Suscríbete
Número especial - HANNAH ARENDT

·

TODO ARENDT

Dosier

Hannah Arendt y la época de las catástrofes

Totalitarismo, democracia y libertad

Nuevo

Revista Especial HANNAH ARENDT

Compra aquí

Reconstruir la confianza política

La conversación política gira en falso. Entre el hartazgo digital y la sospecha generalizada, ¿cómo recuperar la confianza política, la capacidad de imaginar futuros deseables? Lapsus Linguae reunió en La Casa Encendida, en Madrid, a pensadores que exploraron los afectos que paralizan y las formas de transformarlos en acción política consciente y comprometida.

0 comentarios

La política es cada vez más una composición afectiva de violencia, miedo y hartazgo. ¿Cómo recomponer la confianza política, un espacio público que sea ilusionante? Diseño realizado a partir de los elementos de Freepiks y CanvaPro (licencia CC).

La política es cada vez más una composición afectiva de violencia, miedo y hartazgo. ¿Cómo recomponer un espacio público que sea ilusionante? Diseño realizado a partir de los elementos de Freepiks y CanvaPro (licencia CC).

0 comentarios

Es cada vez más compartida la sensación de que la conversación política está estancada, girando en falso sobre sí misma. Más de una vez hemos visto a un intelectual o a un periodista repetir el mismo análisis cansino en diferentes entrevistas, o nosotros mismos repetimos ideas en las que ya no creemos. Estas dinámicas lentamente conducen al sesgo de confirmación de lo que ya pensamos y la imposibilidad de conectar con el que piensa diferente.

Sin embargo, la realidad política actual no podría ser más heterogénea y, por tanto, su intento por pensarla resulta más estimulante que nunca. También, por otro lado, existe una desconexión cada vez más pronunciada entre el discurso, el pensamiento y la acción política. Para volver a ligarlo —más que agregar capas de análisis— y para encontrar un nuevo factor que explique el ascenso y el encanto de las ultraderechas, hay que comenzar por revisar nuestras propias formas de conversación, generar instancias donde pueda darse una más pausada y divergente, que inspire compromiso con el presente y haga deseable el futuro. A veces lo olvidamos, pero la política es la condición de posibilidad del futuro. Y la política es, primordialmente, una conversación.

Un paso en este sentido ocurrió el pasado mes de octubre en Lapsus Linguae, un encuentro de pensamiento y cultura celebrado en La Casa Encendida, en Madrid, en el marco de «España 50 en Dignidad». Comisariado por la politóloga Alicia Valdés, reunió a diferentes intelectuales y escritores en torno a la tarea de la imaginación política. En este artículo revivimos algunas de los debates que se dieron allí y los entusiasmos abiertos que dejaron para seguir pensando.

Número 14 - Revista FILOSOFÍA&CO

HANNAH ARENDT

Una pensadora imprescindible para el siglo XXI

¿Cuál es el horizonte afectivo de la política contemporánea?

Esa fue la pregunta que estructuró la primera charla de la jornada, entre Amador Fernández Savater y la escritora Sara Torres. Para comenzar, Amador propuso esto: la humillación. El acto de humillar contiene una dialéctica particular. Algo es humillante, y no simplemente opresivo, cuando aún queda un margen de acción para quien es humillado. Esa es la fórmula más directa para la venganza y lo que se acumula en ella: el resentimiento. Porque humillar a otro no es simplemente dominarlo, sino exponerlo en su inferioridad a la vista de todos.

Es decir, no se trata simplemente de una dominación en términos capitalistas clásicos: aquí el amo se burla del esclavo y este, en su búsqueda de reconocimiento, termina humillando a otros como él. Lo novedoso de las prácticas actuales de humillación es que estas son sobre todo entre pares. Es, en suma, el lenguaje que une a los poderosos con los desposeídos. Es el lenguaje de los vídeos de TikTok, pero también es el lenguaje de los políticos de ultraderecha ante sus adversarios.

A su vez, la mediatización de las imágenes de la humillación genera atracción, en algunos incluso admiración. Ya no se le teme al humillador, sino que comienza a operar un fuerte deseo de convertirse en él. Desde los juegos infantiles, el bullying, a las peores atrocidades de los crímenes de guerra, la humillación estructura hoy la forma de hacer (y sentir) política. Así, para Fernández Savater, la humillación sería el horizonte afectivo que atravesaría tanto la estructura social como el malestar personal.

Sara Torres introdujo otro afecto central: el hartazgo. La fatiga, el cansancio de la repetición y la sensación de que no hay forma de resistirse lo generan. Pero el hartazgo se presenta como un límite que puede ser también una oportunidad para una reflexión y acción más conscientes.

