- 1 La teoría hipodérmica de la lectura
- 2 El paradigma inmunitario
- 3 La identificación como replicación biológica del virus-libro
- 4 La literatura más allá del panfleto
- 5 La lectura solitaria
- 6 Las consecuencias coloniales del paradigma inmunitario
- 7 Y, entonces, ¿dejamos de censurar?
- 8 La censura más allá de la censura
Es a veces un debate en el mundo editorial qué se considera «rápido», o «novedad», o cuando uno llega «tarde» a los libros (si es que esto acaso es posible en algún plano). Llevo dos meses —desde que salió el libro el pasado 2 de octubre— pensando en escribir sobre Incensurable, el nuevo libro de Luna Miguel (editado por Lumen). Al principio quise hacer una reseña más o menos clásica: exponer los temas del libro, narrar la forma, señalar los puntos que me interesaron…, pero el mundo editorial es muy rápido (o yo muy lento) y ya ha habido varias personas que lo han hecho. Porque al debate sobre los ritmos debemos añadirle otro: ¿cómo escribir en Internet para que aporte algo al debate en la red (si es que esto acaso es posible en algún plano)?
Así que, en esta reseña, porque esto no deja de ser una reseña, en vez de describir el libro y su forma, me apetecía tomarme el libro radicalmente en serio. Partir de él. Asumirlo. Pensar qué nos propone y asumir su propuesta. Explorar sus debates. Terminar de andar su mundo. Hacer caso a Luna Miguel cuando en una entrevista dijo que la trama de este libro es la trama del pensamiento. Por eso, leer el libro como una propuesta filosófica, como un mundo ensayado: una propuesta de otro mundo posible (ensayo-tentativa) y una declaración sobre las normas de ese mundo posible (ensayo-propuesta).
Lo bueno que tiene Incensurable, por su formato de ensayo ¿novelado?, es que vuelve más explícita todavía la tensión entre los dos significados de «ensayo». En otra entrevista, Miguel dijo, medio en broma, medio no, que lo que ella hacía era algo así como ensayismo mágico, y me parece un término acertadísimo: no dejar de ensayar, no dejar la teoría y la filosofía, pero hacerlo de otra forma, más novelada, más ficticia, más mágica. Por eso me apetece que esta reseña no se detenga en mencionar o vender el libro, sino que entre de lleno a su apuesta: entrar a jugar y a dialogar con el núcleo de Incensurable, que no es otro que el debate sobre la censura en la literatura (o en el arte). Porque, creo, no hay forma de tomarse más en serio un libro que dialogar con el mundo-ensayo que propone.
Pero, para no dejar a nadie atrás, hablemos lo más brevemente posible del libro en sí. Incensurable es una obra híbrida entre el ensayo, la ficción y el ¿género? de la conferencia académica. En el libro se narra la historia de Lectrice Santos, una filósofa española obsesionada con desentrañar el misterio de la desaparición de Lolita, la novela de Vladimir Nabokov. La historia se desarrolla en 2029, cuando Lectrice es invitada a dar una conferencia sobre «el placer y la censura» en la Universidad Autónoma de Madrid. Durante su exposición, Santos revela que Lolita ha sido víctima de lo que ella denomina el «Gran Apagón L.», un fenómeno misterioso por el cual el libro ha desaparecido prácticamente de todas las bibliotecas, librerías y referencias culturales del mundo desde 2009.
El caso es que, durante la conferencia, Santos enfrenta la oposición de algunas estudiantes que la acusan de promover el contenido pedófilo del libro. La situación escala hasta que es expulsada del auditorio principal y debe continuar su charla en un aula escondida con solo unas pocas alumnas fieles. Así que, nosotros, como buenos discípulos de Lectrice Santos, como si hubiésemos estado escuchando en aquel cuarto, mantengamos su llama encendida y tomemos en serio su apuesta; pongamos en el centro la pregunta no tanto por Lolita, sino por la censura y apagón: ¿qué supone desear la censura de Lolita? ¿Cómo es que podemos desear esa desaparición? ¿Por qué cancelamos? ¿Por qué censuramos? Aquí va el diálogo con el libro en forma de ocho tesis sobre la censura hoy.
