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La portada muestra una mano introduciendo una papeleta en una urna, como en unas elecciones democráticas. Bajo la imagen, el título del dosier: "DEMOCRACIAS. Grietas y rutas de una idea irrenunciable, por Carmen Madorrán". El fondo es de un azul verdoso, de textura como si fuera una moqueta. La "urna" es una construcción de tablas de colores azul oscuro, amarillo y rojo. Hay personas a su alrededor, entre las tablas y empujando las tablas, construyendo la urna y caminando sobre ella. La mano que introduce la papeleta es de color negro, con una manga blanca.

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NÚMERO 9

Dosier

Democracias

Grietas y rutas de una idea irrenunciable

Tres días escuchando a Byung-Chul Han

Byung-Chul Han es un autor discreto, que concede muy pocas entrevistas. Por eso mismo, cada encuentro, cada seminario transcrito, cada conversación es de un alto valor, porque ayuda y enriquece su obra. El autor de este artículo asistió a las conferencias que Han impartió en Santander (España) en 2022 sobre la insignificancia de los objetos en el capitalismo de masas y narra aquí lo que vio y escuchó.

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Fotografía de Byung-Chul Han, realizada por Isabella Gresser (imagen cedida por la editorial Herder).

Byung-Chul Han. Fotografía realizada por Isabella Gresser (imagen cedida por Herder Editorial).

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Un fetiche es un objeto poderoso, y nuestra época tiene hambre de poder y de magia. En un espacio saturado, neutro, surgen de forma natural los fetiches porque estos son objetos cargados de sentido, llenos, los únicos objetos que parecen ser algo. La cuestión es que los fetiches no son lo que realmente son, sino que son otra cosa. En este «ser otra cosa» consiste la magia del ídolo antiguo, la magia de la herramienta, del smartphone o de la inteligencia artificial. Todos estos elementos tienen para nosotros el poder que le falta a lo demás. De esta forma, el mundo que se piensa a sí mismo como el más descreído es el mundo más supersticioso y fetichista.

Como contrapoder a los fetiches tenemos la crítica. Pero nuestro ejercicio filosófico también puede caer en esta dinámica, ser cómplice de la industria de contenidos, y ser reducido a un nuevo formato de consumo. En este caso, le podemos poner cara y nombre: Byung-Chul Han. Lo que nos parecía una experiencia radicalmente distinta basada en el pensamiento crítico, una alternativa a la superstición tecnológica, se nos termina ofreciendo bajo el mismo encanto del fetiche.

Una personalidad, no un personaje

En 2022, el profesor Byung-Chul Han impartió en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (Santander, España) el curso titulado «Digitalización y disrupción en el mundo de la vida». Tres días, traducción simultánea.

Nunca tuve la intención de escribir sobre esa experiencia, porque no es única —muchos fuimos los asistentes— ni me permitió una gran profundidad. Solamente eran unas jornadas dentro de un curso de verano. Un ambiente separado y tranquilo, con algunos filósofos como residentes invitados. Un palacio al estilo inglés, regalo de la ciudad a Victoria Eugenia de Battenberg, con caballerizas, campo de polo y paseo, todo reunido en mitad de una bahía, en la Península de la Magdalena.

Volver a ese escenario después de haber tomado tiempo y distancia me permite ahora no proyectar una imagen viciada de aquel curso. Me remite a la experiencia puntual de una personalidad concreta y no de un personaje.

Nuestro ejercicio filosófico también puede ser cómplice de la industria de contenidos y ser reducido a un nuevo formato de consumo. En este caso, le podemos poner cara y nombre, es lo que nos pasa con Byung-Chul Han

Byung-Chul Han: no-retrato

«Yo no tengo paciencia. Soy un holgazán» dijo Han. Consiguió sorprendernos. Han comenzó en las primeras frases de su ponencia su batalla contra el tópico, contra lo que más o menos todos esperábamos de él como figura intelectual de primera línea. Ich habe keine Geduld [No tengo paciencia]. Byung-Chul Han comparte con sus adversarios la denuncia de los defectos de su propia obra, principalmente la ausencia de sistematización en su pensamiento filosófico.

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La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han (Herder).

Así, Han mencionó desde el principio del curso sus contradicciones y sus vicios: la pereza, la ligereza, la obstinada falta de interés por ciertos temas… Sin embargo, tal vez la más cruda contradicción sea el hecho de haberse convertido en un fenómeno mediático de consumo digital. Y es que con él se forman largas colas al final de cada clase para llevarse sus obras firmadas.

«Siempre escribo el mismo libro: La sociedad del cansancio». Dijo que todos los demás son variaciones de este, pero que eso no le resta valor (también dijo que las Variaciones Goldberg, de Bach, se ajustan a treinta diferencias musicales sobre un mismo tema).

