La Italia de la vida de Maquiavelo
Nicolás Maquiavelo (1469-1527) nació en Florencia, en el seno de una familia de la pequeña nobleza empobrecida. A pesar de que no gozaban de grandes recursos económicos, pudo recibir una sólida educación humanista. Maquiavelo vivió una época de inestabilidad política, marcada por las luchas entre las potencias italianas y la intervención de reinos extranjeros. En aquellos años, su ciudad natal, una de las más dinámicas y culturalmente ricas de la Italia del siglo XV, también atravesaba tiempos convulsos y difíciles. Padecía constantes tensiones políticas, sociales y económicas. La debilidad de sus instituciones y la lucha entre diferentes facciones que trataban de hacerse con el control de la ciudad hacían difícil garantizar la seguridad de sus ciudadanos.
Italia se convirtió en uno de los escenarios privilegiados en los que se libraban diversas luchas de poder a escala europea. La Italia renacentista se articuló a partir de un equilibrio frágil: cinco potencias —Milán, Florencia, Venecia, los Estados Pontificios y el Reino de Nápoles— hacían de la península itálica un lugar fragmentado e inestable. Además, las ambiciones imperialistas de las monarquías española y francesa constituían una amenaza permanente. La obra de Maquiavelo no puede ser entendida sin el contexto que la rodea, y en ella se ven reflejados los problemas políticos de la época. El continuo estado de emergencia en el que se encontraba Italia influyó de manera decisiva en el conjunto de sus escritos.
La fragmentación política de la Italia renacentista —dividida en cinco potencias en equilibrio inestable— y las intervenciones de Francia y España es el escenario histórico en el que Maquiavelo desarrolló su reflexión sobre el poder y la estabilidad de los Estados
Los primeros años
En 1498 Maquiavelo inició su carrera política. Tras la caída del gobierno de Girolamo Savonarola, Maquiavelo fue nombrado jefe de la Segunda Cancillería de la República de Florencia, una suerte de órgano técnico cuyo objetivo consistía en asistir al poder ejecutivo mediante la redacción de informes para el Consejo y el asesoramiento a los magistrados de la República en diferentes cuestiones, sobre todo en las referidas a las relaciones exteriores. En este marco, viajó a Francia, Alemania y Roma, y trató con algunos de los personajes más poderosos de su tiempo. Desde ese cargo desempeñó importantes misiones diplomáticas ante Luis XII de Francia, el papa Julio II, el emperador Maximiliano I o César Borgia, hijo del papa Alejandro VI, cuya habilidad política siempre impresionó a Maquiavelo.
En julio de 1498 comenzó también a trabajar en el Consejo de los Diez, un cuerpo dedicado a negociaciones diplomáticas y operaciones militares. La situación política que vivía Florencia hacía de la diplomacia una tarea exigente y crucial. Cualquier paso en falso, cualquier mínimo error o muestra de debilidad, podía poner en peligro a la ciudad. Uno de los aspectos más relevantes de su actividad política fue su insistencia en la creación de una milicia ciudadana florentina, pues desconfiaba profundamente de los ejércitos mercenarios, a los que consideraba ineficaces, desleales y peligrosos. Gracias a su impulso, Florencia organizó una milicia propia compuesta por ciudadanos, experiencia de la que más tarde daría buena cuenta en su tratado El arte de la guerra.
La labor que desempeñaban los miembros de la Segunda Cancillería había de estar marcada por la neutralidad y la moderación; además, sus integrantes debían situarse al margen de las luchas faccionales que se daban en la ciudad. Sin embargo, y contrariando el ethos que de sus comportamientos se esperaba, Maquiavelo actuaba con frecuencia de forma poco adecuada a las normas cancillerescas. El tono de sus intervenciones era vehemente e irreverente. Mostraba también puntos de vista independientes, lo cual era percibido como signo de arrogancia. No se limitaba, pues, a la función que se le reclamaba —las tareas técnicas encomendadas en cada ocasión—, sino que elaboraba juicios sobre los acontecimientos que se sucedían. Digamos que Maquiavelo excedía la figura del burócrata gris, obediente, moderado y neutral que exigían las autoridades florentinas.
Maquiavelo, encarcelado
El 7 de noviembre de 1512, tras la expulsión de Pier Soderini de Florencia y el apoyo de las tropas españolas al regreso de los Médicis al poder —lo que les permitió retomar el control de la ciudad—, Maquiavelo fue destituido y apartado de sus funciones como secretario de los Diez. Al descubrirse una conjura contra los Médicis, fue acusado de conspiración y encarcelado. Allí, a través de diferentes métodos de tortura, trataron de arrancarle una confesión, pero no lograron de él ni una sola palabra que pudiera comprometerlo. Como no se pudo probar su culpabilidad, finalmente fue liberado, aunque se le prohibió volver a ejercer cargos públicos. Este episodio marcó su trayectoria vital posterior y lo sumió en un periodo de marginación política.
Tras este periplo —primero expulsado del Consejo, luego privado de libertad, y bajo una larga sombra de sospechas—, Maquiavelo intentó en vano obtener nuevamente un empleo público. Así las cosas, se retiró a su pequeña granja en Sant’Andrea in Percussina, cerca de Florencia, donde se dedicó a la reflexión y la escritura. Desde entonces, su vida rural quedó marcada por las estrecheces económicas. En sus cartas, especialmente en la famosa misiva a su amigo Francesco Vettori, embajador de la República de Florencia, describe su rutina diaria: durante el día se ocupaba de tareas rurales y por la noche se dedicaba al estudio de filósofos e historiadores clásicos.
