Antígona: el conflicto entre el individuo y la sociedad

Antígona, hija de Edipo, desobedece el mandato de dejar insepulto el cadáver de su hermano. Como consecuencia, el rey de Tebas dicta el enterramiento en vida de Antígona. Imagen creada a partir de una Inteligencia Artificial.
Antígona, hija de Edipo, desobedece el mandato de dejar insepulto el cadáver de su hermano. Como consecuencia, el rey de Tebas dicta el enterramiento en vida de Antígona. Imagen creada a partir de una Inteligencia Artificial.

¿Y si las grandes obras de nuestra cultura, especialmente las antiguas, perdurasen porque muestran algo esencial al ser humano? ¿Qué tienen los mitos en general, y Antígona en particular, para que no podamos dejar de volver a ellos? En este artículo nos aproximamos a la tragedia más influyente en la historia de nuestra cultura, la Antígona de Sófocles, con el objetivo de responder a la pregunta de su eterna presencia. ¿Por qué no nos abandona Antígona?

Por Javier Correa Román

Sófocles fue un poeta trágico griego nacido en Colono, a principios del siglo V a. C., aunque pronto se mudó a la vecina Atenas, donde desarrolló su obra y participó en la vida política de la polis. Junto con Esquilo y Eurípides, es considerado la cumbre de la tragedia griega. Sus tragedias (entre las que también cabe destacar, además de Antígona, Ayax y Edipo Rey) alcanza tal nivel de perfección que hoy suponen el modelo clásico de tragedia, influyendo enormemente durante milenios en la cultura occidental. De todas sus tragedias, es Antígona la que más ha influido, convirtiéndose la obra más representada de todos los tiempos.

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Antígona, de Sófocles (Penguin Clásicos).

Antes de entrar en materia de discusión es importante señalar que Sófocles no inventa la tragedia de Antígona, pues era un mito común perteneciente a la mitología griega y que circulaba en el imaginario colectivo. Lo que hace Sófocles es darle una forma trágica (es decir, teatral, de obra literaria) de una manera sublime: pule rasgos de algunos personajes, destaca unas tramas y obvia otras para así crear una obra perfecta.

Son muchas las preguntas que surgen ante la grandeza de este mito. ¿Por qué perdura en distintas épocas? ¿A qué interpela de nuestras formas de hacer contemporáneas que, sin embargo, también interpelaba a los antiguos griegos? ¿Cuáles han sido las distintas interpretaciones de la obra? ¿Qué han dicho los grandes filósofos de esta tragedia a la que la humanidad no para de volver? Muchas y fundamentales preguntas orbitan en torno a Antígona. Antes de resolverlas, repasemos brevemente el contenido del mito: ¿quién es Antígona y cuál fue su destino trágico?

El mito de Antígona

Según la mitología griega, Antígona fue hija de Edipo y Yocasta, que a su vez también engendraron a Ismene, Eteocles y Polinices. En total, fueron cuatro los hijos de los reyes míticos de Tebas. Después de la tragedia de Edipo, que sucumbió a su destino trágico y, cumpliendo la profecía, se casó con su madre después de matar a su padre, se dio el enfrentamiento de «Los siete contra Tebas» (del cual Esquilo hizo otra tragedia).

Este enfrentamiento nació porque, después del destierro de Edipo, tras descubrirse el parricidio y el matrimonio con su madre (que se suicida al descubrir la verdad), los hijos de Edipo (Eteocles y Polinices) decidieron turnarse en el gobierno de la ciudad de Tebas. Pero, tras ejercer el poder el primer año, Eteocles se negó a ceder el poder a su hermano Polinices (ambos, recordemos, hermanos de Antígona) y lo desterró de la ciudad aduciendo que no era una persona apta para gobernar.

Polinices, que reclamaba su puesto tras el pacto turnista con su hermano, buscó aliados para tomar la ciudad y echar a Eteocles del poder. Polinices fue entonces en busca de Edipo, con la convicción de que el bando que contase con él saldría vencedor. Pero Edipo, asustado por el enfrentamiento entre sus dos hijos, sentenció que ambos morirían en la guerra. Y, efectivamente, así fue.