1 La teoría hipodérmica de la lectura
Incensurable es especialmente bueno en mostrar que las personas que quieren censurar un libro sostienen en el fondo una teoría hipodérmica de la lectura: conciben los textos como contenido que se inyecta en lectores puramente pasivos. Lectores que solo sufren ese contenido, y un contenido cuyos efectos son automáticos o unívocos. Hay que retirar las obras que nos pueden hacer «enfermar» porque el contacto con ellas es patológico. No podemos hacer nada, no podemos refrenarlo: nos infecta como nos infecta cualquier virus. A este respcto, en el libro, dice Santos:
«Hay libros que sueltan veneno, y este, en especial, apestaba. Me disgustaba y me gustaba. Me repelía, pero me obligaba a no apartar la vista de sus enrevesadas páginas».
Desde este punto de vista, la censura se hace por el bien de un cuerpo (el nuestro) que no tiene anticuerpos suficientes frente al libro-virus. No está en nuestra voluntad enfermar o no, y por eso tenemos que vacunarnos. Lo mismo con la literatura perversa (en este caso, pedófila). Esta teoría hipodérmica de la lectura concibe al sujeto ontológicamente como una superficie permeable, o en otras palabras: como un ente sin agencia. El sujeto es mera membrana, un pasto para la infección. Es obvio que estas personas censoras entiendan la política como la gestión de las infecciones a este pobre y débil cuerpo lector mediante su protección (censura).
Al homogeneizar nuestra pasividad, esta forma hipodérmica de comprender la lectura ignora, como puede verse, que los textos no tienen efectos unívocos en nuestros cuerpos. No leemos todos desde el mismo sitio ni recibimos los textos con los mismos marcos interpretativos. De hecho, las obras son actualizadas diferencialmente por las distintas comunidades interpretativas (y Lectrice Santos es un buen ejemplo de ello). Como bien señaló Gadamer, la obra es la fusión de horizontes que ocurre entre el horizonte del cuerpo lector y el horizonte del cuerpo-libro, y no la infección del segundo al primero. La lectura es más una cocreación que un proceso unidireccional.
Incensurable despliega una reflexión sobre la censura literaria a partir de una trama filosófica y ficticia que interpela nuestros modos de leer. Explora los debates sobre protección, deseo de borrado y agencia lectora
2 El paradigma inmunitario
Esta visión procensura, que en la obra de Miguel es encarnada por la turba de personas que quiere cancelar la conferencia y que va, poco a poco, arrinconando físicamente a Lectrice hasta que se recluye en su casa, se apoya en un paradigma inmunitario. Un paradigma que entiende los textos peligrosos como agentes patógenos y a la censura como profilaxis de los mismos.
Una visión higienista de la cultura, por cierto, que refuerza en su circulación inconsciente la paranoia colonial de la pureza: el cuerpo social necesita unas fuertes fronteras inmunológicas para no quedar contaminado, para no pervertirse. El cuerpo enfermo es el cuerpo contaminado, que ya no es idéntico a sí mismo, que ha entrado en contacto con lo otro, en este caso: los libros perversos.
Frente a este paradigma inmunitario, Santos ensaya (en sus dos sentidos) un espacio de vulnerabilidad: la vulnerabilidad no es algo pasivo que nos vaya a destruir; es, más bien, la condición de posibilidad de la transformación. Y es también (y aquí la mayor apuesta del libro) la única vida posible porque el aislamiento total nos ahogaría, nos mataría. La fantasía procensura es una fantasía neurótica que nunca podrá llevarse a cabo. Siempre habrá una Lectrice-virus, un alumno que edite sus conferencias o un texto con grietas que introduzca la diferencia en nuestro cuerpo:
«Se trata, en todo caso, de meterse al agua cuando hay bandera roja, y no saber si la siguiente ola te ahogará o te arrastrará, magullándote contra el chinorro, de vuelta en la orilla».