Hasta su retiro rural, Maquiavelo solo había podido escribir algunos textos de cariz administrativo y algunas cartas privadas, muchas de las cuales no lograron conservarse. Será a partir de este momento cuando comience su labor como teórico del pensamiento político. Sumergido en la lectura de los filósofos e historiadores clásicos, con el objetivo de reunir los conocimientos que le habían proporcionado las acciones de los «grandes hombres», junto con la experiencia política atesorada, inició una larga reflexión acerca de qué significaba el arte de gobernar. Si las acciones modernas las pudo aprender a través de la experiencia acumulada en su desempeño político, las acciones de los antiguos las conoció a través del estudio. Tal como escribe en la dedicatoria de El príncipe: «tras una larga experiencia de las cosas modernas y un estudio constante de las antiguas».
Maquiavelo inició su carrera política en 1498 como jefe de la Segunda Cancillería. Sus misiones diplomáticas ante figuras como Luis XII, César Borgia o el papa Julio II, junto con su defensa de una milicia ciudadana frente a los mercenarios, le dieron cierta práctica de gobierno
«El príncipe»
Entre julio y diciembre de 1513, Maquiavelo escribió su conocidísima obra El príncipe, un libro dedicado a Lorenzo de Médicis. Con él quería convencerlos de que su sabiduría y experiencia como consejero podía serles de utilidad. Pretendía congraciarse con ellos entregándoles sus saberes y poner así fin a su «exilio» rural, abandonar el ostracismo social y superar las paupérrimas condiciones materiales en las que vivía. Aunque quiso volver al juego político, nunca volvió a ocupar un cargo de importancia. Si bien realizó algunas misiones menores, su exclusión de la vida pública fue una constante fuente de frustración.
En su biografía hay un hecho crucial. Maquiavelo pudo leer la Historia de Roma de Tito Livio gracias a su padre, Bernardo, abogado de profesión que logró reunir una pequeña biblioteca, sobre todo con libros de filósofos antiguos y romanos. Por aquel entonces la obra era cara, pero Bernardo logró hacerse con un ejemplar a cambio de redactar un índice de los lugares mencionados en ella, tarea que le requirió más de nueve meses de trabajo.
Fue así como Maquiavelo pudo leer y estudiar con detenimiento la historia sobre la que se cimentará su otra gran obra, los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, fruto del encargo recibido por parte de los ciudadanos que integraban los Orti Oricellari. En los jardines de Bernardo Rucellai se reunía un círculo de ciudadanos cultos que retomaba la tradición de la academia platónica. En aquel contexto, hacia la primavera de 1516, Maquiavelo comenzó a compartir los avances de su escritura en las tertulias, y los miembros de los Orti Oricellari debatían con él sobre lo expuesto.
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En 1520 publicó Vida de Castruccio Castracani, una breve biografía del condotiero en quien Maquiavelo vio un ejemplo de figura política dotada de virtù. En 1521 publicó El arte de la guerra, escrito en forma de diálogo, donde presenta sus ideas sobre la organización militar y la defensa del Estado. Su producción teórica, además de estos tratados políticos, se compone también de obras históricas y literarias, entre las que cabe destacar la Historia de Florencia, encargada por los Médicis: una crónica florentina desde sus orígenes hasta finales del siglo XV. Era una obra que había de agradar a los Médicis, pero Maquiavelo no rehusó introducir diferentes reflexiones críticas. Merece mención igualmente La mandrágora, una comedia satírica que contiene agudos comentarios sobre su concepción de la naturaleza humana.
La obra de Maquiavelo no responde a la pretensión de crear un sistema especulativo ni político completo y acabado. No era un filósofo en el sentido clásico o medieval del término, pero sus reflexiones sí poseen una coherencia interna que da cuenta de una nueva concepción de lo político. Su obra, además, ejerció una fuerte influencia en el desarrollo del pensamiento filosófico y político moderno posterior.
Maquiavelo es el nombre de un clásico porque propuso un conjunto de conceptos, temas y problemas sobre los que aún hoy seguimos pensando, aunque en su época no encontrara muchos lectores capaces de advertir su valor: cuál es la mejor forma de gobierno, el individuo como forjador de su propia sociedad, la necesidad de buenas leyes, la relación entre la ética y la política, el amor a la patria, la dimensión fecunda del conflicto o el problema de la desigualdad y la corrupción, entre otros.
Antonio Gómez Villar es profesor de Filosofía en la Universitat de Barcelona y codirector del festival de filosofía Barcelona Pensa. Sus principales líneas de investigación tienen que ver con la creación y articulación de sujetos políticos, los modos en que se ha redefinido el campo conceptual de clase atendiendo a la transformación de las subjetividades y las nuevas relaciones culturales y políticas; y con el análisis de los movimientos sociales desde una perspectiva antagonista. Sus últimos libros son ¿Qué hacemos con la clase media? (Lengua de Trapo/Círculo de Bellas artes, 2025), Transformar no es cancelar (Verso, 2024), Los olvidados. Ficción de un proletariado reaccionario (Bellaterra, 2022); y E. Laclau y Ch. Mouffe: hegemonía y populismo (Gedisa, 2021); y editor de los libros Maradona, un mito plebeyo (Ned, 2021); Working Dead. Escenarios del postrabajo (La Virreina, 2019).























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