La política es una conversación y un campo afectivo estancados: humillación y hartazgo atraviesan hoy el malestar social y explican el atractivo de la ultraderecha

Torres hizo la observación de que muchas veces las personas están cansadas de sus propias relaciones o de sus propias identidades, reducidas a etiquetas o enjuiciamientos, en lugar de aceptar la complejidad de sus afectos y vínculos. Y dio ejemplos muy cercanos: «Estoy harta de mi amiga que viene siempre con el mismo problema», «Estoy harta de los hombres», «Estoy harta de mis compañeros de trabajo», «Harta de mí misma». Frases que decimos incluso antes de estar hartas de verdad, formas reactivas donde se inhabilitan otros afectos como la paciencia, el sostén, la confianza.

Por eso, convertir estos afectos de daño y autodaño en una potencia de liberación requiere un trabajo político interno y colectivo. El paso fundamental es aprender a transformar la rabia, la humillación y el hartazgo en fuerzas que puedan canalizarse hacia acciones constructivas y creativas. La lucha no solo es contra la estructura social, sino también contra la propia emoción que nos limita, y en esa tarea la transformación de los afectos y el autocuidado adquieren un papel decisivo.

Parecieran actos pequeños, pero comenzar a ser más pacientes con nosotros mismos y con nuestro entorno es fundamental para no contribuir a la política del descarte, donde todo se consume y nos hartamos muy rápido de todo lo que en un principio pareció interesante. Esto tiene que ver también, creo, con la hiperestimulación y la creación de expectativas: todo lo que se presenta como una experiencia singular y única termina por hartarnos cuando se repite. Emociones de «rápida acción», donde el deseo no perdura.

Y en esto quisiera introducir un trending topic: lo que pasó los meses pasados en torno a LUX, el último disco de Rosalía. Observemos cómo en principio un lanzamiento que generaba, acorde a su temática, un infinito misterio ha terminado por producirnos ahora una infinita saturación. El nivel de sobreanálisis de las reseñas del disco, las entrevistas diarias y el sinfín de contenidos producidos para su difusión, los vídeos de Rosalía de niña, sus listas de lectura, lo que comió, los lugares que visitó, hasta el más ínfimo detalle de su vida personal y hasta de su sexualidad.

Todos los periodistas están tratando de exprimir, como si se tratara de la virgen en una película de Álex de la Iglesia, hasta la última gota de sangre pura. Todo lo contrario a la mística, que consiste en velar, en no mostrarlo todo. Una pena, porque en la primera escucha el disco me gustaba, pero ahora ya estoy harta de él.

Amor y sospecha

Uno de los debates más interesantes fue acerca de la sospecha: ¿puede coexistir con el amor? Torres sostenía que el amor puede, y debe, convivir con la sospecha si en ese proceso se permite un espacio de reconocimiento y de tiempo para construir la confianza. Un ejemplo muy concreto son los celos. Estar celoso, dijo Torres, es una situación donde «me quedo humillada en mi sospecha». La cuestión de si se puede amar sin sospecha tiene que ver, para ella, con la pregunta de si es posible constituir una intimidad con la otra. La sospecha protege, pero también distancia.

Entonces, la sospecha es una actitud defensiva ante el daño, pero que dista de la entrega necesaria para el amor. Sara Torres lanzó la pregunta y la tarea: «¿Cómo hacer hueco para el eros en sistemas tan saturados como los que tenemos para interpretar lo real?». En torno a eso no faltó lugar para mencionar a «los maestros de la sospecha» de la filosofía, como los retrató Paul Ricœur: Nietzsche, Freud, Marx, quienes básicamente pusieron en duda los sistemas interpretativos de su época instaurando otros, pero que minaron la base de los valores morales y los presupuestos metafísicos hasta entonces.

Pero, por otro lado, se comentó que aquella forma de hacer crítica hoy puede ser paralizante también: en todo vemos una sospecha de inautenticidad, de «síndrome del impostor» en nosotros y en los demás, una razón oculta que haría que lo que recibimos del otro sea una «farsa». Así, «la sospecha nos mantiene en la puerta de las cosas», afirmó Fernández Savater, quien agregó una dimensión: que el amor por algo, por una persona o bien por un proyecto político, es algo que introduce diferencia y que, en tanto algo que nos trasciende, puede diluir ese ensimismamiento.

La pregunta de por qué sospecho de la persona a la que amo, o por qué sospecho de mis amigos, vale también para la pregunta política: ¿por qué sospecho de mis compañeros? ¿Por qué no puedo confiar en ningún representante, ningún proyecto político? Concluyó: «Yo creo que, en esta relación entre amor y política, el desafío está en la construcción con una diferencia. Es decir, que el otro al que vas a amar es el otro de ti, es diferente».