«Mis libros son cada vez más finos». También: «Me encanta mirar al techo». Así, poco a poco fue ganando nuestra simpatía. Se dibuja a sí mismo como una persona real, llena de gustos y de limitaciones. Creo que nadie pensó en falsa modestia. Nos reconoció, de hecho, que las clases tenían lugar después de la hora de comer porque él no suele levantarse antes.

Contaba cómo tuvo que escapar de su entorno para poder estudiar filosofía en Alemania. Nos habló sobre la estética retirada y la contemplación, ideas que tomarían forma más tarde, en 2023, en libros como Vida contemplativa.

Le pidieron una dedicatoria escrita en coreano. Se negó.

Han comenzó en las primeras frases de su ponencia su batalla contra el tópico, contra lo que más o menos todos esperábamos de él como figura intelectual de primera línea

El mundo digital y la necesidad de un pensamiento

Para Byung-Chul Han, el homo digitalis no tiene manos, solo tiene dedos. Este es el tipo de imagen que usa en sus textos para escenificar la transformación epistemológica que opera en nuestros hábitos y cómo esta transformación altera nuestra esfera vital. Las manos se hunden en la realidad, la moldean, se ensucian y se resienten, se le forman durezas por el trabajo. Las manos abrazan las cosas, pero el índice las huye y las domina en la distancia, el índice tan solo las señala. El índice hace aparecer como un truco todas las cosas que quiere en el smartphone.

Puso otro ejemplo. El traje de un joven coreano hace décadas no era solo un traje, sino el traje que llevé a mi primera fiesta, o bien el traje que llevé al entierro de mi abuela. Su terrible particularidad no se agotaba, no se hacía pesada porque significaba algo en la vida. En cambio, mucha ropa que hoy compramos se usa rápido y se olvida en su insignificancia, es tan solo una prenda y termina por sernos demasiado pronto un bulto sobrante. Es anónima, se deshecha.

La pérdida de valor vital de los objetos y la saturación informativa son dos efectos estructurales de nuestro paradigma cultural. Y junto con otras dinámicas, estos efectos derivan en nuevas relaciones patológicas con el otro en el plano de lo estético, en lo meramente afectivo, en lo imaginario y en lo social. Teniendo en cuenta esta distancia mórbida del individuo contemporáneo con las cosas y con las personas que le rodean, la pandemia no nos ha llevado a un lugar que no estuviese ya señalado para nosotros.

Los dispositivos digitales forman parte de estos objetos sin significancia, sin historia personal, impermeables, pero en ellos se ha dado un salto a una ontología superior. Es precisamente porque han sido desustanciados que pueden dar acceso a todas las cosas y pasar así de «objeto neutro» a «fetiche de poder».

Las reflexiones de Byung-Chul Han afianzaban nuestro interés y supongo que en muchos de nosotros la preocupación era cómo sistematizar estas ideas en un campo de investigación rigurosa. «Necesitamos una fenomenología de las tecnologías digitales», dijo. Pienso ahora en el proyecto de ontología de Yuk Hui, especialmente en su Sobre la existencia de los objetos digitales, y en el camino que inaugura junto a Han y otros. Pienso en si podremos servirnos de esas ficciones académicas (como lo es la propia universidad) para generar una crítica elaborada, capaz de ser agente en el mundo digitalizado.

Casi isla

A través de Ortega y Gasset y otros intelectuales, la Segunda República española (1931-1936) hizo del conjunto palaciego una universidad de verano, análoga en espíritu a la Residencia de Estudiantes, un centro internacional para acoger en la península —ibérica y Magdalena— a científicos y literatos: Hugo Obermaier, Johan Huizinga, Marcelle Auclair, Henri Léon Lebesgue, Jean Prévost… Xavier Zubiri respondió aquí a Heidegger con una lección sobre la filosofía griega y su concepto de cosa. Ortega leyó sus Meditación de la técnica. También fueron invitados María de Maeztu, Unamuno, Jorge Guillén, Pedro Salinas. Incluso La barraca (el grupo de teatro dirigido por Lorca) representó varias obras, a la altura de la playa, en el teatro de las caballerizas.

A las diez de la noche la península se cierra. Cada día, se baja una barrera para impedir el paso y solo con acreditación de la universidad puede uno entrar y salir. Es la ruptura simbólica, administrativa, del istmo para encerrar la Magdalena en sí misma. Un espacio separado, que pone al continente entre paréntesis. A partir de esas horas se veía la figura de algunos residentes conversando mientras deambulaban por el paseo. Disfrutaban entonces de una comunidad perfecta, en mitad del mar, sin ruido, sin tiempo, cuando la sociedad exterior y sus categorías eran por el momento únicamente hipótesis, mientras seguía íntegra la ínsula de los filósofos.

