Queda ya relativamente lejos la época en la que la filosofía tuvo la pretensión, a todas luces desmesurada, de poder elaborar una explicación completa y sistemática de todo lo existente. Toda vez que las peores versiones del materialismo dialéctico marxiano languidecieron en simultáneo a la crisis terminal de los regímenes soviéticos, la filosofía ha comprendido que su aporte no tiene más remedio que ser complementado por aquellos que provienen de la antropología o la sociología.
Es cierto que esta convicción tarda todavía en expresarse en la organización de facultades y departamentos de las universidades, para la que no parece haber pasado un día desde el siglo XIX, y cuenta con una importante tarea pendiente: la comprensión de que la filosofía es también inseparable del conocimiento del funcionamiento de nuestro planeta vivo Gaia1, de sus límites y dinámicas, de sus fragilidades. Esa tarea pendiente es la que abordan, no sin cierto retraso en comparación con disciplinas como la economía ecológica2, las humanidades ecológicas.
Cómo entendemos nuestro mundo
En la tarea global de mapear la situación de crisis a la que nos ha conducido la disfuncional relación que se ha establecido desde hace más de un siglo entre las sociedades humanas y el resto de Gaia, la filosofía es una atalaya privilegiada desde la que abordar una de las dimensiones más escurridizas de nuestra situación presente: la imaginaria3. Si en esta segunda década del siglo XXI las perspectivas de un colapso ecosocial planetario4 van cogiendo cada vez más cuerpo e inercia no es únicamente porque nuestro sistema económico capitalista esté tullido por un imperativo de crecimiento perpetuo.
Tampoco porque nuestro metabolismo industrial consuma insaciablemente materiales raros y se atragante de combustibles fósiles finitos y cada vez más escasos. Ni tan siquiera porque los estados de todo el mundo, especialmente en los países extractivistas, se encarguen de erosionar la autonomía social y arrebatar los comunes a pueblos de todo el mundo para quemarlos en la hoguera del capitalismo industrial.
Como el feminismo nos ha mostrado con toda claridad, una parte muy importante de nuestros problemas actuales tienen que ver también con el modo en que entendemos nuestro mundo y lo describimos. O dicho de otro modo, tenemos que cambiar las historias que nos contamos para poder algún día contar que hemos cambiado el rumbo aciago de la historia. Al hablar de imaginarios hacemos precisamente referencia al conjunto de representaciones (nuestra forma de describir), afectos (nuestra escala valorativa) e intenciones (nuestra asignación de prioridades de acción) de una sociedad.
Hoy los imaginarios hegemónicos nos sitúan como sociedades en un lugar desde el que la lucha por revertir la trayectoria de destrucción ecológica y social en marcha resulta bien compleja. Vivimos invadidos por un antropocentrismo (y androcentrismo) que nos permite creer que podemos estar por encima y vivir independientemente al resto de Gaia (y del conjunto de la sociedad). La naturaleza es un objeto a nuestra disposición que, bien explotado, puede garantizar el bienestar.
En la tarea de mapear la situación de crisis a la que nos ha conducido la disfuncional relación establecida entre las sociedades humanas y el resto de Gaia, la filosofía es una atalaya privilegiada desde la que abordar una de las dimensiones más escurridizas de nuestra situación: la imaginaria
Un nuevo Dios laico
Es en ese punto de la ecuación en el que entra en escena el nuevo Dios que moldea y perfila los contornos de todo aquello que nuestras sociedades consideran posible o imposible, deseable o imprescindible: la tecnología. El instrumento a través de la cual nuestra relación productivista con la naturaleza puede materializarse es una tecnología que ha devenido un nuevo Dios laico.
Esta, por un lado, se considera la fuente de la abundancia material, del poder y el señorío de una sociedades industriales que siguen siendo incapaces de identificar su enorme fragilidad. Pero, además, las tecnologías aparecen como respuesta universal a cualquier obstáculo.
Frente a las profundas crisis ecológicas y sociales, el conjunto de la sociedad mantiene la calma, ya que fía todas las soluciones a una tecnociencia a la que se atribuyen capacidades casi milagrosas. El papel preponderante que juega este mesianismo tecnológico en nuestros imaginarios es lo que nos permite seguir cerrando los ojos ante el hecho de que necesitamos transformaciones sociales, políticas y económicas, no meramente transformaciones tecnológicas.
Precisamente a tratar de desbaratar el enorme obstáculo para las transformaciones que necesitamos que supone este tipo de imaginario de la tecnología dediqué mi libro Técnica y tecnología5. En este no solo identifiqué el conjunto de ideas erróneas sobre la tecnología que hoy nos atan de pies y manos, sino que fui más allá para tratar de hacerme cargo de un hecho todavía más problemático: la extensión universal de las tecnologías, la industrialización del mundo, ha hecho que en gran medida ni tan siquiera seamos capaces de entender y explicar gran parte de lo que nos sucede.
Recuperando los valiosísimos aportes de Günther Anders6 traté de mostrar que, de hecho, la extensión de la infraestructura industrial y la construcción de imaginarios y necesidades alienados con la misma ha generado una opacidad social, un oscurecimiento, en el que la complejidad de lo que hemos creado desborda las humildes capacidades cognitivas, valorativas e incluso morales de el animal que somos7.
Y es ahí donde debemos ampliar todavía más nuestra reflexión sobre la posición disciplinar de la filosofía. Porque al igual que no tenemos más remedio que desdibujar las fronteras que separan a la filosofía de la física, la biología o la antropología, también debemos dar carta de naturaleza en nuestra reflexión a las ficciones como instrumentos para la comprensión sintética, en clave metafórica, de muchos de los nudos gordianos de nuestro presente.
