escribir desde la vida. La vida nos da la única oportunidad «real» para hablar sobre la muerte. La muerte solo se explica como la anulación de eso único que conocemos. Es el cese de los signos vitales, la extinción de la comparecencia con los demás. Es la imposibilidad de seguir construyendo historias compartidas, de formar parte y existir en la vida de los otros.

La muerte nos impide volver a amar, nos borra de la fotografía familiar. Muertos jamás volveremos a ser invitados a una fiesta, ni tampoco dormiremos abrazados en la cama de alguien más. Quizá eso es lo que nos duele tanto de la muerte estando vivos: la proyección de la imposibilidad de ser con otros, de que nuestra historia tenga punto final en la vida de los demás, de no volver a ser nombrados. La idea de volvernos invisibles para quien nos importa nos tortura en vida.

Experiencias cercanas a la muerte: ¿qué respuestas se han dado?

La muerte es una paradoja y de ella no hay vuelta, pero tampoco escapatoria. Ese insuperable destino ha dado a la religión y a la ciencia una poderosa inspiración para pensar qué podría existir más allá, cuando el cerebro se apaga por completo. ¿Podría haber una vida después de la muerte?

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Vida después de la vida, de Raymond A. Moody (Editorial Edaf).

La religión ha respondido de múltiples maneras a esta incógnita. En términos generales, ha creído que la vida no termina tras el cese de los signos vitales, o al menos no la «verdadera vida». La religión ha pensado en un tipo de «vida eterna» que se logra tras haber superado los obstáculos de la vida carnal, que llega si hemos conseguido ser virtuosos y buenos en la vida terrenal. Somos más allá del cuerpo.

La religión entiende la muerte del individuo como la muerte del cuerpo, como el cese del funcionamiento de los órganos vitales, pero no necesariamente como la muerte de aquello que —según la propia religión— nos da singularidad: la muerte del alma. Esa «esencia» que nos hace ser uno mismo y no alguien más. Así, la religión no deja de creer que la muerte da paso a la posibilidad de una vida después ella, de morar un mundo distinto al terrenal, un mundo eterno postmortem que nos redime de la desaparición total.

La ciencia también se ha preguntado por este fenómeno de la muerte, atendiendo a su estudio no solo desde la consideración de los sucesos físicos y fisiológicos en el cuerpo, sino también —aunque con polémicas y críticas por parte de la comunidad científica— ha pensado sobre los aspectos no físicos de la muerte, sin olvidar los límites empíricos.

A partir de los años setenta del siglo pasado, desde la medicina y la psiquiatría se han desarrollado investigaciones alrededor de las situaciones cercanas a la muerte que han experimentado algunos pacientes, aunque todavía no pueden ser explicadas totalmente.

Funambulismo entre la vida y la muerte

Con su libro Vida después de la vida, en un estudio realizado a 150 personas que habían tenido vivencias —difíciles de comprender— de la llegada de su propia muerte, el psiquiatra Raymond Moody menciona por primera vez el concepto de «experiencias cercanas a la muerte». Este término fue posteriormente utilizado en distintas publicaciones científicas y se volvería la guía de varios proyectos e instancias dedicadas a investigar el fenómeno.

Una de las publicaciones más recientes sobre las experiencias cercanas a la muerte es Después de la muerte de Bruce Greyson, un psiquiatra y académico norteamericano que ha convivido por más de cuarenta años con el interés obsesivo de comprender el fenómeno de estas experiencias.

Greyson cuenta que, siendo un joven médico, al atender a una paciente llamada Holly que perdió la consciencia tras un intento suicida, tuvo una experiencia desconcertante, pero también reveladora para su trabajo científico futuro. Greyson narra que, una noche, ella estaba inconsciente y reposaba en un cuarto, mientras él y una amiga de la paciente dialogaban.

Tras la rehabilitación de Holly, ella comentó que recordaba al doctor porque lo había visto la noche de su crisis, describió su corbata de rayas y cómo tenía una mancha roja. También le contó que lo vio dialogando con su amiga en la sala de espera, lo cual lo dejó sin palabras. ¿Cómo era posible que Holly hubiera sabido todo eso si estaba en estado inconsciente y aislada?

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Después de la muerte, de Bruce Greyson (Vergara).

El psiquiatra narra que, por aquel entonces, solo quería olvidar la anécdota, pero que, sin lograrlo, se obsesionó con el tema. Tras enfrentarse al dogmatismo científico y a su, a veces, radical escepticismo, Greyson finalmente dedicó su energía a comprender cómo era posible que Holly supiera, aun estando inconsciente, el color de la mancha de espaguetis en su corbata.