Se abordó también cómo la cultura digital favorece una distancia que fomenta la desconfianza, y cómo los sistemas de representación y los discursos que circulan en redes alimentan la sospecha, en la clave de la competencia y la insatisfacción: siempre hay una forma de producir más o de pasarla mejor.

Por último, se destacaron otros dos afectos como formas de contrarrestar estas dinámicas: la ironía y el humor. Pero, ojo, sin caer en el cinismo, esto es, el burlarse de todo sin comprometerse. Amador Fernández Savater lanzó una frase que he de implementar cada vez que tenga la ocasión: «Hay que ser cínico con los jefes, pero ético con los pares».

El hartazgo no solo agota los vínculos y las identidades, también bloquea la paciencia y el deseo. Transformar rabia y sospecha en fuerzas creativas exige trabajo afectivo y político. Frente a la saturación y la desconfianza, se abre la pregunta por cómo sostener el eros sin renunciar a la diferencia

SI TE ESTÁ GUSTAND0 ESTE ARTÍCULO, TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR…

Democratizar internet y la protesta en la era digital

En el segundo día se realizaron dos paneles. El primero, «Democratizar internet», con los periodistas e investigadores en temas de tecnología y poder Marta Peirano y Oriol Erausquin; y el segundo, «Protesta y reacción política», junto a la escritora Lucía Lijtmaer y el comunicador político Pablo Simón. Muy relacionadas entre sí, ambas charlas abrieron interrogantes sobre los nuevos modos de hacer política en nuestra época: hoy inseparable de su dimensión digital.

La influencia de internet en la política ya no es un tema aparte. Está hoy en la base de todas las formas de construcción de sentido e interacción social. Pero de qué manera capturan o bien liberan los métodos de acción política es una pregunta que aún estamos procesando y aprendiendo cómo manejar entre el activismo, con los cuidados y también las potencialidades que requiere.

En sus inicios, Internet fue un espacio de encuentro que nos permitía pensar que estábamos «democratizando» el conocimiento y la información. Sin embargo, la privatización de internet a través del capitalismo de plataformas, la captura de datos privados y la compra de redes sociales por parte de magnates millonarios y sus estrechas relaciones con los líderes políticos de ultraderecha pone de manifiesto sus claras intenciones antidemocráticas. ¿Es Internet hoy una herramienta para la protesta o para el control?

Para comenzar, Marta Peirano explicó cómo cambió la distribución del poder en internet desde hace veinte años hasta acá: ya no podemos pensar al espacio virtual como una «nube», sino como una infraestructura que tiene una territorialidad y relaciones de poder propias. «El algoritmo genera la ilusión del consenso», comentó Erausquin. Lo cual constituye una amenaza para las democracias. ¿Por qué? Porque constriñe los espacios de deliberación y también, creo, introduce agendas digitadas por el poder global. ¿No notan a menudo que todos terminamos hablando sobre el mismo tema? ¿Que el algoritmo solo muestra aquello con lo que estamos de acuerdo?

Recuperando a John Berger, en un texto poco conocido, «Protestas: ensayos para la revolución», se abrió un interesante debate sobre la efectividad de las protestas y cómo se las visibiliza en redes sociales. En ese sentido, se planteó renunciar a la «globalización de la protesta» y apostar por lo local y la creación de audiencias más orgánicas. ¿Es posible trasladar las formas de organización al entorno digital? ¿Qué nuevas formas de comunidad política pueden surgir en un entorno tan fragmentado?

Hoy por hoy, quizás una manifestación sería imposible de convocar masivamente si no fuera a través de redes sociales, Pero eso nos expone directamente a la vigilancia y a la mediatización del conflicto político. En ello, Alicia Valdés puntualizó lo siguiente: la forman en que se ha intercambiado la temporalidad de la protesta por la temporalidad de la máquina. El nivel de exposición a la sobreinformación nos da la sensación de que incluso nos quedamos atrás de los acontecimientos. Genera impotencia, depresión política. «Sucedió tal barbaridad y aún no hemos puesto el like», dijo. Reaccionamos todo el tiempo, pero nos comprometemos cada vez menos y nos organizamos de forma más débil.

Este punto se profundizó en la segunda y última conversación de las jornadas.