El papel que juega el mesianismo tecnológico en nuestros imaginarios es lo que nos permite seguir cerrando los ojos ante el hecho de que necesitamos transformaciones sociales, políticas y económicas, no meramente tecnológicas
«Rompenieves», metáfora de nuestras sociedades capitalistas y desiguales
Es en ese sentido en el que en mi libro hice uso de la película Rompenieves, dirigida en 2013 por el surcoreano Bong Joon-ho, para tratar de arrojar luz sobre nuestro oscurecido mundo. El punto de partida de este filme es tan sugerente como inquietante. Tras un intento fallido de revertir el cambio climático mediante el uso de técnicas de geoingeniería, el planeta Tierra sufre una rápida y repentina glaciación que arrasa toda la vida en la superficie.
No obstante, en Rompenieves, un pequeño conjunto de humanos es capaz de sobrevivir en el interior de un tren construido por el multimillonario Wilford. Este, originalmente pensado como un arca para las clases privilegiadas del planeta, y con espacio para un conjunto de trabajadoras que satisfarían las necesidades extravagantes de estas a cambio de su supervivencia, es asaltada en el último momento por gente desesperada que, a punta de fusil, termina atrapada en el vagón de cola y obligada a sufrir condiciones de miseria y privación, hasta el punto de llegar a practicar el canibalismo como forma de subsistencia.
Son muchas las lecturas políticas y sociales que podemos realizar de este escenario. El tren es la metáfora perfecta de nuestras sociedades capitalistas y desiguales. Las clases en este marco están espacialmente encarnadas y la crueldad de unas élites que no dudan en lanzar al canibalismo social y real a los desposeídos es muy clara.
En el desarrollo de la ficción, además, el leitmotiv es una revuelta de los vagones de cola que pretenden llegar hasta la cabecera y lograr una redistribución efectiva de todos los recursos en el tren. Una metáfora casi perfecta de la lucha de clases que, en este caso, se encontrará con la enorme decepción de haber sido funcional a un plan tecnocrático cuyo objetivo es, precisamente, la reducción de la población «sobrante» para optimizar los recursos para la población de primera categoría.
En Rompenieves, un pequeño conjunto de humanos es capaz de sobrevivir en el interior de un tren originalmente pensado como un arca para las clases privilegiadas del planeta. El tren es la metáfora perfecta de nuestras sociedades capitalistas y desiguales
No obstante, si existe una potencia especial en el planteamiento del filme es que nos permite ver de una forma muy evidente la trampa a la que la sociedad industrial nos ha conducido. Como los pasajeros del tren, sufrimos un encierro miserable y una vida administrada y alienada que, pese a ello, se ha convertido en la única posibilidad de garantizar nuestra supervivencia.
A la par que en su avance incontenible y voraz la sociedad industrial ha ido erosionando las condiciones de habitabilidad planetaria, también ha ido erosionando el tipo de imaginarios y metabolismos que necesitaríamos para vivir fuera de ella, hasta condenarnos a un encierro indoloro pero frustrante.
Podemos luchar por redistribuir los beneficios del tren, pero ¿cómo plantear la lucha por salir del mismo? ¿Cómo sobrevivir ante la intemperie de un mundo para el cual ya no contamos ni con las habilidades, ni con la autonomía, ni tan siquiera con el deseo de habitar el exterior?
El cine, por tanto, sirve bien para ilustrar el tipo de disyuntiva que nos atraviesa en el presente, esa que las humanidades ecológicas tienen que tratar de abordar transdisciplinarmente y la acción política debe enfrentar. También nos permite pensar en que necesitaríamos:
«Revivir pues la brisa del mar y el sonido de las hojas en el bosque a través de historias cuchicheadas de pasajero a pasajera. Cultivar alimentos con tierra de contrabando en algún rincón del vagón de cola. No dejar de luchar contra la injusticia, pero no pretendiendo un mejor reparto de lo que hay, sino impugnándolo. Cerrar las puertas y no permitamos que más y más personas se hacinen en los vagones. Organizarnos para obligar al maquinista a frenar el tren antes de que la inacción de las élites haga que este descarrile y acabe con la vida de la mayoría de los pasajeros en el impacto. […] Soñemos con volver a tocar la tierra y, al despertar, encontrarnos ovillados en el claro de un bosque».8
Notas:
1 De Castro Carranza, Carlos. El origen de Gaia: una teoría holista de la evolución. Madrid. Libros en Acción, 2020.
2 Naredo Pérez, José Manuel. La economía en evolución: historia y perspectivas de las categorías básicas del pensamiento económico, 4a. ed. corr. y act. Madrid. Siglo XXI de España, 2015.
3 Castoriadis, Cornelius. La Institución imaginaria de la sociedad. Vol 2. El imaginario social y la institución, trad. Marco-Aurelio Galmarini, vol. 2, 2 vols. Barcelona. Tusquets, 1989.
4 Fernández Durán, Ramón y González Reyes, Luis. En la espiral de la energía, Segunda, II vols. Madrid. Libros en Acción, 2018.
5 Almazán Gómez, Adrián. Técnica y tecnología: cómo conversar con un tecnolófilo. Madrid. Taugenit, 2021.
6 Anders, Günther. La obsolescencia del hombre (Vol. I). Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial. Valencia. Pre-textos, 2011.
7 Anders, Günther y Eatherly, Claude. El piloto de Hiroshima: más allá de los límites de la conciencia : correspondencia entre Claude Eatherly y Günther Anders. Barcelona. Paidós, 2010.
8 Almazán Gómez, Adrián. Técnica y tecnología: cómo conversar con un tecnolófilo. Madrid. Taugenit, 2021, p. 51.
*Este artículo se publicó originalmente en el número 1 de la revista impresa FILOSOFÍA&CO.













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