Durante los años 80 y 90 del siglo XX, Donna Haraway había abordado el desarrollo de su pensamiento poshumanista, la reflexión cíborg y la epistemología situada. Ya entrado el XXI, Haraway empieza a proponer otros debates, aunque no hay una ruptura total.
El centro de gravedad ahora está volcado hacia nuestra relación con otras criaturas: animales, bacterias, hongos, pero también comunidades humanas que no sean la nuestra. En definitiva, lo que ella llama «especies compañeras», obligadas a vivir con nosotras en un planeta ya dañado por la acción del capital.
Desde sus comienzos, Haraway había pensado con «criaturas de frontera»: las mujeres, los simios y los cíborgs, especialmente. Animales de laboratorio que ponían en jaque las grandes separaciones modernas entre humano y animal, naturaleza y cultura u organismo y máquina. Pero, en sus textos posteriores, especialmente en Seguir con el problema (de 2019), la pregunta ya no es cómo definir a los sujetos híbridos de nuestro presente, sino cómo vivir y morir bien junto con otros seres.
Haraway escribe desde la angustia que provoca la catástrofe ecológica. Y no se adapta al catastrofismo conformista ni a que los avances técnicos, por sí mismos, nos salvarán mágicamente, sino que desarrolla una propuesta ética.
El desplazamiento desde el cíborg
El cíborg era una figura adecuada para pensar el final del siglo XX porque con la Guerra Fría, la biotecnología y la informática, emergían nuevas formas de trabajo y control. Pero, con el paso del tiempo, los animales ya no aparecen solo como figuras críticas de frontera, sino como compañeros reales de mundo. No son metáforas para pensar lo humano, sino seres con quienes se vive.
Aquí se entiende la importancia de las «especies compañeras». No es una relación sentimental ni armoniosa la que tenemos con el resto de animales. No se trata simplemente de ampliar nuestra sensibilidad moral hacia «los otros seres vivos». Las especies compañeras son aquellas con las que nos hemos formado mutuamente, tanto porque nos constituyen orgánicamente como las bacterias de mi estómago como porque nos han asegurado la supervivencia, como los perros o los caballos.













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