Ni que decir tiene que esta visión de la lectura (hipodérmica, inmunológica, colonial, neurótica) es altamente paternalista. Una visión paternalista que defiende la existencia de dos tipos de cuerpos lectores claramente diferenciados entre sí y con distinta posición social: los lectores ilustrados con capacidad y razón de censurar y los lectores débiles, potencialmente carne de infección. (Y otra vez, ay, el dualismo cuerpo-mente aplicado al campo social).
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3 La identificación como replicación biológica del virus-libro
Expuesto de esta manera parece fácil que no nos veamos reconocidos en este paradigma. ¿Quién querría defender esta teoría de la lectura? ¿No deseamos todos ser alumnos de Lectrice Santos? Valientes lectores que leen lo que otros no se atreven… Solo censores muy convencidos podrían estar de acuerdo con este paradigma con lo expuesto hasta aquí. Nadie quiere ser paternalista, ni neurótico, ni colonial… Sin embargo, este paradigma funciona y opera, no es algo residual. En la actualidad, se cancela y se censura. ¿Dónde está, digámoslo así, su parte popular? ¿Por qué funciona? Por algo que está mucho más asentado en nosotros cuando pensamos en la lectura: creer que leer es identificarse con el libro.
Decir que una de las mayores tendencias de la actualidad en la lectura es buscar la identificación con lo leído no es nada nuevo. El «soy yo literal» o pensar los libros «para poner palabras a lo que me pasa» codifican todo el deseo lector bajo el mecanismo de la identificación. Un mecanismo que está en el centro del paradigma inmunitario porque la forma que tiene el virus-libro de traspasar nuestra dermis lectora es que nos identifiquemos con él. Hay que censurar Lolita, sostiene la teoría hipodérmica, porque su protagonista tiene explícitos deseos pedófilos, y si nuestra forma de leer es identificativa, entonces la circulación de este libro hará que aumenten estos deseos perversos. La censura se vuelve, entonces, una cuestión moral.
Pero este discurso olvida la distinción lacaniana entre la «identificación imaginaria» y la «identificación simbólica». Podemos participar en los libros sin identificarnos literalmente con lo que se dice (identificación imaginaria), esto es, sin asumir que cada vez que pone «yo» o se habla en primera persona, se habla de nosotros. Podemos, en cambio, participar de una forma simbólica: participar desde la posición estructural del personaje, ocupando la posición narrativa de su deseo para comprenderlo, para rastrear su retórica, para ver la construcción del objeto que se desea. Como dice Santos en Incensurable:
«Y, aunque es completamente lógico que una lectora hechizada por su polvillo de azúcar o sus impulsos magnéticos, que una lectora somática hermanada con sus sufrimientos sienta la tentación de gritar a los cuatro vientos que ‘¡Dolores Haze soy yo!’, es probable que en este juego de chillidos histéricos el único válido sea el de ‘¡Dolores Haze es Dolores Haze!’, porque ya basta de apropiarse de la libertad, la independencia, y el futuro de esta cría imaginaria.»
El paradigma inmunitario describe la censura como profilaxis cultural: una defensa higienista que teme la contaminación simbólica y reduce la vulnerabilidad a amenaza. Frente a ello, Incensurable propone una lectura transformadora, no paternalista, donde la identificación lectora se complejiza y se abre a posiciones simbólicas no reductivas
4 La literatura más allá del panfleto
Tenemos entonces que esta visión inmunológica de la lectura construye los siguientes elementos: un cuerpo lector pasivo (infantil, de hecho), un mecanismo de entrada del libro-virus que es la identificación y la necesidad de una política higiniesta para impedir la infección del cuerpo social sano. Pero falta examinar al libro. ¿Cómo concibe esta visión hipodérmica al libro-virus? Pues bien, lo hace como un panfleto.
