Escrito para sí mismo
No todos los días se puede seguir el hilo de pensamiento de un emperador romano. Mucho menos el discurso directo de cómo pensaba un estoico. Es todo un privilegio poder escuchar la voz de Marco Aurelio en un libro escrito para sí mismo, que en principio no estaba hecho para que lo leyéramos y que ha llegado a nosotros casi como una novela de detectives, por mil vericuetos. Como pasa algunas veces, no tantas, con otros libros valiosos, su autor nunca llegó a sospechar que iba a ser leído así, ni cuán lejos llegaría su influencia. Como reza el viejo dicho latino: habent sua fata libelli.
El destino de este texto es extraño y no acertamos a entender bien cómo logró sobrevivir y de qué manera se transmitió. Se gestó en las campañas militares del Danubio como notas sueltas del emperador en las fronteras, entre lodo, sangre y nieve. A partir de ahí, hay pocas noticias acerca de cómo se transmitió en la Antigüedad, solo algunas referencias dudosas de la época tardía. Fue en la Edad Media bizantina cuando, al parecer, el erudito Aretas de Cesarea (del siglo IX) copió un antiguo ejemplar que hoy no conservamos, y de ahí deriva toda nuestra tradición posterior, que menciona el léxico bizantino Suda.
Solo un manuscrito, en la Bibliotheca Apostolica Vaticana (el Vaticanus graecus), presenta los doce libros completos de las Meditaciones. En 1559 se editó la editio princeps moderna en la imprenta de Andreas Gesner en Zúrich, con la traducción latina de Guilielmus Xylander (Wilhelm Holzmann), que utiliza otro códice, esta vez de la Bibliotheca Palatina de Heidelberg (Toxitanus), tan importante para el humanismo, que se perdió tras esa primera edición. Como se ve, es un libro singular en su tradición.














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