La filosofía, como el resto de humanidades, está sufriendo un acoso cada vez mayor bajo el imperativo de lo útil, de lo aprovechable, o de los mandatos del mercado laboral. Pero la filosofía es necesaria para generar una ciudadanía crítica, base de toda democracia. Para este objetivo, debería ser prioritario fomentarla entre los más pequeños. Ahora bien, ¿cómo enseñar filosofía para niños? ¿Basta con enseñarles historia de la filosofía, pero de una forma simplificada? ¿O se trata, más bien, de enseñarles a pensar?
¿Por qué la filosofía?
En un escenario que va tan sumamente rápido, enganchado enfermizamente a las dinámicas de productividad y rentabilidad, se olvida en muchas ocasiones el valor de la pausa y la lentitud y, asociado a él, el de la curiosidad y el asombro. Al aceptar sin cuestionamiento la aceleración de cualquier actividad y proceso vital, se pierde, también, la capacidad para detenernos y contemplar nuestro paisaje interior y exterior. La pregunta sobre por qué la filosofía tiene en este contexto su mayor urgencia.
En el meollo de este contexto, a la vez altamente tecnologizado y dominado por las pantallas y el auge de las inteligencias artificiales, la importancia de las humanidades —en particular de la filosofía— cobra un papel central, imprescindible, insustituible. No solo en términos individuales, sino también sociales. Cuando alcanzamos la valentía para pensar nuestro mundo y nuestra circunstancia concreta, evitamos ser víctimas de la perversa polarización y de la constante hiperestimulación a la que nuestros sentidos y nuestro intelecto quedan expuestos. Cuando todo va más rápido, resulta más sencillo caer en las garras de la manipulación, tanto emocional como intelectual.













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