La democracia que cava su propio hoyo
Entra dentro de nuestro imaginario que las amenazas —en general, pero a la democracia en particular— siempre provienen del exterior. Los miedos que tenemos, y que se ven reflejados en la cultura pop audiovisual, es que la democracia morirá si la matan: golpes de Estado, invasiones extraterrestres, terrorismo de otros países. Tal como la pensamos, la democracia es un bien en sí mismo; pulcro, limpio y terminado en su interior, pero frágil en sus relaciones externas. Esta concepción es la que nos hace poner la mirada en el resto de países, y en sus vaivenes y fluctuaciones, cuando consideramos que ya hemos llegado a la democracia. O, en otras palabras, la democracia es un hito que, una vez conseguido, lo difícil es que no nos la derriben.
El concepto de «desdemocratización» de Wendy Brown viene a poner en duda precisamente esta concepción. La desdemocratización alude a los procesos de pérdida de democracia que se dan dentro de la propia democracia. Esto supone un cambio fundamental: los peligros que nos acechan como sociedades más o menos libres no son agentes externos, sino que conviven dentro de nuestra sociedad y forman parte de las instituciones democráticas. Es decir, la propia democracia nunca está del todo conseguida y sus propias instituciones —libre mercado, parlamento— pueden tener derivas poco democráticas sin que cambie el orden formal. Esta idea la desarrolla Brown con especial profundidad en El pueblo sin atributos. La secreta revolución del neoliberalismo, donde analiza cómo el neoliberalismo deshace y rehace cualquier principio o valor democrático al tomar como único principio operativo la reproducción de las lógicas de mercado en todas las esferas de la vida.
La racionalidad neoliberal y la muerte del «demos»
¿Por qué ocurre esto? Para Wendy Brown ocurre porque en el neoliberalismo la racionalidad del mercado ha colonizado todos los ámbitos de nuestra vida. La lógica del coste y del beneficio, la competitividad, la idea del empresario de sí… Todas estas coordenadas que antes guiaban únicamente los flujos monetarios del mercado ahora guían también los afectos, las formas de vida y nuestra reproducción social. Por eso, Brown habla de «racionalidad neoliberal»: porque es una forma de comprender el mundo, de constituirnos como sujetos —nos entendemos a partir de todas estas premisas neoliberales— y de entender los afectos. Una forma de estar en el mundo que, huelga decirlo, pone constantemente al individuo en el centro y fundamento de la sociedad («para querer a los demás, primero me tengo que querer a mí mismo»).













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