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Número especial - HANNAH ARENDT

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Hannah Arendt y la época de las catástrofes

Totalitarismo, democracia y libertad

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Revista Especial HANNAH ARENDT

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El concepto de guerra para María Zambrano y Simone Weil

Un espacio de resonancia para aquellos diálogos que no fueron, pero que podrían haber sido afinando el pincel de la imaginación. Las barreras del tiempo, del espacio y de la lengua ceden por sí mismas cuando es el pensamiento el que toma la palabra. Pero, para tomarla, primero tiene que recibirla. Y ahí, en ese acto apasionado de reciprocidad, es donde surge este debate filosófico imaginado de María Zambrano y Simone Weil.

2 comentarios

Ilustración de María Zambrano y Simone Weil de perfil, sentadas hablando.
Un diálogo imaginado en torno a la guerra entre María Zambrano y Simone Weil. Ilustración de Zambrano (izda.) y Weil (dcha.) realizada por Cristina Badiu para el número 3 de la revista FILOSOFÍA&CO.

2 comentarios

Hay épocas extrañas en donde la rareza de los acontecimientos requiere el nacimiento de seres excepcionales capaces de seguir en el mundo sin perder la capacidad de reír. María Zambrano y Simone Weil son hijas de un siglo que no supo de instintos maternales. Con la misma aspereza las expulsó a ambas y las mantuvo haciendo equilibrios en la cuerda floja para ser testigo impasible de su caída. Supervivientes de la contrariedad, estaban llamadas a encontrarse allí donde la llama prende con más ardor.

Fue en agosto de 1936 en la ciudad de Madrid. Las dos, profundamente pacifistas, revolotean como mariposas acercándose a la mecha. Weil obedece a la urgencia del tiempo encrespado y participa como voluntaria en la columna anarquista del frente de Aragón durante la Guerra Civil Española. Zambrano, por su parte, relata en Los intelectuales en el drama de España el temblor que recorre aquellos días la ciudad luminosa y espléndida en su tragedia cuando los jóvenes universitarios visten el mono azul obrero. La única sombra que oscurece aquella bendita efervescencia procede de la negación del maestro, Ortega y Gasset, a hablar en la radio a favor de la República.

El reconocimiento entre ambas es inmediato. Sin apenas palabras, entienden que son dos mujeres singulares, devotas de un excomulgado del calibre de Baruch de Spinoza, beguinas a su manera, arrebatadas por las mismas pasiones sociales y políticas, portadoras de un saber heterodoxo que se atreve a sondear el abismo de la mística. Comparten, en un juego de espejos, esa apariencia traslúcida, que se diría inexistente. Inevitablemente, se encuentran y se aman.

Dos mujeres arrebatadas por las mismas pasiones sociales y políticas y portadoras de un saber heterodoxo que sondea el abismo de la mística


Este encuentro que toma la forma de una flecha de amor es relatado en una carta que Zambrano le envía a su joven amigo, estudiante de Teología, Agustín Andreu, fechada en 1974:

«He estado al borde de preguntarte si has leído a Simone Weil y si la quieres. Yo la amo […]. Media hora estuvimos sentadas en un diván las dos en Madrid. Venía ella del Frente de Aragón […]. María Teresa [mujer de Alberti] nos presentó diciendo: La discípula de Alain, la discípula de Ortega. Tenía el pelo negro y crespo, […] morena de serlo y estar quemada desde adentro […]. No nos dijimos apenas nada».

Se sabe que, encendida de aquella emoción inicial, Zambrano quiso traducir al castellano la obra de Simone Weil por encargo de la Editorial Universidad Veracruciana de México. Tal proyecto nunca llegó a realizarse, pasó a ser el colapso de una ilusión más. Queda la huella de la particular trolesse en El sueño creador, en donde Zambrano retoma e interpreta la palabra amiga: «‘La vie est impossible’, ha dicho Simone Weil, añadiendo: ‘C´est le malheur qui le sait’». La vida, sí, resultó imposible para ambas. Esa vida que pretende nacer de una sola vez, descarnada y padeciendo.

María Zambrano y Simone Weil supieron, sin embargo, recrearse para llegar a ser en absoluto, sin condicionamientos ni fisuras en una simbolé del sentir-pensar-vivir.

