Mientras Donald Trump señala que «tenemos que devolver a Dios a Estados Unidos», en España un periódico de tirada nacional publica un artículo sobre el crecimiento exponencial de las iglesias neopentecostales en Madrid; y en la Asamblea General de la ONU, el presidente colombiano, Gustavo Petro, proclama en medio de su discurso que «no existe un pueblo elegido de Dios. El pueblo de Dios es la humanidad».
No menos interesantes resultan las palabras del papa León XIV, quien señaló que «la democracia no es necesariamente la solución perfecta para todo». Estos breves ejemplos de la actualidad van acompasados con el interés de varios pensadores que, desde distintos ámbitos como la filosofía, la sociología, la historia o la teoría política, llevan años reflexionando con respecto a esta cuestión.
La teología política
Sin embargo, no está muy claro de qué hablamos cuando alguien, de repente, saca a colación eso de la teología política. Intuitivamente pensaremos en Carl Schmitt y su libro homónimo, pero su sentencia según la cual «todos los conceptos de la moderna teoría del derecho son conceptos teológicos secularizados» no es más que eso, una sentencia manida que dice mucho y al mismo tiempo no dice nada.
José Luis Villacañas habla de teología política como aquello que aspira a lo monolítico o, en palabras exactas, «teología política es el nombre para la reunificación, con aspiraciones de totalidad, de la división de poderes que, de un modo u otro, fue constitutiva de Occidente desde la irrupción del judaísmo y el cristianismo como religiones mundiales».
Esta definición aporta unas pistas, o por lo menos nos ayuda a acotar el concepto al ámbito del cristianismo, pero nos aboca a dejar por fuera importantísimas reflexiones que no se pueden obviar. Un ejemplo es el de Wendy Brown, que en su Tiempos nihilistas nos recuerda que tanto lo religioso como la política se ocupan de los valores —o de su disputa—, y si bien no utiliza nuestro concepto en ningún momento de su obra, resulta evidente que, si de algo habla, es de teología política. También hay reflexiones que sí se pueden obviar, como puede ser la de Ignasi Gozalo y su libro La excepcionalidad permanente.











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