Hay que comenzar entonces por aceptar el hecho de que, como escribe nuestro autor, «la investigación sobre las experiencias cercanas a la muerte no nos aleja en absoluto de la ciencia ni nos empuja hacia la superstición; por el contrario, nos demuestra que, al aplicar el método científico a aquellos aspectos de nuestro mundo que no son físicos, podemos descubrir la realidad de forma mucho más precisa que si limitáramos el ámbito de la competencia de la ciencia exclusivamente al estudio de la materia física y la energía».

¿Cómo puede hablarse de una experiencia difícil de observar empíricamente, como lo son las experiencias cercanas a la muerte, desde una perspectiva científica? Lo primero que hizo Greyson fue entrevistarse con pacientes de varios ámbitos y transcribir sus relatos, para después analizar e identificar qué experiencias eran parecidas y cuáles eran verdaderas experiencias cercanas a la muerte, y no recuerdos ficticios o sueños.

Para ello, utilizó un cuestionario de características de la memoria, una herramienta muy utilizada por los médicos y científicos que sirve para distinguir los recuerdos reales de las fantasías.

El psiquiatra y sus colaboradores se dieron cuenta de que «para las personas que han tenido una ECM [experiencia cercana a la muerte], sus recuerdos de la experiencia son como los de los sucesos reales, no como los de hechos imaginarios. En realidad, el recuerdo de las ECM parece más real que los propios hechos reales, del mismo modo que el recuerdo de los hechos reales parece más real que el de los imaginarios».

Otra de las estrategias que usó Greyson para legitimar su investigación desde el punto de vista científico fue entrevistar a pacientes que, estando diagnosticados de psicosis o de algún otro trastorno psiquiátrico, también aseguraran haber experimentado una experiencia cercana a la muerte.

Con ello se dio cuenta de que, por ejemplo, una alucinación era narrada de manera muy distinta. De hecho, él concluyó que tanto pacientes psiquiátricos como pacientes no psiquiátricos tenían la misma posibilidad de experimentar una experiencia así, y que un trastorno de salud mental no anulaba la claridad en el relato.

A lo largo de las décadas, Greyson fue acotando las narrativas de las experiencias cercanas a la muerte para determinar sus características más comunes y dar así un recurso para los «investigadores de todo el mundo la confianza de que estaban estudiando el mismo tipo de experiencia».

La respuesta de cómo es posible considerar estas experiencias desde la óptica científica se encuentra en todo este esfuerzo metódico, en el análisis y la ordenación de sus características y en la escala tan detallada que ha construido para apoyar también a otros investigadores y así comprender las experiencias.

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Lo que las experiencias cercanas a la muerte pueden enseñarnos

Aunque no hay manera de que un investigador acceda de forma vivencial a una experiencia cercana a la muerte, tampoco fuimos espectadores directos de fenómenos como la explosión cósmica que dio lugar al universo, pero tenemos pruebas indirectas de que sucedió. Podría pasar lo mismo con estas experiencias, cree Greyson, y así «la respuesta científica, si es que llegamos a obtenerla alguna vez, nos llegue a través de pruebas indirectas, como el rastro que dejan las partículas subatómicas en una cámara de burbujas».

Pero, ¿cuáles son las experiencias cercanas a la muerte más comunes? ¿De qué serviría investigar sobre algo de cuya existencia no podemos estar del todo seguros? Ya que la corroboración empírica no podría lograrse al estudiar estas experiencias, las conclusiones que se deriven de ello también serán mera especulación. Por ejemplo —como cree Greyson—, que la existencia de «algún tipo de consciencia posterior a la muerte» es plausible.

El hecho de que sean una especulación no significa que no puedan enseñarnos algo más que la sola evidencia científica de la «inmortalidad» de la consciencia. La enseñanza de los pacientes que parecen haber estado entre la vida y la muerte no se agota en el hecho de confirmar o negar la conciencia postmortem. Desde que su experiencia es ofrecida desde el único lugar posible, la existencia terrenal, podrá servirnos para abrir un sentido profundo sobre lo que significa la vida misma.