Lo que hay bajo la visión procensura es la concepción del libro como un ente de positividad total, sin quiebres o contradicciones. Sin fallas. Lo que hay dentro de Lolita son alegatos pedófilos y puros decorados literarios para esos alegatos:
«Dejen que obvie que ahí afuera todavía habrá futuras filólogas indexadoras o aspirantes a columnistas de opinión neutrales en un periódico conservador, convencidas de que la profesora Santos ha traicionado la causa feminista trayendo hasta su templo de enseñanza libre este, entre comillas, panfleto para pedófilos. Eso es lo que salía de sus bocas, sí, ¡panfleto para pedófilos! ¡Y ni siquiera lo han leído!»
Por eso hay que censurarlos. Porque los libros no dicen más que lo que dicen y solo dicen una cosa. Son panfletos que nos dicen: «¡Piensa esto!».
Pero los libros son más que eso, ¿verdad? De hecho, la buena literatura es de todo menos panfletaria. Como dijo Adorno en Teoría estética, la verdadera obra de arte «resiste su propia ideología» porque contiene contradicciones internas. El libro que no es panfletario se niega de alguna forma a sí mismo, se pone en duda, no permite un cierre completo. Y es en este movimiento dialéctico donde se produce la experiencia estética, en cuyo núcleo encontramos el extrañamiento crítico. Por eso el diálogo con los buenos libros no se agota:
«Lolita es problemática, ya lo han visto. Pero es que la literatura es un problema en sí misma, y no habrá nada malo en reconocerlo mientras nos aventuremos a juzgar los textos que tenemos delante con honestidad y empatía. Mientras entendamos qué posibilidades nos regala la ficción. Mientras nos pongamos frente a la confesión de Humbert, escalemos la encrespada montaña hacia la que su autor nos arrastra, y miremos desde nuestra verdad la belleza que nos ofrece su cima».
La lógica procensura reduce los libros a panfletos unívocos capaces de inocular ideas perversas en lectores pasivos. Incensurable desmonta esa mirada higienista mostrando que la literatura auténtica es contradictoria, dialéctica y nunca cerrada
5 La lectura solitaria
Ya vamos terminando el boceto del deseo-censura, el boceto de por qué alguien querría que no se leyese Lolita. No debería leerse porque es un panfleto sin esquinas ni contradicciones. No debería leerse porque el cuerpo lector es pasivo e infantil y compra todo lo que dice un libro (que solo dice una cosa). No debería leerse para que no nos identifiquemos con los deseos pedófilos de Humbert. No debería leerse, en fin, si queremos vivir en una sociedad justa y perfecta.
¿Qué es, sin embargo, lo que más me apena de esta teoría hipodérmica de la lectura que justifica la censura? Que concibe el acto de leer como un acto solitario. Y aquí está el gran triunfo de Incensurable: la censura no tiene sentido (epistemológico, si queremos) si nuestra lectura es grupal, si leemos con otras. No hay nada que censurar cuando el cuerpo lector es variado y cuando la lectura es una construcción conjunta. Incluso con el más panfletario de los panfletos y el más pasivo de los cuerpos lectores: ¿no es la diferencia que sostiene un grupo el motor del pensamiento crítico y el debate?
De ahí la desviación que inteligentemente propone Miguel: la censura no quiere desactivar realmente los efectos nocivos de Lolita. No. Porque si quisiera, entonces propondría lecturas conjuntas. Su deseo es el de encarnar un cuerpo ilustrado que prohíbe bajo la moral correcta (la buena lectura, el buen canon, el buen feminismo…). Porque si realmente estuvieran preocupados por los efectos nocivos de Lolita entenderían que una lectura conjunta y un debate sobre el mismo anularía el presupuesto de sus posturas: el cuerpo lector, pasivo e infantil. Si no, ¿por qué preferir la prohibición antes que mejorar las formas de circulación?
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6 Las consecuencias coloniales del paradigma inmunitario
Uno de los problemas de esta lógica censora es que extiende su fantasía de pureza al canon, buscando un canon «limpio» de misoginia, racismo… Lolita es un libro que se escribió en el siglo XX y un argumento para su censura es que es necesario revisar nuestra historia estética porque esta es patriarcal y colonial.
