Al escuchar los cantos de Safo nos asedian dos tentaciones: la de llenar los espacios o la de celebrar sus vacíos. Abrir las muchísimas ediciones y versiones de sus fragmentos[1] se parece a caminar por las habitaciones de un museo de arte clásico. Los hay en los que la ruina brilla por acumulación y por celebración del destrozo: esos donde un cuerpo sin miembros, apenas un torso o una cabeza sola, basta para mostrar la belleza de lo que en otro tiempo fue un icono. Los hay también algo más exquisitos: en sus salas encontramos diferentes copias de una misma obra, como esos discóbolos, uno roto y el otro brillante, del Palazzo Massimo de Roma.
Cuánto perdimos de Safo
Los libros de Safo son gliptotecas. Sus fragmentos no existirían sin el archivo. El orden de sus ruinas responde a reconstrucciones posteriores, con nomenclaturas casi arqueológicas. Antes de eso, los filólogos de Alejandría habían incluido su nombre en el canon de los poetas líricos. Se dice que reunieron la obra en nueve volúmenes, ordenados por criterios métricos. El que mejor conocemos es el primero, que agrupó composiciones en la llamada estrofa sáfica —cuatro versos: tres endecasílabos sáficos y un pentasílabo adónico— y alcanzó los 1 320 versos. De los ocho libros restantes la información es más limitada, sobre todo el libro sexto, que es una incógnita. Ninguno se conserva íntegro. No se sabe si el motivo de su destrucción fue el fuego, la censura o la obliteración. Y, es curioso, porque antes de quemar la biblioteca de su Quijote, Miguel de Cervantes se había referido a los «volúmenes» que guardaba Quijano como a «cuerpos». Me gustaría que ustedes imaginaran así cuánto perdimos de Safo. ¡Nueve volúmenes de los que solo quedan ruinas! ¡Los nueve cuerpos rajados de Safo! ¡Más de diez mil versos, de los que hoy conservamos unos 650!
Safo publicó nueve volúmenes de los que solo quedan ruinas: los nueve cuerpos rajados de Safo. Más de diez mil versos, de los que hoy conservamos unos 650
Safo pudo haber desaparecido, pero sus fragmentos se colaron en obras de historiadores y gramáticos, se recuperaron en las citas que sirvieron de alimento para su mito, o en las versiones de los poetas romanos. «En los primeros años del cristianismo, Safo, como tantos poetas, fue víctima de un odio agresivo y de una progresiva pérdida de interés», apunta Aurora Luque en Grecorromanas, y no fue hasta el siglo XVI cuando a lo que sobrevivió atribuido a su firma se le devolvió el pulso. Luque recuerda que en 1508 el humanista Aldo Manuzio imprimió los tratados de Dionisio de Halicarnaso, que incluían el «Himno a Afrodita», considerado el fragmento 1 de su corpus. Pero en aquel tiempo, el peso de la visión de Ovidio —Safo como suicida, como perturbada, y no como artista— primó sobre la voluntad de recuperación de sus obras.













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