Hegemonía: dirección, no solo dominación
¿Qué significa disponer de la legitimidad, del poder de la autoridad social en un momento histórico concreto? ¿Residen estos en la fuerza desnuda? Allí donde la teoría convencional del poder y parte de la tradición marxista han insistido básicamente en la importancia de las formas sociales de dominación, Gramsci introduce, en virtud de las transformaciones históricas propias de las sociedades capitalistas modernas desarrolladas, una matizada reflexión sobre las formas de dirección de clase en el conjunto de la vida colectiva, sobre los procesos que ocurren de manera «molecular».
De ahí que el poder de la hegemonía no sea exactamente el de la fuerza bruta o desnuda, sino el que también depende de cierto consenso o consentimiento por parte de los grupos subalternos. Como señala la especialista en Gramsci Christine Buci-Glucksmann, «mientras más domina el elemento fuerza, menos lo hará el elemento hegemonía».
En un sentido estricto, la hegemonía de una clase no se impone: ella se conquista a través de una praxis de intervención contaminante intelectual y moral específica, por medio de una política de alianzas que «debe abrir una perspectiva nacional al conjunto de la sociedad».
De ahí que, en este sentido, Gramsci distinga entre la acción propia de una clase «corporativa» —una elite privilegiada que define sus propios intereses materiales actuales— y la de una clase hegemónica en proceso de expansión y ampliación. Lo que define a esta última frente a la primera es que, superando toda posición economicista o toda visión corporativista de la sociedad, es capaz de «universalizar» sus propios intereses y busca que «ellos puedan y deban ser los intereses de los otros grupos subordinados». Esta unidad de los objetivos económicos y políticos, así como también «la unidad intelectual y moral», caracterizan a esa clase hegemónica.
Debemos tener en cuenta cómo, para Gramsci, el consentimiento puede ser activo o pasivo. El «sentido común», las concepciones normativas habituales que informan los patrones cotidianos de cognición, respuesta y comportamiento del subalterno, no necesitan incluir ninguna aprobación explícita de las ideas y los valores del grupo dominante para que la hegemonía sea efectiva. Basta con que adopten una forma tal que impida que se materialice cualquier oposición efectiva a esa hegemonía.













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