Antígona es la obra de teatro más representada de la historia. ¿Por qué este éxito? ¿Por qué perdura nuestra obsesión por ella aun pasen décadas, siglos, milenios?

Ante la muerte del rey de Tebas y de su hermano, Creonte, hermano de Yocasta, cuñado de Edipo y tío de Polinices, Eteocles y Antígona, tomó el poder después del enfrentamiento y de la tragedia. Fueron años en los que la ciudad asistió a una tragedia tras otra y Creonte se propuso desterrar cualquier legado de Edipo e iniciar un nuevo comienzo en Tebas. Para ello, y para castigar la traición de Polinices (que se había revuelto contra su hermano y contra su ciudad), Creonte decidió prohibir la sepultura de su cuerpo.

Es aquí donde empieza la tragedia de Antígona, que quiso incumplir la orden de su tío cuando se enteró de la noticia y dar sepultura a su hermano, por muy traidor que sea, o por muchas prohibiciones que existieran sobre su cuerpo. Antígona —y este es el motor de la tragedia de Sófocles— alude en su desobediencia a una ley superior divina (la ley de la Justicia, en mayúsculas), superior a cualquier ley política regional.

Creonte, al enterarse del desacato de Antígona, decidió encerrarla viva en una cueva-tumba como castigo que diera ejemplo al resto de la sociedad. En este encierro, que Antígona asume como destino trágico ante su situación, Antígona se ahorca. Como consecuencia, se desataron una oleada de muertes.

La primera fue la del propio hijo de Creonte, Hemón, que era también el prometido de Antígona. Ante el castigo que su padre le había impuesto a su amada, Hemón decidió ir a rescatarla, pero llegó demasiado tarde y se encontró con el cadáver de su prometida. Desolado y roto por dentro, puso también término a su vida. Eurídice, esposa de Creonte y madre de Hemón, espantada por la muerte de su hijo, se suicida también al enterarse de la trágica noticia.

Espantado, pregunta Creonte a su mensajero: «Y ella ¿de qué modo se abandonó a la muerte?». A lo que este responde: «Ella misma, con su propia mano, se golpeó en el pecho así que se enteró del tan lamentable infortunio de su hijo».

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Antígonas, de George Steiner (Gedisa).

Al final, solo quedan con vida Creonte e Ismene, la hermana de Antígona, que no se ha atrevido a desobedecer la ley como su hermana y que su castigo es la culpa solitaria, arrastrar la vergüenza de toda una familia y de la cobardía propia: la de no haber ayudado a Antígona a dar sepultura al cuerpo prohibido. Creonte, por su parte, queriendo escapar de su destino tampoco pudo hacerlo: lleva su ciudad a otra tragedia y en el camino ha perdido todo lo que le importaba.

¿Por qué Antígona?

¿Cómo es que Antígona ha sido tan importante en nuestra historia? ¿Qué elementos tiene que aseguran su eternidad? ¿Qué dice Antígona de nuestra humanidad que resuena a cada paso que da nuestra civilización? ¿Por qué nos seguimos emocionando e insistimos en interpretar una y otra vez este mito clásico? El filósofo George Steiner, en su libro Antígonas. La travesía de un mito universal para la historia de Occidente, dice respecto a este mito trágico:

«El conflicto llevado a escena por Sófocles era una cuestión atemporal que dramatizaba el choque de la conciencia privada y del bienestar público, choque de una naturaleza y gravedad inseparables de la conciencia histórica y social del hombre».

Leído de esta forma, la tragedia de Antígona representa la tragedia de la propia humanidad. La heroína trágica encarna el conflicto entre los dos mundos que habita el ser humano: por un lado, el mundo social y las leyes de la ciudad, y por otro lado, la existencia histórica, concreta, del ser humano, ya que además de ciudadano somos también hermanos, novios, maridos, hijos, enamorados…

De hecho, nuestra historia más cercana (el horror del siglo XX) pone sobre la mesa una vez más el conflicto entre la conciencia individual y las leyes impuestas de la sociedad. Todavía hoy este conflicto nos atraviesa y resuenan las palabras —pesimistas en su previsión— de Antígona: «Ningún mal nos será ahorrado mientras estemos vivos».

