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La mirada de Foucault sobre «Las meninas»

La primera gran obra del filósofo francés Michel Foucault, «Las palabras y las cosas», abre con un capítulo en el que analiza detalladamente el juego de miradas, visibilidad y representación de «Las meninas». Según su interpretación, Velázquez muestra el drama intrínseco de la representación.

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«Las meninas» es el cuadro más conocido de Velázquez. Como obra cumbre de la pintura universal fue analizada filosóficamente por Foucault. La imagen es un fragmento del cuadro, digitalizado por el Museo del Prado, de dominio público.
«Las meninas», de Velázquez. Como obra cumbre de la pintura universal fue analizada filosóficamente por Foucault. La imagen es un fragmento del cuadro, digitalizado por el Museo del Prado, de dominio público.

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La primera gran obra del filósofo francés Michel Foucault, «Las palabras y las cosas», abre con un capítulo en el que analiza detalladamente el juego de miradas, visibilidad y representación de «Las meninas». Según su interpretación, Velázquez muestra el drama intrínseco de la representación.

Representar la propia representación

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Las palabras y las cosas, de Michel Foucault (Siglo XXI Editores).

La representación, dice Foucault en Las palabras y las cosas, es el paradigma de conocimiento en la época moderna. La representación se basa en una relación entre las palabras (o imágenes) y el mundo. Una relación según la cual las palabras (o el cuadro) son signos neutros que muestran la realidad. Los signos remiten, hacen visible, son luz.

La introducción de la perspectiva en los cuadros muestra esta intención por mostrar la realidad, por representarla. En los cuadros se representan escenas, personas e incluso cuadros. Las meninas, en cambio —y he ahí su genialidad— representa no una persona o un cuadro, sino la representación misma.

Lo visible y lo invisible

La clave de Las meninas, señala Foucault, es la compleja relación que se da entre lo visible y lo invisible. Por un lado, todos los personajes ven una escena invisible, ven lo que nosotros, espectadores del cuadro, no vemos. Los integrantes del cuadro posan su mirada sobre la escena que se representa en el lienzo, una escena que a nosotros nos resulta invisible. No la vemos porque no miramos a lo representado (la escena que pinta Velázquez), sino que asistimos a la representación misma.

Otro juego que se da en el cuadro tiene como protagonista a la luz. La luz que inunda toda la sala, fundamento que nos permite ver, es, a la vez, invisible, queda cortada en el cuadro. En Las meninas se muestra lo que no puede ser mostrado, se ve lo invisible, se representa la representación misma.

La clave de Las meninas, señala Foucault, es la compleja relación que se da entre lo visible y lo invisible. Todos los personajes ven una escena invisible, ven lo que nosotros, espectadores, no vemos. No la vemos porque no miramos a lo representado, sino que asistimos a la representación misma

Reflejo de lo que no puede ser visto

El espejo es el objeto clásico de la representación fidedigna. Sin embargo, el espejo del cuadro no refleja la escena, no representa lo que tiene delante. El espejo del fondo de la sala se salta todo el campo de lo visible —y es que no vemos las espaldas reflejadas, por ejemplo— para llevarnos a lo invisible, a la escena que todos los personajes miran, a los personajes que, supuestamente, van a aparecer en el lienzo.

En este cuadro, el espejo no representa, sino que hurta a la realidad lo que no puede ser visto.

El espectador como centro

El juego se completa con nosotros, los espectadores. Todo aquel que mire el cuadro se coloca, de repente, en el centro de este juego de espejos. El espectador se sitúa en el sitio del rey al que Velázquez va a pintar. Así, no vemos el cuadro, sino que vemos lo que normalmente este ve cuando es pintado. A este respecto dice Foucault:

«Así pues, el espectáculo que él [el espectador] contempla es dos veces invisible; porque no está representado en el espacio del cuadro y porque se sitúa justo en este punto ciego, en este recuadro esencial en el que nuestra mirada se sustrae a nosotros mismos en el momento en que la vemos».

*Este artículo se publicó originalmente en el número 2 de la revista impresa FILOSOFÍA&CO.

Sobre el autor
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Sobre el autor

Javier Correa Román (Madrid, 1995) es doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Redactor de FILOSOFÍA&CO, es autor de cinco libros, los últimos publicados: Estética y Emancipación. Hacia una teoría del arte de lo común (2021), Micropolítica del amor. Deseo, capitalismo y patriarcado (2024), y, en Libros de FILOSOFÍA&CO, Arte en la era digital (2023) y Nihilismo (2025). Es librero de malaletra.

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