Un centro descentrado

También se sabe, porque ellas lo proclamaron en su ciencia de la experiencia, que las épocas extrañas y voraces tienen vocación de retorno. Y es que Troya no arde hoy en el Mediterráneo, sino en aquella otra zona tan poco ubicable de Mitteleuropa que, por ser el centro de algo, no se encuentra en ningún lado. El escritor ucraniano Yuri Andrujovich expresa de forma tan lúcida la paradoja mental de una geopolítica fracasada en donde el centro de Europa se ubica en el Este. Ahí, en el caos de coordenadas de un centro descentrado, se reencuentran María Zambrano y Simone Weil.

A la cita llegan tarde, demostrando la inquietante relación del filósofo con el reloj. Weil se ha entretenido recabando información sobre la situación de los habitantes del barrio judío —casi todas las ciudades ucranianas esconden su herencia semítica— y Zambrano se ha «hecho perdidiza» en un jardín medieval de Galitzia. Se reúnen en un café del centro inexistente.

Weil ha traído un ejemplar de La Ilíada y lo deposita en la mesa vacía antes de lanzar la pregunta:

—¿Podría explicarme, estimada María, cómo es posible que se siga hablando de un arte de la guerra? La única fuerza transformadora del dislate bélico es esa capaz de hacer del ser humano una cosa en el sentido literal: hace de él un cadáver. Y hay un poder más prodigioso: el de hacer una cosa de un ser que todavía vive. Tiene alma y, sin embargo, es una cosa. Fíjese en la Ilíada y en la trilogía de La Orestíada, tal vez los textos más conmovedores dedicados a una guerra…

Aquí, Zambrano hace un leve gesto recordándole la necesidad de incluir en el recuento el Antiguo Testamento. Weil asiente y continúa:

—No me negará, María, que la purificación de la guerra para el mundo griego, y el hebreo, no consiste en la paz, sino en el castigo posterior que pone en funcionamiento una cadena de violencia hiperbólica. No hay arte en la guerra, hay maquinaria y hecatombe. Los héroes de Homero y de Esquilo se vacían; ya no son artistas ni creadores, sino meras criaturas al vaivén de unos dioses sin corazón. Las batallas no se deciden entre personas que toman una resolución y la ejecutan, sino entre seres despojados de esas facultades, rebajados al nivel de la materia inerte que es pasividad entre las garras de un aparato burocrático y militar.

Weil: «¿Podría explicarme, estimada María, cómo es posible que se siga hablando de un arte de la guerra? No hay arte en la guerra, hay hecatombe»

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Zambrano reflexiona sobre si debiera mencionarle a su amiga el tratado sobre la guerra escrito por Sun Tzu en el siglo V a. C., que ambas tan bien conocen. Este es el ejemplo más esclarecedor de la aporía que se acomete cada vez que se considera la guerra como un «arte»; empezando por el título de la obra, comúnmente conocida como El arte de la guerra, que ni siquiera resulta acertado en una interpretación etimológica que acerque la traducción latina de «arte» a la techné griega.

La lectura pausada de los trece capítulos del maestro de la dinastía Song va desmontando las primeras intenciones para dejar claro que la mejor victoria es vencer sin combatir. Pero no, Zambrano prefiere pasar por alto el comentario y hablarle de la historia como tragedia.

—En efecto, querida, oscuros dioses han vuelto a tomar el lugar de la luminosa claridad. Y ellos temen la libertad del pensamiento y por eso prefieren llevar una máscara, para destruir y destruirse, hundiéndose en la nada. El arte no necesita de la nada, sino del vacío, donde no hay ni peso ni resistencia, sino distancia que recorrer. La destrucción de la guerra no finaliza en la creación que vendrá después. La guerra no guarda pasado ni futuro. Es una suspensión del instante que solo en él se contempla, que solo en él halla su origen y su meta. Los habitantes de la guerra no saben en qué día viven. El ser humano necesita de tiempo para pensar. De ese tiempo en donde el pensamiento nace depende que seamos libres.

Zambrano, antes de continuar, toma aire y mide el efecto de sus palabras en la francesa:

—Pero ¿no le parece aún más inquietante que algunas mentes ilustres sigan considerando la guerra como un acto político? Ya por los años 30 escribí yo en un librito que la política es un problema dirigido hacia el porvenir entre dos términos: un individuo que actúa y una vida que se ofrece como materia reformable. El poder político del grupo, basado en la persuasión, se ve cercenado por la violencia sordomuda de la guerra que, de un solo golpe, acaba con el discernimiento práctico, frónesis, que en los periodos de paz permite tomar las mejores elecciones para el mejor vivir de la comunidad. Podría explicarme usted, Simone, ¿qué pasa con el concepto de «polis» cuando el lugar de reunión pública, pongamos por ejemplo el mercado de Chernigov, el teatro de Mariúpol, el monumento de Babi Yar en Kiev o la plaza de la Libertad de Járkov, se ha transformado en un campo de batalla? ¿En qué se convierte el ciudadano obligado a llevar un arma con orden de matar al hermano, al vecino o al amigo?