La fuerza de la historia de Sófocles reside también en la potencia visual de sus imágenes. Que Creonte decida que el castigo a Antígona por incumplir la ley sea enterrarla en vida envuelve todo el conflicto en una atmósfera trágica, muy trágica: un cuerpo insepulto, una familia dividida, un fratricidio y, por si fuera poco, un enterramiento en vida. Pasan los siglos y sigue siendo espeluznante imaginarse una escena así.

Otra razón para su presencia sempiterna en nuestro imaginario es que el conflicto, lejos de ser un conflicto azaroso y contingente, parece repetirse insistentemente en nuestra historia. No hay que olvidar que uno de los primeros signos que apareció en la evolución fueron los ritos fúnebres. En este sentido, Steiner cuenta lo siguiente:

«En diciembre de 1943, los alemanes ocuparon la aldea de Kalavrita en el Peloponeso. Apresaron a todos los varones y les dieron muerte. Desobedeciendo las órdenes explícitas y con peligro de su vida, las mujeres de la aldea irrumpieron de la escuela en que habían sido encarceladas y corrieron en masa a lamentar y a dar sepultura a los muertos. Muchos años después, Charlotte Delbo conmemoró la acción de aquellas mujeres en un poema llamado justa e inevitablemente ‘Des Mille Antigones’ (1979)».

La tragedia de Antígona consiste en desgarrarse ante dos fuerzas imperiosas: la de la ley de la ciudad y la de la justicia

«Antígona»: la seducción de la Modernidad

Durante la Modernidad, Antígona sedujo como nunca antes a Occidente. El nacimiento del ego cartesiano y el nuevo paradigma centrado en el individuo y su conciencia elevan a la tragedia de Antígona a la categoría del principal conflicto humano: el de la conciencia con su entorno social. Los modernos leen la tragedia de Sófocles como el conflicto trágico de un yo que elige libremente la ley de la justicia sin dejarse coartar por el colectivo (la ley de la polis).

De esta manera, en la Modernidad, el éxito y la popularidad de Antígona perduró en sus picos más altos hasta, más o menos, 1905, cuando las teorías de Freud desplazaron el interés a una de sus obras hermanas, Edipo Rey. El conflicto de la humanidad dejó de ser el de una conciencia que lucha contra la imposición social para ser el «sucio teatrillo familiar» (en palabras de Deleuze) de un individuo que mata a su padre para casarse con su madre.

En la estela psicoanalítica, Jung definió a estos personajes míticos (tanto Antígona como Edipo) como «psicologemas», es decir, como «una estructura psíquica, arquetípica, de extrema antigüedad correspondiente a niveles de conciencia que apenas han abandonado la esfera animal». Los mitos perduran porque revelan lo más hondo de nuestro inconsciente. Es a partir de estas interpretaciones que Steiner, en el citado libro, sostiene que «algunos mitos griegos primarios están relacionados con rasgos fundamentales de nuestra sintaxis» y que, por tanto, muestran y excavan en lo más hondo de nuestra condición humana.

Pero ¿todas las interpretaciones de estos mitos son iguales? Para nada. Y es que, como decía Gadamer, las obras clásicas son clásicas porque no agotan el diálogo que iniciamos con ellas y, así, permiten infinitas interpretaciones y lecturas. Veamos ahora las interpretaciones que algunos filósofo han hecho de Antígona.

La fuerza de la obra también reside en las innumerables veces que, por desgracia, la historia ha hecho realidad el conflicto de Antígona

La Antígona de Hegel

Una de las interpretaciones que más influyó en los lectores posteriores fue la de Hegel. Según Steiner en el ya citado libro, Antígona despertó siempre un fuerte interés en el filósofo alemán por su interés en la tragedia. La lectura que Hegel hace de la tragedia de Sófocles se centra en la contradicción como motor principal de la obra, contradicción que encarna trágicamente la protagonista de la obra. En palabras de Lukács, Hegel estaba obsesionado por el «carácter contradictorio del ser mismo».