Una revisión censora que se entiende, sobre todo, como un ejercicio de expulsión, de echar afuera. De ahí el neologismo que propone Incensurable para designar a esta literatura que queda fuera: «obliteratura»:
«Como si el conjuro que Hermione Granger utilizó para que sus padres se olvidaran de su existencia [obliviate] hubiese recaído contra toda referencia, contra toda representación, contra toda lectura mitológica o contra todo atisbo de memoria de Lolita. Más que un ‘obliviate’, una rotunda invocación a los poderes de la ‘Obliteratura’. El ‘Gran Apagón L.’, con ele, no de Dolores, sino de lotofagia, ¿el fruto homérico y narcótico del placer? ¿La flor censora de los malos recuerdos? ¿Era Lolita un recuerdo que alguna bruja deseaba erradicar y que, en su vengativo intento, terminó borrando de todos los mapas?».
Ocurre que hay dos problemas con esta fantasía de pureza. ¿Es posible una limpieza total del canon heredado? Por un lado, no existe producción cultural precapitalista, prepatriarcal o precolonial que sea «pura». No hay pasado al que volver. Por mucho que borremos las manchas, debajo de ellas no está nuestro futuro. El pasado es diverso y presenta tensiones, claro, y por supuesto debemos tensionarlo para que otros pasados sean posibles, sí, pero llevada esta pureza a su extremo nunca se va a encontrar un sitio en el que descansar.
Además de que no hay un pasado al que volver, el otro problema es que este ejercicio de limpieza puede resultarnos políticamente contraproducente porque elimina textos que nos podrían ayudar a historizar nuestras opresiones. Podría pasar que al limpiar nuestro pasado no podamos ver o entender cómo han operado o se han construido las opresiones que heredamos de este mismo pasado. En palabras de Lectrice Santos-Luna Miguel:
«Teniendo en cuenta que la cancelación es una especie de hermana tonta de la censura, una suerte de paso previo y cobarde, más relacionado con el mercado que con la moral, tomarnos la molestia de contextualizar una obra incómoda resulta más eficaz que cancelarla. En palabras de Sapiro, cancelar mantiene la violencia simbólica de esas obras, ‘mientras que hacerla explícita haría que la gente entienda por qué es problemática’».
Pero la alternativa a la censura del pasado no puede ser la libre asunción del canon heredado. Hay una tercera vía, cerca de lo que Glissant llamó criollización: mezclar el canon, contaminarlo, usarlo, reescribirlo, tratarlo como un archivo vivo que puede ser contestado, manipulado, transgredido e intervenido. Hacer decir al canon lo que no quería decir. Ponerlo a circular de otras formas. Que sufra. Darle una nueva vida. Vestirlo diferente.
La teoría hipodérmica concibe la lectura como un acto aislado y el canon como un territorio que debe purificarse. Incensurable desmonta esa fantasía proponiendo lecturas colectivas y una relación criolla con el canon: contextualizar, tensionar, contaminar y reescribir para abrir futuros críticos
7 Y, entonces, ¿dejamos de censurar?
Y hasta aquí, creo, queda contorneado más o menos el mundo que ensaya Incensurable. Un mundo que, como puede verse, no está tan lejano del nuestro. Pero ¿qué pasa más allá de este mundo? ¿Qué preguntas quedan al otro lado de la frontera de Incensurable? En el libro está perfectamente retratado y criticado el paradigma inmunitario que proponen muchas teorías procensura, pero ¿nos aboca eso a un mundo donde no podamos cancelar nada? O mejor, y si queremos ser más finos, ¿existen situaciones donde sea políticamente interesante (otra vez, la política) censurar o cancelar una obra? ¿Cuáles serían? ¿Con qué criterios los abordamos sin volver a la infantilización del cuerpo lector, a presuponer la identificación…?
Un criterio posible podría ser atender a la circulación material de las obras y sus efectos (materiales) en cuerpos subalternos. Seguir a Catherine MacKinnon cuando señaló que la pornografía no era solo un problema simbólico (esto es, un problema sobre cómo se representaban a las mujeres), sino un problema material: sostener la pornografía implicaba sostener una industria, unos circuitos, una precarización y determinadas violencias. Más allá de la visión que tenía MacKinnon sobre el porno (que no es nuestro tema), ¿no podría ser esta una forma de pensar otros motivos políticos para la censura?