Los relatos que Greyson reconoce como más comunes alrededor de las experiencias cercanas a la muerte son, en primer lugar, la sensación de estar fuera del cuerpo físico, lo cual implica que el individuo logra mirar su cuerpo desde «arriba» como si estuviera mirando un objeto más, lo cual lo ayuda a planificar de manera más rápida, en el caso de estar atravesando por un accidente fatídico, cómo podría salvar su vida. También, en otros casos, el paciente que tiene esa sensación de estar fuera de su cuerpo, pareciera que logra comprender que se está despidiendo de la vida, y a algunos esa sensación les hace sentir paz.

Más del 80 % de los pacientes con experiencias cercanas a la muerte que han participado en la investigación de Greyson confirmaban «haber tenido la sensación de estar fuera de su cuerpo físico. Pero solo la mitad dice haber visto realmente su cuerpo y haber podido observar los sucesos circundantes desde un punto de vista aéreo».

Ese punto de vista aéreo también está relacionado con otra experiencia aún más compleja y profunda. Algunos pacientes mencionan haber «vivido» ciertas experiencias traumáticas de su pasado desde algún tipo de visión panóptica, lo cual significa que podían encontrarse en un momento de gran crisis o decepción de sus vidas, y conocían lo que estaba pensando cada uno de los involucrados, comprendiendo de una vez por todas las motivaciones que el otro o los otros habían tenido para actuar como lo hicieron.

La enseñanza de los pacientes que han estado entre la vida y la muerte no se agota en el hecho de confirmar la conciencia postmortem. Su experiencia es ofrecida desde el único lugar posible, la existencia terrenal, y puede servir para abrir un sentido profundo sobre lo que significa la vida

Esta experiencia se sigue de una sensación de perdón profundo, de que nadie es tan malvado como se creía, y que los victimarios generalmente lo son desde la inconsciencia, desde las propias limitaciones que cada ser humano muestra, la mayor parte de las veces, sin el deseo o el querer de lastimar al otro.

Otra de las experiencias cercanas a la muerte comunes era la de haber sido testigo de un mensaje o sugerencia profunda que advertía la necesidad de darle un giro radical a la propia vida. Algunos pacientes que se encontraron en el umbral de la muerte narran haber establecido comunicación con algún tipo de entidad trascendental, por ejemplo, un antiguo familiar muerto, o con una voz eterna, que generalmente asimilaban con la etiqueta divina.

Esta voz les decía que todavía no era el momento y que debían volver a la vida para cambiar su rumbo, para romper radicalmente con lo que hasta entonces habían sido. Uno de los entrevistados de Greyson cuenta lo siguiente al respecto:

«Se me comunicó inmediatamente la idea de que todas las capacidades y talentos, todo lo que me había sido dado y con lo que había sido enormemente bendecido, tenía un propósito mayor que aquel para el que yo lo usaba, que era hacer dinero, y que ese no era su propósito, sino que había otro, y que a partir de entonces debía aplicarlo de la forma en que se me iba a mostrar […] Cuando me desperté, sentía el corazón henchido y podríamos describirlo como «en llamas» […] El sentimiento de amor que tuve durante la experiencia extracorpórea se ha quedado conmigo. Yo estoy allí; está dentro de mí. No ha desaparecido, no ha cambiado.»

Lo anterior es resultado de lo que Greyson llama la experiencia del «visionado de la propia vida», que consiste en que el paciente mira su propia vida como en una película rápida, en la cual se vuelve el espectador pasivo de su propia trama: «El sujeto ve sucederse ante sus ojos algunas escenas de su pasado», haciéndolo valorar los momentos buenos y malos de su pasado, no solo desde su propia perspectiva, sino desde la consideración de la óptica de los demás personajes que lo acompañaron en la propia película de su existencia.

Parece que, tras volver de la experiencia, dicha revisión de los episodios de la propia vida se vuelve un poderoso motivo para superar pérdidas, sobreponerse a traumas, y encontrarle un significado menos polarizado a su vida, lo cual ayuda al paciente a «implementar cambios en su comportamiento a partir de lo que ha aprendido».

Las experiencias cercanas a la muerte pueden mostrarnos más sobre la vida que sobre lo que podría venir tras la desaparición de ella. Dichas experiencias se convierten en faros que iluminan la vida de los supervivientes, inspirándolos a cambiar de rumbo, volviéndolos más empáticos con los otros y con quienes en el pasado los ofendieron, coloreando de sentido una existencia que previamente estaba condenada a la amargura y ofreciéndoles la conciencia de que cualquier instante podría ser aniquilado por la oscura noche de la muerte.

Y es que, como escribió Johannes von Tepl, «apenas un hombre viene a la vida ya es bastante viejo para morir».

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