Para la teoría metafísica clásica, las Ideas eran la esencia inmutable de la realidad. Todas las cosas buenas, por ejemplo, compartían algo común, tenían una esencia general por la que se definían como buenas y que subsistía a las mismas. Si encontrábamos la definición de lo bueno, o de la bondad, veríamos cuál era el fundamento universal de todas las cosas denominadas buenas.
Ortega rompe radicalmente con esta concepción idealista de la realidad, según la cual las ideas son el fundamento de la realidad, y no a la inversa. En la era pandémica hemos experimentado en nuestras propias carnes cómo las ideas más comunes y presupuestas por todos, aquellas que ya son creencias de una sociedad, pueden truncarse y modificarse con el giro de las circunstancias. La consideración del vecino, que de ser alguien amigable o neutro para nosotros ha pasado a ser un peligro potencial, la concepción de toda realidad externa a nuestra casa como un hervidero de agentes nocivos, la hostilidad del medio, todo ello colabora para reconstruir cómo vemos el mundo, cómo nos enfrentamos a lo que nos rodea.















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