No tiene sentido censurar Lolita porque Nabokov murió y su circulación nada sostiene (entiéndase). Pero ¿no deberíamos dejar de sostener, comprar o apoyar cualquier trabajo estético que en su circulación sostenga materialmente un determinado régimen de opresión? Dictaduras, plataformas que invierten en armas en genocidio… ¿No debemos desplazar el problema de leer o no leer desde la representación a la materialidad de los circuitos que instaura? ¿No hay otro debate que necesitamos atender?
8 La censura más allá de la censura
Pero sigamos asomándonos más allá de las fronteras de Incensurable. Bordeemos su mundo para andar más allá de él, pero partiendo de él. Si en el anterior punto nos preguntábamos por la materialidad de la censura, en este pensemos en cómo pensamos a veces la propia censura simbólica. Y es que Incensurable pone el foco (porque, obvio, no se puede narrar todo) en la censura como cancelación, en la turba de gente que irrumpe en un acto y lo cancela. En el escándalo. En la represión.
Esta es una forma disciplinaria de ejercer el poder, si queremos usar los términos de Foucault. Un poder que opera por sustracción (eliminar Lolita del canon) y a través de la prohibición. Quizá la pregunta por la censura entonces deba completarse a la luz de esta otra: ¿es esta la forma actual en la que se despliega mayoritariamente el poder? ¿O el neoliberalismo, en cambio, tiene una forma más productiva de funcionar? Y es que según la tesis del propio Foucault, el poder neoliberal no funciona reprimiendo cuerpos, sino que sobre todo los produce, crea el sujeto.
Desde este punto de vista, quizá lo interesante no sea fijarnos (solo) en el acto censor y de represión, sino en cómo el poder produce el deseo-censura: ¿cómo es que llegamos a desear el ser-turba? ¿Bajo qué mecanismos se genera ese deseo? ¿Cómo se ha instaurado en el pensamiento crítico que sobre las obras hay una única lectura correcta? ¿Es necesaria la turba o la censura funciona antes, por ejemplo, cuando nos reprimimos a nosotros mismos? ¿Qué dejamos de leer cuando entramos en un espacio crítico por miedo a ser censurados?
Cojo estas preguntas porque están pensadas desde el marco que propone el propio Incensurable, un marco feminista donde la pregunta es cómo puede ocurrir la censura dentro, precisamente, de esos espacios. Pero si pensamos la censura a nivel del sistema, ¿no es la represión la forma más reducida de censurar? ¿No opera sobre todo por hiperproducción, saturación, ironía…? Los libros que no se leen o la formación de los nuevos canons patriarcales, ¿cómo se consolidan? ¿Cuál es el mecanismo que lo solidifica?
En fin, muchas, demasiadas preguntas. Es lo que tiene asistir a una buena conferencia. Por nuestra parte, andados estos puntos, quedémosnos con lo que nos propone Luna Miguel: leer cualquier libro, leerlo con otros, tratarlo con respeto y dialogar con él, somatizarlo hasta el final, salir de nosotros mismos, pensar en el mundo que se nos abre y pelearlo, por muy incómodo que nos haga sentir. Porque lo que está en juego tanto en la censura como en nuestra sociedad de consumo es, sobre todo, una determinada forma de leer. Y esa batalla no podemos perderla.
Javier Correa Román (Madrid, 1995) es doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Redactor de FILOSOFÍA&CO, es autor de cinco libros, los últimos publicados: Estética y Emancipación. Hacia una teoría del arte de lo común (2021), Micropolítica del amor. Deseo, capitalismo y patriarcado (2024), y, en Libros de FILOSOFÍA&CO, Arte en la era digital (2023) y Nihilismo (2025). Es librero de malaletra.




















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