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Nacho Escutia: «La filosofía debe aspirar a hacernos comprensibles a nosotros mismos»

Nacho Escutia escribe sobre los objetivos que tiene la filosofía en este siglo XXI.

Nacho Escutia escribe sobre los objetivos que tiene la filosofía en este siglo XXI.

¿De qué debe ocuparse la filosofía? Diferentes filósofas y filósofos de distintos países del mundo nos aportan sus reflexiones. Partiendo de esa pregunta, unos plantearán el cometido de esta disciplina, otros nos hablarán de dónde han de estar sus límites, si es que los tiene, o de hasta dónde pueden llegar sus análisis, etc.

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Pensamiento de Nacho Escutia. Filósofo español

Nacho Escutia es profesor de Filosofía en la Universidad de Castilla-La Mancha y responsable del sello editorial Fénix Filosofía. Cursó sus estudios de grado en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, y estudió un máster de traducción especializada en textos literarios y humanísticos. Ha sido profesor de Filosofía en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de obras como La búsqueda de la verdad a través del tiempo: Historia de la Filosofía y Pandemia, Globalización, Ecología y autor de textos como Lógicas de la frontera: límite, violencia, posibilidad, El tiempo del pensar: ontología estética del principio de unidad transcendental en Kant y Habitar el sentido: Ontología teológico política de la crisis del habitar.

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Decía Castoriadis en su obra Hecho y por hacer que «la ontología de la sociedad, la historia y la psique forma parte de la autorreflexión filosófica en su sentido más fuerte». Y ello no solo porque estas sean condiciones suyas, tanto como lo son la vida o la «naturaleza» —añadirá el filósofo francés—. Toda vez que la filosofía surge en una sociedad concreta, en un humus histórico dado y a partir de una configuración de la psique cada vez específica, aun cuando frecuentemente corresponda, de hecho, a aquella reflexionar respectivamente sobre estas dimensiones, coadyuva en la misma medida a su creación.

Mas, sobre todo, estas incumben a la reflexión filosófica en cuanto son constituyentes y creadoras del horizonte en el cual la filosofía misma arraiga, de ese horizonte en el cual ella encuentra su sentido e impulso, en correspondencia a su carácter de praxis humana. Ello nos lleva a una primera conclusión: la filosofía aspira a pensar su tiempo, a riesgo de dejar de ser filosofía de lo contrario. Si ella es una creación histórica, un fruto del tiempo y la civilización, no es menos creadora de ese tiempo y diseñadora de ese mundo para el cual ella aparece como un resultado.

Por eso, la filosofía, dicho tan llana como profundamente, debe aspirar a hacernos comprensibles a nosotros mismos, a hacernos coherentes con nuestro mundo, donde mundo refiere al tejido multiestratigráfico de referencias plurales que se da con nosotros cada vez en una virtual unidad de conjunto. Es en este marco donde la pretendida dicotomía que debiera decidir entre la prioridad del Ser o del ente, tan vigente aún tanto para cierta posmodernidad como para ciertos debates analíticos, se revela como un falso problema, porque toda reflexión sobre el Ser o sobre su significado sería impertinente y vacua si no estuviera guiada por la pretensión de poder alumbrar una cosmología de lo ente, una organicidad racional respecto de la cual nos conducimos.

Nunca sabemos qué es la filosofía porque pensarla comporta simultáneamente la exigencia de pensar el mundo y la vida respecto de los cuales aquella aparece preguntando por su sentido, siendo imposible por consiguiente fijarla en una definición de una vez por todas

Si no estuviera presidida, en definitiva, por el ánimo de hallar la leyenda y la escala de ese mundo que ya habitamos y que aspiramos a hacer posible en el ejercicio filosófico, reconociendo con Aristóteles que para nosotros, los hombres y mujeres, ser equivale a pensar. Hay, así, una política de la filosofía. Porque para ponerla en obra tenemos antes que haber decidido, o intuido siquiera, qué es.

O lo que es lo mismo, hemos de haber anticipado qué problemas nos llevan a ella, respecto de qué mundo se nos da algo así como la filosofía: «¿Qué es la filosofía?». «¿Para qué la filosofía?». De ahí que, como señala Vattimo, esta se nos presente siempre acarreando una suerte de exceso de autoconciencia. Nunca sabemos qué es la filosofía porque pensarla comporta simultáneamente la exigencia de pensar el mundo y la vida respecto de los cuales aquella aparece preguntando por su sentido, siendo imposible por consiguiente fijarla en una definición de una vez por todas.

Pero esa pregunta irresoluble («¿qué es la filosofía?»), que en su perseverante recurrencia aparenta vacilar entre lo esquizoide y lo narcisista, comporta sin embargo consigo —como decimos— una constante que habitualmente pasa desapercibida y que merece la pena subrayar: la necesidad de que la filosofía siempre haya de pensar la sintaxis del mundo en relación al cual ella se pone en obra en la misma medida en que pregunta por su propio sentido. Así, su tarea no puede entonces ser otra que imaginarse y explicarse en el mundo, esto es, pensar y concebir el mundo-todo donde se incluye también el propio pensamiento que lo piensa, un pensamiento que es social, histórico, político, ecológico y teológico-político.

Se trata por ende de un mundo que, como le sucediera a Descartes y antes a San Agustín a propósito del sujeto, nos encontramos ya experimentando y pensando mucho antes de saber exactamente qué y cómo es. Esto, sin embargo, se antoja inevitablemente un objetivo tan abstracto como ambicioso. Pero, en primer lugar, implica conceder siempre ante todo la racionalidad del mundo y desterrar la perezosa tentación de condenarlo a la ignorancia, declarando la insensatez de las masas y fundamentando ese consiguiente pesimismo antropológico que, al tiempo, exculpa y procura nuestra apatía política.

El dolor, la maldad y la injusticia también requieren de un sentido. Ello no implica justificarlos, sino hacerlos comprensibles respecto del todo en el cual se integran precisamente como acontecimientos innecesarios y éticamente suicidas, en la medida que amenazan nuestra cohesión poniendo en jaque la estabilidad de ese cosmos que se levanta paralelamente en su reflexión.

Y, segundo, reconocer precisamente tanto la peculiar y dinámica índole de nuestra existencia como por igual la finitud positiva de nuestra racionalidad, atendiendo a esa vocación cosmológica que la espolea constantemente a lograrse en una unidad con el mundo. Esto hace de la filosofía una tarea perpetua en la imposibilidad de encontrar una razón, una coherencia, que nos englobe a todas y todos, a riesgo de recaer en tal caso en una contrafinalidad totalitaria, allí donde muere la posibilidad de recrearnos y, por igual, de que vivamos una existencia plena y lábilmente humana, que siempre está y debe estar para nosotros por pensar, por hacer.

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