Pero esto se traducía a un hecho prosaico. Pronto en la mañana se levantaba la barrera, y visitantes y bañistas se confundían de nuevo. Volvían los horarios y los cursos. Fuera del palacio lo encontré, en el final de la Magdalena. Byung-Chul Han miraba al mar Cantábrico, miraba cómo la península se iba quedando sola, miraba cómo a lo lejos la Isla de Mouro, con su faro, era el último vestigio de tierra antes del horizonte.

Las reflexiones de Byung-Chul Han afianzaban nuestro interés y supongo que en muchos de nosotros la preocupación era cómo sistematizar estas ideas en un campo de investigación rigurosa. «Necesitamos una fenomenología de las tecnologías digitales», dijo

Un hombre insulta a Byung-Chul Han

Asumo que todos los que estábamos allí nos acordamos. Y con cualquiera de los asistentes, que eran estudiantes, profesores, o simplemente interesados en el pensamiento de Han, uno podría tomar un café y escuchar cómo se narra esto mismo.

Para estas personas, Han estaba impartiendo un curso magistral, un curso oficial, pero no especializado. Nada teníamos que saber previamente sobre filosofía, ni sobre dispositivos digitales, ni sobre el mismo profesor o su obra. Era el tercer día, el último, y Han hablaba de esto mismo, de su afán divulgativo y de su voluntad expresa de no impartir contenidos complicados por un espíritu excesivamente académico. Lo repitió varias veces. Quiere divulgar.

Los demás asistentes respondieron inmediatamente al hombre de atrás. La gente mostraba su indignación. Todos asistíamos a esa figura que se había levantado y que continuaba gritando desde el final de la sala, haciendo gestos, insultando a Byung-Chul Han, acusándole de que nos tomaba por tontos. «Fantasma. Quién te crees».

Sentí vergüenza, todos la sentimos. Vergüenza de un país, de un sector del país, de un sector acomplejado por un ego excesivo y que no es capaz de justificar —autofetiche del presunto intelectual—. Han pareció no haber entendido mucho de lo que había ocurrido. Tal vez prefirió no entender.

El hombre abandonó la sala y seguimos escuchando con un renovado aire de acuerdo, de sana humildad por parte de gente que solo estaba allí por el placer de conocer.

Era el tercer día, el último, y Han hablaba de su afán divulgativo y de su voluntad expresa de no impartir contenidos complicados por un espíritu excesivamente académico. Lo repitió varias veces. Quiere divulgar

Una cosa misma

Byung-Chul Han puede convertirse en una imagen, en un objeto extraño que irradia esa tensión atrayente y aversiva. Otra pieza industrial de nuestro consumo. Es un fenómeno posible, también forma parte de los personajes que nos inventamos para evitar personas reales y no dar con el otro. Siempre nos ha amenazado el hecho de elaborar una crítica basándonos en este proceso, en el personaje, mientras la obra escrita (la propiamente literaria o filosófica) queda suplantada por otra obra, también a su modo literaria, pero posterior, apócrifa y constantemente manipulada, que es la imagen biográfica de las autoras y autores: el fetiche final de su persona.

La distorsión puede continuar indefinidamente, cuando se haga moda de su olvido y se le desprecie más aún de lo que ya se le desprecia, y cuando años más tarde llegue la moda de su reivindicación y utilicen de nuevo su nombre. Para entonces, los dispositivos digitales habrán evolucionado, más en su lenguaje y en su contenido que en su formato. Olvidemos el nombre, olvidemos la cara. Atendamos lo que los textos y esa voz traducida nos están diciendo.

Algo debe de existir entre los objetos neutros e insignificantes (sin rastro de experiencia humana) y los fetiches mágicos que lo significan todo. Algo particular, algo que ofrezca resistencia, pero que pueda ser asumido en nuestra vida. Algo que sea un otro, pero que por ello no nos anule, sino todo lo contrario.

Sobre el autor

Íñigo García-Moncó es doctorando en la Universidad Carlos III de Madrid y miembro del grupo de investigación Técnica y Humanidades Ecológicas (THECO). En 2021 recibió el Premio San Isidoro de Sevilla de Iniciación a la Investigación (Universidad CEU San Pablo) y cursó con una beca de excelencia el máster en Cultura Contemporánea en el Instituto Universitario Ortega-Marañó, centro adscrito a la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente, sus principales campos de estudio son la fenomenología y la filosofía de las tecnologías digitales.

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