La lectura hegeliana de Antígona choca con el optimismo antropológico de Rousseau. En contra de este autor, Hegel rechaza la idealización ingenua que Rousseau hace del individuo aislado de la sociedad y su mitificación del «buen salvaje», culpando a la sociedad (en Antígona, encarnada en Creonte) de los vicios e injusticias que sufre el individuo. Para Hegel, en contra de esa visión, el ser humano es un ser fundamentalmente social y no puede pensarse fuera de la sociedad, es decir, para el filósofo alemán no hay un afuera de la polis. El ser humano en la teoría hegeliana siempre es —y se realiza— en la ciudad. Además, siguiendo a Steiner:

«Contra Kant, Hegel comienza a poner el acento en la historicidad concreta y en el carácter ‘colectivo’ de las decisiones éticas que el individuo está obligado a tomar, una compulsión que divide la conciencia y que, por lo tanto, la hace progresar en su senda teleológica».

Hegel incide constantemente en su lectura de Antígona en la contradicción y el conflicto, que para el pensador alemán tiene siempre como consecuencia una división (en este caso, la división de uno consigo mismo). Pero —y este es el reto de la lectura hegeliana— ¿cómo resolver esta contradicción? ¿Cómo hacerla productiva de un movimiento y no ceder ante la impotencia de su fricción? En otras palabras: ¿cómo aplicar la síntesis o superación hegeliana de los opuestos a la obra de Sófocles?

«Según lo afirma Hegel [escribe Steiner] en el punto más oscuro del pasaje citado, solo la muerte del héroe trágico puede hacer inteligilble (¿realizar?) la unificación de la dividida naturaleza o de la duplicidad de los dioses cuando estos quedan cogidos en la red y diseminados en mortal colisión».

Muestra este fuerte interés de Hegel es la mención que hace de la tragedia de Sófocles en su obra magna, la Fenomenología del espíritu, donde Hegel apela a Antígona en dos ocasiones. En una de ellas, en el comienzo de la sección V (C, a), Antígona es caracterizada casi desde los axiomas del existencialismo, al incidir Hegel en «el hacer de la acción». No podemos conocernos a nosotros mismos, dice Hegel, «hasta no haber realizado la acción». Antígona, lejos de esquivar la tensión que la constituye, la realiza y busca realizarla, ser hija del acontecimiento que la anida. Esa es su grandeza: realizar su destino, hacerse a sí misma en la acción. Así, la Antígona hegeliana es, dice Steiner:

«Transparente a sí misma, en posesión de la acción que es su ser y poseída por ella, esta Antígona vive la sustancia ética. En ella, ‘el espíritu se hace actual’. Pero la sustancia ética que encarna la Antígona de Hegel, la cual pura y simplemente es, representa una polarización, una inevitable división. Lo absoluto sufre división al entrar en la necesaria pero fragmentada dinámica de la condición humana e histórica. Lo absoluto debe descender, por decirlo así, a las especificidades contingentes, limitadas, del ethos humano individual si ese ethos ha de alcanzar la autorrealización, si la jomada hacia el hogar y hacia la unidad última ha de proseguirse».

La diferencia en esta interpretación hegeliana entre Creonte y Antígona es que la segunda es sabedora de su destino, sabe cuál es su inserción el mundo y las fuerzas (familiares, sociales e individuales) que la constituyen. El valor de Antígona reside en su conocimiento personal y en asumir su fatum (destino) realizándolo ella misma activamente. Creonte, en cambio, carece de esa comprensión y es arrollado por su destino. Ambos tienen un final desolador, pero la tragedia de Creonte (como fue la de Edipo) es haber pretendido escapar de alguna forma al final que los dioses le tenían reservado.  

En la Modernidad, Antígona fue una obsesión: para los modernos, Antígona representa el conflicto entre lo individual y lo social

La Antígona de Kierkegaard

Desde las antípodas con respecto a la filosofía hegeliana (centrada en la totalidad y en la superación de la contradicción), Kierkegaard lee Antígona desde su predilección por el individuo. En el 1843 publica La repercusión de la tragedia antigua en la moderna (también conocido directamente como Antígona), que se incluye dentro del primer volumen de su célebre O lo uno o lo otro. Un texto que, dice Steiner, está plagado de «dialéctica irónica y reflexiva».