Zambrano: «El ser humano necesita de tiempo para pensar. De ese tiempo en donde el pensamiento nace depende que seamos libres»

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Esto no es un cuento

Weil, excitada y con cierto rubor en un cutis por lo general tan pálido, se apresura a asentir: «Sí, sí, sin duda». Y es aquí cuando le cuenta a su interlocutora la historia que acaba de escuchar en el barrio judío. Una anciana adorable prepara en su horno de leña tres piriski siguiendo la receta de siempre, de sus abuelas y tatarabuelas. Pero algo radicalmente diferente está ocurriendo.

La viejita sale a la calle de su aldea tomada y ofrece las tres delicias a tres soldados rusos que podrían ser sus nietos. Otras abuelas «Z», en otras aldeas del país vecino, lloran la muerte de sus nietos envenenados. Y esto no es un cuento: es el rigor geométrico que siempre castiga el abuso de poder. A esas cuatro mujeres la guerra las ha unido para siempre de la forma más macabra. Unas y otras, hermanas de la misma miseria.

Zambrano suspira y enciende un cigarrillo:

—Cuando todo es posible porque todo está permitido, Erinnis lanza gritos de muerte. La tragedia desaparece cuando aprendamos a trazar un límite. «Nada en demasía», enseñaba el oráculo de Delfos. Pero la ley de la guerra es el exceso. Es hora de retomar el sentido original del Pólemos de Heráclito y volver a esa dinámica inicial que fluye hacia el acorde sin confrontación directa, sino aceptando la necesaria oposición de la multiplicidad para la cohesión del cosmos. Recuerde las palabras del «oscuro de Éfeso»: si la tensión ejercida por la flecha sobre la cuerda del arco es excesiva, todo el artefacto quedará inservible.

—Por supuesto —continúa Weil—. La guerra nunca pertenecerá a la esfera política; en ella no hay consenso, sino el palabrear de una propaganda que fabrica ejemplos de absurdidad que deben ser consumidos sin anuencia. El dispositivo de mentiras que se acciona en la guerra no tiene cabida en el espacio ideal de la política, que es el de la verdad compartida y comprendida. La única razón de la guerra es el mantenimiento de una industria que solo sirve para hacer la guerra.

—Tan cierto, ma chère amie, como que la unilateralidad de la guerra mata la pluralidad, piedra fundacional de la vida política— añade la filósofa malagueña, expulsando una bocanada de humo.

¿Guerras legítimas? Se hace el silencio. Ninguna se atreve a retomar la conversación. Zambrano da el salto, sin poder contener una risilla irónica:

—Me imagino que de aquello de la guerra legítima mejor no hablamos…

Weil, tan poco dada a frivolidades, insinúa un arqueamiento de labios:

—Se refiere a eso del ius ad bellum que pretende hacer de la hazaña bélica un momento ético.

Sí, eso mismo. La así llamada «guerra humanitaria» para la defensa de cuestiones trascendentales—. Y aquí Zambrano no puede evitar soltar una risa cantarina como agua de riachuelo.

Weil, relajándose, secunda a la española en la hilaridad y afirma:

—No puede negarse que Kant, Hegel y Fichte fueron tipos estupendos.

La mayoría de los viandantes que tuvieron la fortuna de pasar es ese justo instante por aquel lugar del centro de Europa pudieron contemplar a dos mujeres singulares riendo a carcajadas, como si la guerra no fuese con ellas. Solo una minoría supo entender que ciertas risas son el simulacro de un pensamiento liberado de su conflicto. Eppur si muove, que dirían ellas…

*Este artículo se publicó originalmente en el número 3 de la revista impresa FILOSOFÍA&CO.

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Número 14 - Revista FILOSOFÍA&CO

HANNAH ARENDT

Una pensadora imprescindible para el siglo XXI

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2 respuestas

  1. Avatar de Laura Martínez Alarcón
    Laura Martínez Alarcón

    Me encantan estos «diálogos» que pudieron haber tenido lugar entre filósofas y que nacen de la imaginación y los conocimientos de
    Olga Amarís. Enhorabuena . Gran y pertinente artículo.

    1. Avatar de Olga Amarís
      Olga Amarís

      Mil gracias, Laura, por tu lectura atenta y generosa. Son nuestras maestras las que siguen inspirándonos. Abrazos

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