La política contemporánea se juega en el terreno digital: infraestructuras privatizadas, algoritmos que simulan consenso y plataformas alineadas con el poder

Los límites de la protesta y la violencia política

Para Lijtmaer, hablar de límites en la protesta exige reconocer primero una realidad: «El umbral de lo tolerable lo pasamos hace muchísimo. La violencia institucional lleva años normalizándose». Lo inquietante para ella no son los niveles de violencia discursiva, la estigmatización abierta e incluso la persecución de activistas políticos por parte de ciertos líderes de ultraderecha, sino el vacío posterior: «¿Por qué no pasa nada? ¿Cómo es que la criminalización del antifascismo no genera alarma?».

Simón retomó el hilo desde la teoría política. Recordó que la protesta antes se consideraba «participación no convencional», un gesto disruptivo frente a lo institucional. Hoy, sin embargo, se ha normalizado tanto que corre el riesgo de volverse decorativa. «Nadie se escandaliza cuando un partido convoca una manifestación. Lo extraño es que la protesta ya casi no incomoda a la estructura del poder», planteó. Protestar se ha vuelto permitido siempre y cuando no altere nada.

Cuando la conversación abordó la violencia política, el tono cambió. Lijtmaer recordó que los límites actuales no son simétricos: «La extrema derecha siempre ha podido ejercer violencia sin demasiadas consecuencias. La represión, en cambio, recae sobre quienes protestan». Desde la Ley Mordaza hasta operaciones policiales contra colectivos anarquistas, pasando por la criminalización de periodistas o la persecución a madres que denuncian violencia vicaria: la violencia institucional, coincidían ambos, se ha intensificado.

Normalizada y mediatizada, la protesta pierde capacidad de incomodar, mientras la violencia institucional se expande con umbrales cada vez más desiguales

Simón complementó: «El Estado siempre ha sido un actor violento, pero ahora vemos también la violencia de actores informales —grupos de choque, acoso mediático— que generan un clima invivible. Eso construye una espiral del silencio: la sensación de que discrepar puede costarte demasiado».

Se vislumbraba así un diagnóstico compartido: la sociedad se ha transformado de tal manera que incluso los espacios para reaccionar se han reducido. Simón subrayó un mal endémico contemporáneo: la falta de tiempo como forma de pobreza. «No tener tiempo impide articular acción colectiva. Te achica el mundo mental, te encierra en el corto plazo». Internet puede abaratar costes de participación, sí, pero también nos atomiza.

Lijtmaer añadió que ese malestar se combina con una impotencia generalizada que paraliza: la sensación de que toda forma de militancia está contaminada o es insuficiente. «Hay un pesimismo instalado que dice que ya nada funciona, que no hay reacción. Pero quizá sí la hay y no la estamos viendo porque seguimos evaluando el activismo del siglo XXI con los criterios del siglo XX».

SI TE ESTÁ GUSTAND0 ESTE ARTÍCULO, TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR…

¿Qué resistencia es posible hoy?

Hacia el final, Alicia planteó la pregunta esencial: ¿qué resistencia es posible hoy que permita imaginar un futuro deseable? Simón apostó por reconstruir desde lo cercano: «La administración local es el lugar donde pueden desmontarse las lógicas del odio. Hay que abandonar el narcisismo de las pequeñas diferencias y construir infraestructuras que sostengan la acción política en el tiempo». No basta con ir a una manifestación, advirtió: hace falta continuidad, coordinación y lectura crítica. «Nada de esto es inevitable. Pero hay que moverse».

Lijtmaer, desde el terreno cultural, defendió el papel de la literatura, el arte y la ficción como espacios donde aún se genera comunidad. Frente al avance de la distopía como imaginario dominante, reivindicó volver a la imaginación, incluso a la infantil: «Imaginamos muchísimo, pero siempre derrota. Necesitamos recuperar la capacidad de imaginar otra cosa».

La jornada terminó con una serie de intervenciones del público que convergieron hacia un punto común: hay luchas que sí se están dando, aunque no pasen por los circuitos tradicionales. Los sindicatos de vivienda en barrios como Vallecas o Carabanchel, en Madrid, siguen frenando desahucios cada semana, enfrentándose a multas y persecución. Para esa parte de la clase trabajadora, la acción no es una abstracción: es supervivencia.

Queda entonces una tarea en limpio: mirar donde el debate institucional no mira, entender que las formas de protesta mutan y que quizá lo que falta no es reacción, sino la capacidad de reconocerla cuando no adopta la forma que esperábamos.

Fue un cierre que conectó las diferentes discusiones y el espíritu en general del encuentro: cobrar perspectiva sobre nuestros afectos políticos y qué intervención tenemos en los espacios institucionales y ecosistemas digitales que habitamos es fundamental para proyectar las nuevas formas de nuestro compromiso.

Otros artículos que te pueden interesar

Deja un comentario