En comparación con otros intérpretes del texto, Kierkegaard es el que más atención presta a la separación temporal que existe entre nuestra época y la Grecia clásica. En la tragedia antigua, señala el danés, el individuo protagonista (el héroe) sufre su destino fatal. El individuo antiguo no se piensa libre, sino que sucumbe al destino que los dioses le han puesto en su camino (como ocurre con Antígona, que, antes que individuo libre, es hija de Edipo y hermana de Polinices).

En la Modernidad, esta concepción desaparece y el individuo se piensa a sí mismo desde la libertad y la autoconciencia, apareciendo el drama donde antes había tragedia. A diferencia de esta última, en el drama la acción final es consecuencia de una mala decisión, en vez de un destino trágico.

Quizá por esta centralidad que Kierkegaard otorga al individuo, su relación con Antígona se tiñe de la más profunda intimidad, estableciendo con ella una fuerte relación personal:

«Ella es mi creación, sus pensamientos son mis pensamientos y sin embargo es como si yo hubiera pasado con ella una noche de amor, como si me hubiera confiado su profundo secreto, como si me hubiera entregado su secreto y su alma en el abrazo».

De esta forma, Kierkegaard se identifica con Antígona, enfocando su lectura desde el más puro prisma personal. El filósofo danés, a diferencia de Hegel, se preocupó exclusivamente de la tragedia de Antígona en tanto individuo, en tanto persona que hereda una carga trágica, una herencia mancillada (la de Edipo y sus hermanos) de la que debe hacerse cargo, a pesar de no tener ninguna responsabilidad en ella. Además, y en el marco cristiano de sus escritos, Kierkegaard relacionó esta herencia con el concepto de pecado original, en tanto pecado transmitido verticalmente. Herencia que tiene su encarnación en Antígona, pues ella nace ya con esa fatalidad heredada.

La lectura hegeliana de Antígona es una lectura que resalta la contradicción y la aceptación de la protagonista de su propio destino

La Antígona de Zambrano

Por último, otra de las grandes interpretaciones del mito griego es la que realizó Zambrano. Antígona tiene un papel central en el corpus filosófico de la filósofa española porque una gran parte de los temas cruciales de la filosofía de Zambrano se encarnan en la figura mítica de Antígona. La tragedia griega le sirve a la autora para mostrar sus propias teorías. De hecho, en el prólogo a su libro La tumba de Antígona, afirma Zambrano:

«Entre todos los protagonistas de la tragedia griega, la muchacha Antígona es aquella en quien se muestra, con mayor pureza y más visiblemente, la trascendencia propia del género».

Antígona, como protagonista de la tragedia, simboliza para Zambrano la asfixia de una humanidad acosada por luchas fratricidas, todas ellas envueltas en un clima de derrumbe y horror político. Aunque Zambrano no cayó en la identificación total, como veíamos en Kierkegaard, la lectura del mito griego tiene ecos biográficos. Zambrano, exiliada durante la mitad de su vida por la guerra civil española, reconoce en Antígona su propia tragedia, la de sufrir una lucha fratricida y pagar esa lucha con la muerte en vida: el exilio.

Al igual que Antígona, Zambrano cree que nunca dispuso de su vida porque los acontecimientos políticos se la robaron. Antígona, dice, fue «despertada de su sueño de niña por el error de su padre y el suicidio de la madre, por la anomalía de su origen, por el exilio, obligada a servir de guía al padre ciego, rey-mendigo, inocente-culpable, hubo de entrar en la plenitud de la conciencia».

Antígona hoy: un mito sin final

Desde la interpretación brechtiana que hizo de Antígona un motivo de resistencia al nazismo hasta las múltiples interpretaciones libres que se representan cada año en multitudes de ciudades del mundo, Antígona sigue siendo hoy un lugar necesario que transitamos para pensarnos como sociedad y como individuos.

La eterna lucha entre la libertad del individuo y la imposición social es un tema más actual que nunca ante los horrores totalitarios del siglo XX. Ante este panorama, la tragedia de Sófocles tiene asegurado un largo recorrido en nuestra época. Este es precisamente el motivo de su grandeza; el hecho, como dijo Gadamer, de que el diálogo que nos ofrece sea inagotable.

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