La modernidad como época filosófica se inaugura con René Descartes (1596-1650). Fue él quien estableció una filosofía que partía como punto de partida de la mente humana. Si queremos estar a la altura de la ciencia, pensaba Descartes, tenemos que empezar por premisas seguras y lo único seguro es que somos sujetos que piensan (res cogitans). Toda la filosofía posterior a él (hasta el siglo XIX, al menos) comienza aceptando esta idea de sujeto pensante También la filosofía de Hume.
Pero Hume no es un mero continuador de Descartes, por supuesto que no. La premisa filosófica de la res cogitans establecía una distancia casi insalvable con el mundo porque, vale, somos sujetos que piensan, pero ¿cómo podemos estar seguro de que lo que pensamos se corresponde con la realidad? Si de lo único de lo que podemos estar seguros es de que tenemos pensamientos, sean los que sean, ¿podemos asegurar de alguna forma que mi representación del azul es igual al color azul en sí?
Como luego veremos, la diferencia fundamental entre Descartes y Hume (1711-1776), aunque tiene muchos matices, es precisamente esta: cuál es la fuente de conocimiento verdadero, de dónde viene la verdad de nuestros pensamientos. A grandes rasgos, Descartes todavía cree en el poder de la razón. Quizá las representaciones del mundo son falsas o están erradas (podría ser, llega a decir, que un genio maligno nos haga mezclar el amarillo y el azul y que todos lo viéramos mal), pero para Descartes tenemos ideas necesariamente verdaderas en nuestra mente (la idea de extensión, la idea de Dios). Hume, en cambio, es más crítico con el poder de la razón. Lo único que podemos asegurar como conocimiento verdadero (otra vez: con matices) son las representaciones sensibles de la realidad. Lo que vemos, lo que oímos.
Pero antes de seguir con las diferencias, veamos con un poco más de calma todos los puntos que sí tienen en común.













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