Fue con la obra La sociedad del cansancio con la que Byung-Chul Han llamó la atención en Alemania, abriendo campo a toda una serie de críticas tanto positivas como negativas que lo acompañan aún hoy. Amado por muchos, detestado por otros, protagonista de libros sobre por qué no leerlo y de tesis en todos los ámbitos de la academia sobre el valor de sus investigaciones, Han es de esos pensadores que no pasan inadvertidos en una sociedad en busca de respuestas a la pregunta sobre qué hacer frente a la crisis que actualmente rodea al mundo.
En este artículo se presenta no solo una aproximación a la obra de Byung-Chul Han, sino un recorrido articulado por su trabajo, el cual se asemeja más a un concierto de cámara que a un tratado filosófico tradicional. Desde sus influencias de Heidegger y Hegel, pasando por sus estudios culturales y el trabajo crítico de sus obras principales sobre el capitalismo y sus malestares, hasta lo que sería su propuesta teórica para resistir al sistema y emanciparse de él.
El pensamiento de Byung-Chul Han, compuesto de tonos y ritmos en apariencia repetitivos, pero que son parte de una escritura filosófica más próxima a una composición musical que a un sistema complejo de estructuras como la de otros autores contemporáneos, responde a una necesidad humana de algo más dentro de un mundo desértico dominado por un sistema donde prima el interés económico.
Entre jardines, cine, poesía y religión, Byung-Chul Han es un autor polifacético que intenta armonizar todo el andamiaje autoral que ha estudiado durante largos años. Leerlo es sumergirse en una heterodoxia que se evidencia desde el formato de sus libros hasta la combinación de autores e ideas que presenta.
Aunque crítico con la mayoría de sus autores de cabecera, pero la vez respetuoso con ellos, su filosofar es un lento ejercicio del pensamiento, el cual se detiene en el camino a contemplar; no es inmediato, sino que es un rodeo incesante desde el cual se devela el pensar como un baile de salón parsimonioso que concluye en el valor que tiene para la vida la duración de las experiencias que son vividas por los seres humanos. De ahí el valor de su obra para la filosofía contemporánea y de ahí el motivo de este escrito.
Entre jardines, cine, poesía y religión, Han es un autor polifacético que intenta armonizar todo el andamiaje autoral que ha estudiado durante años
Siguiendo el rastro del caracol
Hacia la mitad de su Loa a la tierra, Han menciona: «Me gustan los caracoles con su propia casa a cuestas. Se parecen a mí. Además, son tan lentos y parsimoniosos como yo». Una sencilla mención que refleja mucho de lo que este autor plasma en su filosofía: una reafirmación subjetiva, y por ende política, de la lentitud. El caracol es el animal que identifica a Han y encarna un valor que radica, además, en su propia historia personal, la cual está marcada por un lento proceso de adaptación a una tradición ajena: la cultura, la lengua y el pensamiento alemanes.
El viaje de Byung-Chul Han como filósofo comienza en Seúl (Corea), mucho antes de llegar a Alemania, hacia 1982, donde se gradúa como ingeniero metalúrgico. No ejerció esta profesión, pero le sirvió de excusa para satisfacer no solo la presión social que vivía en Corea, sino también la de sus padres, quienes, como señala en el documental de Isabella Gressel sobre él (Müdigkeitsgesellschaft: Byung-Chul Han in Seoul und Berlin), ignoraban que su hijo había viajado a Alemania con la intención de estudiar Filosofía en la Universidad de Friburgo, así como Literatura alemana y Teología en la Universidad de Múnich.
Su llegada a Alemania —que tuvo como primera parada Clausthal-Zellerfeld, donde se suponía que continuaría sus estudios en metalurgia— sirvió para consolidar un enamoramiento que hasta la fecha no se ha roto: aquel amor a la filosofía.
«Al final de mis estudios [en metalúrgica] me sentí como un idiota. Yo, en realidad, quería estudiar algo literario, pero en Corea ni podía cambiar de estudios ni mi familia me lo hubiera permitido. No me quedaba más remedio que irme. Mentí a mis padres y me instalé en Alemania pese a que apenas podía expresarme en alemán»
Han da un salto de fe: se arroja a un país cuya lengua y cultura desconoce, y donde apenas tiene medios para subsistir. Detrás de él solo hay una fuerza basada en su amor por la filosofía; la presencia de Eros (el amor) es fundamental dentro del pensamiento de Han y precisamente es este concepto el que sirvió de motor para conseguir su deseo de formarse como profesor de Filosofía.
El caracol es el animal que identifica a Han y encarna un valor que radica, además, en su propia historia personal, la cual está marcada por un lento proceso de adaptación a una tradición ajena: la cultura, lengua y pensamiento alemanes
En cierto sentido, este acto de desobediencia ante sus padres es un acto de amor, que dio lugar a toda una serie de romances posteriores (como con la lengua alemana o la música) que lo llevarían a consolidar su pensamiento no como una mera crítica filosófica erudita que retoma a autores para fundamentar ideas, sino como una teoría respaldada por toda una experiencia personal; esta se refleja y sustenta en aquellos autores que le permitieron comprender su propio quehacer filosófico como un mundo donde el pensamiento y la vida confluyen en una sola figura que es más cercana a una partitura que a un tratado.















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