La mística española concentra en el corto período del siglo XVI a sus dos máximos exponentes: san Juan y santa Teresa. ¿Qué motivos hay para que se localice exactamente en ese período? Nunca se sabe a ciencia cierta, claro, pero sí es cierto que durante esos años entraron en fricción varios frentes que produjeron un conflicto intelectual fértil entre distintas posiciones. Pienso, por ejemplo, en la escolástica tardía, en el humanismo erasmista, en la presencia conversa o en la reforma del Carmelo, entre otras. Los dos autores están atravesados por el nudo que produce este frente amplio de factores que afectó primero a una y luego a otro. Teresa de Cepeda y Ahumada, que nació en Ávila en 1515, era veintisiete años mayor que Juan de Yepes, que nació en Fontiveros, también de la provincia de Ávila, y fue la primera la que convenció al segundo de unirse a su proyecto reformador. Pero vayamos por pasos, ¿qué era lo particular de este contexto histórico?
Por un lado, ambos vivían en un período de conversión. Y es que España en el siglo XV y XVI era una sociedad profundamente marcada por las conversiones masivas de judíos al cristianismo, forzadas o voluntarias, especialmente tras los pogromos de 1391 y la expulsión de 1492. Estos conversos y sus descendientes, los llamados cristianos nuevos, fueron ocupando cada vez más posiciones relevantes en la Iglesia, la universidad, la literatura o el comercio según ocurría su integración. En este sentido, tanto Teresa de Ávila como Juan de la Cruz tenían sangre conversa. El abuelo paterno de Teresa, por ejemplo, fue procesado por la Inquisición de Toledo en 1485 por judaizante (este es el motivo por el que su familia se trasladó a Ávila, de hecho). La herencia conversa es importante porque en su familia su espiritualidad tendía (por motivos obvios) a una religiosidad más interior, más centrada en la relación directa con Dios y menos dependiente de la exterioridad ritual.














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